La Marea de Bronce (50)

Los siete hombres de bronce

 

El general Emhir se acercó a Irtza, quien miraba como la comitiva de los osirios dejaba el patio interno del palacio Nahua dónde se alojaban. El viejo sacerdote no se percató de su llegada hasta que no lo tuvo muy cerca.

—Ah, General Emhir. —dijo Irtza apoyándose en su báculo blanco para dar el primer paso hacia el interior del palacio.

—Maitreya.  —dijo el general e hizo una inclinación de cabeza. —¿Necesitaba verme?

—Si, General. Vayamos dentro. Dicen que las paredes tienen oídos pero Cielo de Jade me prometió que podríamos hablar sin problemas en el palacio. Excepto en el patio, me dijo. —dijo Irtza dedicándole una sonrisa al militar.

Una vez dentro y con todos los sirvientes despachados fuera de la sala, Irtza habló.

—Me imagino que conoce usted, general, las profecías sobre la marea de bronce.  —dijo.

—Si, maitreya.

—Así mismo está familiarizado con nuestros deberes como shatzas, ¿no es así, General?

—Así es maitreya, conozco mis deberes, recuerdo mis votos.

—Precisamente ese es nuestro primer tópico, General.

—No lo entiendo, maitreya.

—Su voto de castidad  no ha sido respetado, precisamente. —dijo Irtza mirando a Emhir con los ojos fijos en el rostro del general.

—Sigo sin entender, peregrino. —respondió Emhir, sorprendido.

—Su amante es ahora reina de los pueblos del norte. Su posición es frágil, esta apoyada sólo por su pueblo y una de sus propias divisiones de elohim que usted mismo, general, dejó asentadas en Tolomac. En unas semanas, el contingente del norte partirá hacia la Tierra de los Pantanos y de allí se nos unirán en la Isla Antigua para cruzar el océano. Las noticias corren, la reina tiene de amante al general de las fuerzas shatzas. Suena muy conveniente. Hay pocos, en el hervidero de pueblos acampados alrededor de Tolomac que no crean que estamos poniendo las lanzas para manejar un títere en la costa este. Es decir, general, que su pecado, su falla, no ayuda. La pena para la rotura de cualquier voto, es la muerte. ¿Es conciente de eso?

—De todo lo que está diciendo, maitreya.

—Convencí al consejo de ancianos de que este rumor era sólo eso. Un rumor malintencionado, una de las tantas infamias por las que deberemos pasar.

—Mi relación con la reina Jonté, no difiere de la de cualquiera. —dijo Emhir. —Es además una niña para mí.

—No tiene sentido negármelo, General. Le estoy pidiendo que no continúe con esa relación. Pero si las profecías aciertan a caer sobre el tiempo tal como fueron concebidas, usted no cejará en su intento ardoroso.

—Creo haber escuchado en el mismo Monte Shatzsa que las profecías son una línea gruesa que los hombres no podemos borrar, pero que podemos adelgazar hasta casi hacerla desaparecer. No veo, ni recuerdo que las profecías hablen sobre mí, maitreya, menos aún sobre un amor con la reina del norte.

—Se equivoca, General. —dijo Irtza. —Los siete hombres de bronce.

—Y los siete hombres de plata. ¿Qué tiene que ver conmigo esa profecía?

—Usted es, estimado general, el tercer hombre de bronce.

—Pero…no es posible… —dijo Emhir.

—De los blancos viene, estandarte del carnero. Frío en combate, como una mañana de primavera que se niega a dejar el invierno. —recitó Irtza, interrumpiendo al General.

—Fogoso en su pasión, como el fuego que arde en la llanura cuando toda luz se ha ido. —recitó Emhir, a su vez.

—El destino decidirá con él sobre el camino. Gloria absoluta, o Rey de los invisibles o en la perdición de la pasión de los hombres, engañado y solo, presentará combate. Uno contra un millón. —dijo Irtza. —General, su vida puede ser como la pequeña piedra que inquieta cae desde lo alto de la montaña, arrastrando consigo a la roca más grande. Debe jurar obediencia al código, sólo así podremos tentar a su destino para que no seamos arrastrados por el mismo. —agregó.

Emhir miró al viejo sacerdote un instante. Cerró los ojos, quiso negar las visiones que lo asaltaban, pero sólo consiguió fijar con más potencia en su mente, a Jonté. No la reina, si no la mujer que  había tenido aquellas tardes en la casa de piedra.

—Muerte y fuego. —dijo Irtza, sacándolo de sus cavilaciones.

—¿Muerte y fuego?

—Enférmate de guerra, General. Enférmate de muerte, de fuego, de sed de sangre, de deseos de victoria, sólo así olvidaras eso que los hombres llaman amor. Sólo así.

 

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