Perpetua en Eribea (51)

Cuando termina de dictar los objetivos para los ciclones, Daniel Clement indica cuál será el nuevo destino terráqueo del Transporte. Recuerda sin problemas la latitud y la longitud exactas de la explosión, dos datos que se repitieron mucho durante el juicio. Modifica esas coordenadas algunos grados hacia el Este y varios más hacia el Norte, sin desestimar el sentido de la corriente del río, para así aumentar las probabilidades de que el cilindro caiga lo más cerca posible de la ex isla Martín García. La flamante Argirópolis: ahí es donde se iba a vivir el traidor. ¿Habrán terminado de construir sus mil pilares?

Le da una serie de comandos al robot:

Desactivar todos los sistemas de control a distancia del Transporte. Desactivar todos los sistemas de comunicación y rastreo del transporte. El destino indicado para el Transporte es inmodificable.

Hecho.

Clement sabe muy bien cuán improbable es que se cumpla su plan. Pero si no va a poder volver nunca más a la Tierra, entonces sus únicas esperanzas de resarcimiento se cifran en esa quimera. Que ese plan desquiciado lo ayude a morir con la ilusión de una posible revancha: ya eso le parece suficiente como para intentarlo.

Ahora se siente cansado de verdad. Durante algunos minutos Clement cierra los ojos y se deja llevar por su imaginación. Imagina la llegada de los Ciclones a la isla, o por lo menos la de uno de ellos. Lo imagina avanzando a todo trance, sin que nada lo aparte de los objetivos que él le ha grabado en su cerebro mixto.

Todas las posibilidades, por inciertas que sean, se agolpan en su mente. Se siente súbitamente inspirado.

Viernes, comando: renombrar al robot ‘Viernes’.

Indique nuevo nombre para la unidad especificada.

Tu nuevo nombre es Montecristo.

Nuevo nombre asignado.

*

* * *

 *

La campanilla del ascensor principal rompe el silencio del departamento. Todos los músculos del Ciclón se tensan en alerta. Ya ha sacado la pistola cromada de entre las herramientas, negras y usadas. Quita el seguro y sale al pasillo sin hacer ruido; intercepta al viejo en la penumbra crepuscular del salón principal. Le apunta al medio del pecho.

¿Quién carajo…?, intenta preguntar el General, ya algo lento de reflejos.

Levante las manos, repite el Ciclón sin alteraciones en la voz; ahora oprime el frío cañón cromado en la frente del viejo. Garro obedece. No hace falta revisarlo mucho: debajo del brazo izquierdo aparece la sobaquera con la pistola gemela. El Ciclón se la quita y retrocede unos cuantos pasos. Ahora le apunta con las dos armas a la vez.

Siéntese ahí y prenda la lámpara.

¿Necesita luz para matar?, pregunta Garro con rabia en la voz.

Matarlo no forma parte de mis instrucciones primarias. Pero estoy dispuesto a dispararle si así logro cumplirlas. Usted sabe bien que no todos los disparos tienen por qué ser mortales. Ahora siéntese y prenda la luz.

El General Garro se sienta en el amplio sillón de cuero de vaca. El Ciclón toma asiento en el sillón de enfrente y prende una elegante lámpara de pie.

¿Clement?, dice el viejo aflojando la mandíbula cuando los rasgos del Ciclón entran en el círculo de luz. El Ciclón lo observa impasible, sin dejar de apuntarle, una pistola apoyada sobre cada muslo.

Recomponiéndose de su sorpresa, el General Garro, se tranquiliza a sí mismo: no, no puede ser. No hay forma. Clement fue condenado a perpetua en Eribea: no tiene cómo salir de ahí. Se le parece, pero él ahora debe tener arriba de cincuenta. O sea que… Ah, ya entiendo: así que el desgraciado sí tenía un hijo en alguna parte. Y eso que buscamos, eh. Por las dudas: no queríamos a un cachorro sin apellido que así y todo quisiera vengar a ese perro muerto en vida. Bueno, puede que usted me mate ahora, pero no hay forma de que pueda limpiar el nombre de su padre.

No es mi padre. Y aunque fuera posible limpiar su nombre, eso tampoco figura entre mis instrucciones primarias.

¿Y cuáles son sus putas instrucciones entonces?

Sólo dos. La primera es comunicarle un mensaje.

Qué mensaje, dice Garro con fastidio. Éste, dice el Ciclón, y con un leve carraspeo se prepara para recitarlo.

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