Perpetua en Eribea (50)

De un rincón del cuarto el Ciclón trae unos delgados almohadones cilíndricos que estaban en un canasto de mimbre. Son más rígidos que las almohadas. Con ellos consigue que la anciana repose de costado.

¿Está bien así?, pregunta el Ciclón.

Gracias, espero que sí, pero no sé, dice la mujer con el micrófono apretado entre la mejilla y la almohada. Ya no puedo sentir nada. Desde que Dios me eligió para padecer este martirio, mi cuerpo fue perdiendo cada vez más funciones. Sin contar algunos órganos internos que todavía me son relativamente fieles, digamos que mis oídos funcionan a la perfección, y que todavía puedo hablar y entender lo que me dicen, gracias al cielo. También puedo degustar la papilla lamentable que me dan para que mi aparato digestivo resista todo lo posible antes de romperse también. Pero no puedo moverme ni tocar ni sentir nada al ser tocada. Desde hace un año mis ojos tampoco funcionan. Hasta ahora, eso fue lo peor.

¿Los ojos?

No poder pintar más, bueno, es terrible pero hubiera terminado por aceptarlo, pero ¿dejar de ver la pintura de otros? ¿Dejar de leer, dejar de admirar lo que hay de excepcional en otras personas? Inaceptable. Sólo me queda la música, al menos por ahora. Los médicos están buscando la forma de operar mis ojos para conectar las terminales nerviosas a un decodificador que me permita conectarme en directo a… “Virtualia”, le dicen. Creo que donde ustedes viven no tienen acceso a ese lugar. Ismael me dice que es un mundo maravilloso en el que no sólo podré ver, sino también caminar y moverme como cualquiera, y hacer toda la vida social que quiera. Dice que hay de todo ahí. Pero los médicos y los técnicos hacen pruebas y fallan y después hacen más pruebas. Estoy tan cansada…

Si quiere descansar, puedo dejarla sola.

No… Digo que estoy cansada de esto que llaman mi “vida”. Cuando empezó la enfermedad me aferraba con uñas y dientes a cualquier esperanza de recuperación. Pero han pasado años y es cada vez peor. Aseguran que es irreversible, pero lo mismo ellos siguen empujando mi corazón con suaves choques eléctricos, inflando y desinflando mis pulmones, suplantando mis riñones con máquinas. Menos uno, menos dos, menos tres, menos cuatro…  ¿se da cuenta?

Sí. Tareas de mantenimiento.

Exacto. Parece que usted sí entiende. Me hace bien hablar con usted, Daniel. Descargarme. Cuando ya no pueda hablar, van a buscar algo que sí pueda hacer, como tragar saliva, por ejemplo, y entonces van a conectar mi garganta a otra computadora más, con la que pueda deletrear frases en clave morse o algo así, todo con tal de que pueda seguir comunicándome. Y después los médicos y las empleadas e incluso Ismael se van a comportar como si con esa clase de parches yo no hubiera perdido absolutamente nada. Y así, cada vez peor, tratando de “ganar tiempo” para mi entrada triunfal en el reino de Virtualia. Pero no todo puede ser virtual. No pueden virtualizar la salud, el ejercicio físico o la comida… El cuerpo es el verdadero reino en el que nos toca vivir. Y no puede arreglarse una y otra vez. Por cierto, ¿qué es lo que vino a arreglar usted en la cocina?

La procesadora de residuos orgánicos. Está descompuesta.

Ahí está. Los desperdicios, la mugre: puro mundo real. Incluso extraño eso. No puedo sentir ni siquiera mi propia suciedad. ¿Usted cree que esto es vivir, Daniel?

Todavía reúne las condiciones biológicas mínimas, señora Garro.

¿Qué? No, no. Esto está muy por debajo del mínimo. Esto no es más que sobrevivir. Durar. Nada más. Y si insiste en la controversia, al menos entienda que a ese mínimo que usted dice debería poder decidirlo yo misma para mí misma. Cuando le digo esto, Ismael siempre me saca lo de la voluntad de Dios. Sé que alguna vez ha hecho cosas que habrán hecho enojar bastante a Dios, pero en este caso sus intenciones son buenas. Es un buen marido. Insiste en todo esto por puro amor. Por mí. No dudo de él, ni de los médicos ni de los técnicos: todos tienen las mejores intenciones. De hecho, viven de que yo viva. Pero yo soy una mujer grande, y mi marido no debería aprovecharse de mi estado para decidir por mí. Los tiene amenazados a todos con eso de que técnicamente sería un homicidio desconectarme.

Puedo ayudarla yo, señora Garro, vuelve a ofrecerse el Ciclón.

Hay un silencio en el que no se podría saber si la mujer calla o duerme. Después pregunta:

¿Lo haría, Daniel? ¿De verdad?

En su veloz cálculo interno de futuras acciones, el Ciclón obtiene un resplandeciente número uno como respuesta.

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