Perpetua en Eribea (55)

No puede ser, dice el General Garro dejando caer los brazos como un muñeco roto. Se echa sobre el cuerpo inerte de su esposa repitiendo sin freno la palabra no. Primero la sacude intentando reanimarla; después se queda abrazado a ella. Sus anchas espaldas se agitan por el llanto.

Tras diez minutos, el General encara al Ciclón. Parece que hubiera envejecido quince años de un solo golpe.

¿Cómo pudo?, reclama con la voz quebrada. Se supone que ustedes no pueden dañar a un ser humano… o por inacción dejar que un ser humano sufra algún daño.

Esas leyes son para robots, General. Yo soy otra cosa. Además, ella quería ser desconectada. Era su deseo.

Los ojos de Garro se cierran, su cabeza cae hasta que el mentón toca el pecho. Se queda un buen rato así. El Ciclón confirma empíricamente algo que Galia Carrasco le había dicho en su primer encuentro. Algo sobre el amor y la pérdida de un ser querido. Un dolor máximo, infinito. Considera que su misión ha sido completada.

Máteme, dice Garro de repente. Ya no me importa.

Ya no estoy obligado a futuras acciones, dice el Ciclón.

El General Garro levanta la vista. Algo en su interior parece recomponerse.

Vas a pagar por esto, hijo de puta, estalla el viejo con la nariz fruncida, los dientes de la mandíbula inferior a la vista, todo su cuerpo reanimado por el odio, ese antiguo combustible que siempre logra ponerlo en movimiento.

Seguridad te va a cazar como a un animal. No hay forma de que puedas salir vivo de este edificio.

Su cálculo es correcto, dice el Ciclón. En una hora y treinta y seis minutos el guardia de servicio en planta baja va a recibir un aviso del sistema: la empleada de cama adentro del piso treinta todavía no volvió de hacer su mandado. Hay altas probabilidades de que en ese mismo momento verifique en su pantalla que el plomero que entró a ese mismo piso todavía no se ha retirado. La coincidencia le parecerá sospechosa y quizás lo fuerce a comunicarse para ver si todo está bien. Por supuesto, no vamos contestar ese llamado. Si hace bien su trabajo, el guardia tendrá que subir a ver qué pasa.

No tenés escapatoria, hijo de puta.

Mi misión terminó. Mi escape es irrelevante, dice el Ciclón. Toma dos de las sillas de visitas y las dispone cerca de la ventana, enfrentadas entre sí a una distancia prudencial. Le indica a Garro que se siente en una de ellas; después de que el viejo obedece, el Ciclón se sienta en la de enfrente con el torso muy recto y las pistolas cromadas otra vez sobre los muslos, siempre apuntándole al General.

¿Qué espera ganar con todo esto?

Tiempo.

¿Para qué?

Para ayudar a que dos personas que conozco puedan ser libres.

Pendeja puta, dice Garro después de rumiarlo un rato. Fue ella la que te dejó entrar. ¿Por qué ayudás a esa zorra?

Por piedad hacia aquellos cuyas oportunidades han mermado.

Varios zumbidos lejanos empiezan a hacerse más fuertes en la ventana.

¿Escuchás eso? Son autogiros, dice Garro. La policía viene para acá. Esta máquina estaba monitoreada desde el Hospital General de Argirópolis. Los médicos seguramente ya vieron que fue desconectada antes de que cesaran los signos vitales de Clara, y no al revés. No hacía falta que Seguridad llamase a la policía. Vas a cagar fuego, máquina de mierda.

No soy una máquina, dice el Ciclón. No solamente.

Y tu amiguita nunca va a poder escapar de Argirópolis. Apenas llegue la policía, voy a ordenar un operativo para cazarla. Viva o muerta. La voy a aplastar.

El Ciclón reconoce el sonido de los autogiros biplaza, flotando alrededor del edificio. Lo relaciona con la lluvia y con su nacimiento, aunque no llueve y su nacimiento le parece un evento lejano, un poco como si esa lejanía ya se hubiera acomodado en su edad aparente. Luces redondas y muy blancas empiezan a dibujarse en las cortinas.

—ÚLTIMO EPISODIO LA SEMANA QUE VIENE—

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