La Marea de Bronce (51)

El bastón de Mando

 

Iethzas acomodaba su túnica blanca, símbolo de su estatus de maitreya mientras miraba a los soldados abrirse paso en la maleza. Irtza lo había enviado a la Gran Selva de Gross para encontrar el Templo Central de las Siete Ciudades. La ubicación de Siete Ciudades, en realidad una gran ciudad con siete fortalezas satélites en sus puntos cardinales, no era conocida exactamente y los vuelos astrales desde el Salón de los sueños en el Monte Shatzsa no habían dado resultado. Siete Ciudades era la antigua capital del reino de los Nephilim, los gigantes que lucharon contra los nagas y los derrotaron, pero a costa de grandes perdidas. Lo que había sido un pueblo numeroso en todo el orbe, termino después de la guerra casi extinto. Cuando los hombres de bronce de Anteilha, forjaron la alianza con los nephilim para combatir a los nagas, los gigantes exigieron que Anteilha entregara al rey gigante de Siete Ciudades, el Bastón de mando, un báculo de piedra que al ser colocado en el templo del mar en la ciudad abandonada de Quitché, abría las aguas y dejaba el camino abierto hacia Anteilha. Algunos decían que incluso podía volver a sacar a la isla del fondo del mar. Irtza creía, como también lo creía Iethzas que el bastón de mando estaba en la ciudad subterránea de Erks, que descansaba silenciosa, al menos así había estado por más de quinientos ciclos de sol, bajo los reinos sarans, en las cumbres del Aritorco. Sin embargo no podían descartar la posibilidad de que el Bastón, estuviera aún en Siete Ciudades.

—¡Maitreya! ¡Maitreya! —gritó uno de los soldados que encabezaban la marcha. —Lo encontramos. —agregó, en un tono más calmo.

Iethzas caminó hacia el frente de la columna y pudo ver, entre la maleza, una gigantesca puerta de bronce.

—Grian, ga Dor. —repitió en voz alta mientras leía la inscripción escrita en la hoja izquierda de la puerta. —Es la puerta de la Fortaleza del Oeste. —dijo.

Su capitán dio la orden de traer el ariete. Un soberbio tronco de secuo, árbol que crece en los bosques del norte y que según algunos es más fuerte que la piedra y el bronce. El tronco estaba rematado por una cabeza de carnero hecha en piedra marma, que era la piedra más común en el Monte Shatza. Iethzas se apartó y se ubicó cerca de la puerta a un costado para ver como los treinta hombres necesarios para mover el ariete se preparaban para golpear la puerta. El primer embiste dejó a varios caídos en el suelo, algunos de ellos heridos, que fueron rápidamente reemplazados por otros hombres.

Al quinto intento, la puerta cedió con un fuerte chirrido que hizo que todos se llevaran las manos a los oídos, dejando caer armas y escudos. Una brisa caliente salió del interior como si fuera el aliento de una boca gigantesca.

—¿Qué tan altos eran los gigantes, Maitreya? —le preguntó a Iethzas un soldado. El sacerdote miró de un lado al otro del patio dónde habían ingresado y señaló un hacha enorme, semitapada por tierra y vegetación.

—Eso te puede dar una idea. —dijo.

El elohim soltó un silbido de admiración. A todos les pareció una situación excelente el no tener que enfrentarse a uno de esos seres.

—Vamos, el camino a Siete Ciudades es largo y aún debemos salir de esta fortaleza. —dijo Iethzas.

—La puerta de salida debe estar…—dijo el capitán, sin terminar la frase. Todos pensaron que algo había llamado su atención hasta que un fino hilo de sangre salió de su boca y se deslizó garganta abajo como si fuera un arroyo que baja de la montaña. El capitán se llevo la mano a la nuca y sacó de un tirón, una flecha pequeña, de punta negra. Cayó de rodillas mientras miraba la flecha y sus hombres corrían a protegerlo con los escudos. Cuando habían formado un cuadrado en torno a él y a Iethzas, comenzó una verdadera lluvia de aquellas pequeñas flechas, que silbaban su muerte a través del viento. Varios hombres cayeron. Iethzas intentó atender al capitán pero la vida de esta estaba abandonando su cuerpo indefectiblemente. De repente, tan sigilosamente como empezó el ataque, cesó. El maitreya dio la orden de no desarmar la formación y nombró a Karame como nuevo capitán. Este se posicionó junto al maitreya y ordenó que la formación avanzara sin desarmar el cuadrado. Algunas flechas volvieron a salir de la espesura y se clavaron inofensivas en los escudos de los elohim.

