Perpetua en Eribea (56: Final)

A todos los habitantes del piso treinta, Torre Mitre, dice una voz, amplificada para imponerse al rugido de las aspas. Salgan al balcón con las manos en alto. Repito, habitantes del Piso treinta, Torre Mitre: salgan al balcón con las manos en alto.

En tres minutos, dice Ferro, va a haber dos docenas de policías descolgándose en todo el perímetro del departamento.

El Ciclón asiente. Sabe que es cierto. El balcón es continuo, circular: van a entrar al piso por todas partes.

A todos los habitantes del piso treinta… repite la voz de los autogiros. Ahora la habitación resplandece por los reflectores, filtrados por las cortinas blancas.

No vas a poder sostener esta posición vos solo, en 360 grados y con dos pistolitas. Se te acabó el camino, hijo de puta. Si les contás adónde fue la perra esa, a lo mejor te dejan vivir.

La mente del Ciclón intenta razonar el siguiente movimiento, pero desde hace unos instantes ha encontrado que no puede procesar como antes la información que posee. Ya no puede contrastarla con los parámetros recibidos para lograr un objetivo que considera alcanzado. Su raciocinio ya no cuenta con ese Norte. Ahora la rosa de los vientos está abierta y él está solo en sus decisiones. Es libre.

Matarlo nunca figuró entre mis directivas primarias, dice el Ciclón. Mi misión ya está cumplida, General. Esto lo hago porque me lo pidió una amiga, y porque quiero.

Dispara hasta vaciar ambos cargadores en el cuerpo del General Ismael Ferro. El viejo recibe todos los impactos en el torso y cae hacia atrás con silla y todo.

El Ciclón suelta las armas vacías y sale del dormitorio. En los ventanales ahumados del salón ve las siluetas de varias cuerdas que se van desenrollando del lado oeste del balcón circular. Escucha ruidos en el ascensor principal. Alguien intenta forzar las puertas.

Sale al balcón por el lado este. Los autogiros no han llegado ahí todavía, aunque a izquierda y derecha se percibe el resplandor creciente de sus reflectores sobre la amplia curva del balcón. Hacia el frente sólo se ve el cielo nocturno con algunas estrellas, y el río, oscuro allá abajo.

Dos policías, con cascos y chalecos, aparecen por cada extremo del balcón. Le gritan algo y le apuntan con armas largas.

El Ciclón pone el pie sano sobre el borde de cemento; con ese punto de apoyo y un movimiento fluido de la musculatura, sube el otro. Durante un segundo se queda así, en cuclillas sobre la baranda del balcón, como un pájaro a punto de echarse a volar. Enseguida estira sus piernas con fuerza.

Atrás, cada vez más lejos y más arriba, escucha disparos. Ninguna de esas balas toca su cuerpo.

Ha calculado la parábola de su salto para no caer en la bandeja de la ciudad. Sabe que, desde semejante altura, no sobrevivirá al impacto con la superficie del río, pero elige terminar ahí abajo: en la costa este de la Martinga, de donde espera que algún día partan las balsas del Profeta.

La fricción del aire le abre los brazos y las piernas. Antes de estrellarse malamente contra el agua oscura, alcanza a pensar su última serie lógica: salto, parábola, caída, dolor, muerte, libertad, justicia, decisiones, imponderables, nacimiento, cuerpo, deseo, beso, amor, ascenso, salto y parábola. Etiopía.

—FIN—

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