—Maitreya, ¿puede distinguir algo en al espesura? —preguntó Karame.

—Nada, capitán. Pero tengo la impresión de que no nos van a hacer esperar mucho para que sepamos quien nos ataca.

Una nueva oleada de flechas, esta vez con tiro más elevado, llovieron sobre los elohim. Un grito agudo salió de la vegetación, lo siguió un canto acompasado, como si estuviera susurrado, pero se escuchaba perfectamente. Lo que quería decir que estaban rodeados al menos por cientos de atacantes.

—Esa lengua. Creo que sé que es, aunque no es posible. —dijo Iethzas mientras buscaba entre sus ropas blancas la Lengua de Piedra.

—¿No tienen que tener una Lengua de Piedra ellos para que se pueda entender? —preguntó el capitán mientras veía al maitreya cerrar en su puño la lengua de piedra.

—Tengo una idea. —dijo Iethzas y se agachó para recoger una de las tantas flechas que estaban en el suelo. La tomo con su mano libre y la cerró en su puño. Karame observaba impaciente. El cántico había dejado de ser un susurro y venía en oleadas desde las ruinas repletas de vegetación. Bajaba y subía en intensidad, como si los feroces cantantes se alejaran y volvieran cantando hacia la posición de los elohim.

—Es increíble. —dijo Iethzas —Las princesas guerreras de Manatí. La tropa de elite del rey dorado, señor de la ciudad áurea de Manatí. —agregó mirando a su desconcertado capitán. —No hay problema, Karame. Estas mujeres y su rey le deben a los elohim mucho más de lo que se le ocurra.

—Es hora de que recuerden esa deuda, maitreya o nadie saldrá vivo de aquí. —respondió el capitán, sin poder disimular el nerviosismo y temor que iba creciendo en él y en cada uno de sus hombres.

Iethzas se adelantó y abrió la pared de escudos dirigiéndose hacia el edificio que más bien parecía una montaña de escombros y vegetación. Gritó tres palabras incomprensibles para los elohim y se quedó de pie mirando el lugar que parecía vació. El cántico se detuvo y, de entre las ruinas, apareció una mujer alta, más alta que Iethzas o cualquiera de los elohim, completamente desnuda, a excepción de una tiara de oro en la frente y un cinturón donde colgaba una daga cuya empuñadura era también de oro. Se acercó al sacerdote y cuando lo tuvo enfrente, le hizo una reverencia. Después dio un grito, agudísimo y los elohim pudieron ver como emergían de entre ruinas y selva más de mil mujeres armadas con arcos y cuchillos. Si no pesara sobre ellos la prohibición de la carne y a morir en manos de aquellas mujeres, varios soldados hubieran perdido la compostura frente a tal visión.

Iethzas entregó una lengua de piedra a la mujer y le enseño como usarla. Cuando cambiaron las primeras palabras, la mujer la soltó con temor. Iethzas volvió a hablarle y le entregó nuevamente la lengua de piedra. Cruzaron unas palabras más y el maitreya volvió a la formación, aún en guardia.

—Elohirim, tendrán ustedes el extraño privilegio de ser los primeros elohim en pisar la ciudad prohibida de Manatí, tres mil ciclos después de que nuestros antepasados murieran defendiéndola de los nagas. Sigan estrictamente mis instrucciones y serán los primeros elohim en contar la historia de Manatí. Porque los primeros que estuvieron allí, murieron todos frente a sus muros. —dijo Iethzas y se colocó frente a la formación de marcha de los hombres.

Karame ordenó la marcha y para darle valor a sus hombres, y a él mismo, entonó una de las canciones de marcha del ejército blanco. No pasó mucho para que sus hombres se acoplaran al canto. La columna elohim avanzó, entre líneas de mujeres que a ambos lados los miraban, en silencio. En esas tierras al menos, el silencio no era más que la muestra más poderosa del deseo.

 

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