Perpetua en Eribea (49)

Inyectando muestras de ‘Clement, Daniel’ en todos los receptáculos. Espere, por favor…

Desde donde está —sentado en el piso, junto al robot plano y redondeado— Clement puede ver cómo en el panel abierto del cilindro metálico, las muestras de sangre correspondientes a su sarcófago empiezan a vaciarse. Las de los otros prisioneros quedan inalteradas.

Paso B: completado.

Viernes, comando: Mostrar en pantalla el directorio completo de instrucciones a copiar en las respectivas memorias del Transporte.

Un largo índice luminoso corre sobre el lomo del robot. Clement estudia la larga lista.

Viernes, comandos: seleccionar de la lista sólo las instrucciones específicas relacionadas con la supervivencia en la Luna y los objetivos de la minería lunar.

Al descartar las directivas generales de funcionamiento, el índice luminoso se acorta a una cantidad de ítems mucho más manejable. Los ojos de Clement brillan al resplandor de los dos colores de la pantalla.

Viernes, comandos: Reemplazar las condiciones de vida en la Luna por las de la Tierra. Reemplazar todos los objetivos de trabajo seleccionados por los objetivos que voy a dictar a continuación.

Y entonces Clement dicta sólo dos objetivos. Uno le lleva bastante más tiempo que el otro.

Hecho, confirma el robot.

* * *

 *

La habitación se ve limpia. Cortinas blancas y soleadas. Las mueve una brisa suave y fresca.

La esposa del General Garro está en un dormitorio tres veces más grande que la sala del departamento 15-R de Galia Carrasco. Sin soltar su caja de herramientas, el Ciclón se asoma y descubre a una anciana recostada sobre una cama de hospital de la que salen dos docenas de brazos articulados, rematados en adminículos con funciones específicas: insectos mecánicos dormidos, que por ahora el Ciclón no se molesta en interpretar. La mujer ofrece desde sus escuálidos brazos y piernas una cascada de cables y sondas que la conectan con una máquina casi tan grande como la cama. Espigas de cables y tubos de diferentes grosores que a veces le entran en el cuerpo a través de cuidadas incisiones. Tiene los ojos cerrados y la cabeza rapada: de ella también salen varios cables, con sus terminales adheridas a la piel por apósitos blancos. En la nariz, un tubo respirador: un fuelle sube y baja en un cilindro transparente al mismo ritmo que el pecho. Cuando la anciana vuelve a hablar, un micrófono que le rodea la mejilla capta sus palabras marchitas y las amplifica a gran volumen por unos parlantes colgados sobre el respaldar:

¿Ismael? ¿O sos vos, Ileana?

Mi nombre es Daniel.

Aparte de un ligero temblor en los labios fruncidos, no hay ninguna otra reacción en el cuerpo de la anciana. Ningún movimiento en sus manos, ningún gesto en su cara. Ni siquiera abre los ojos. Pero su voz muestra cierta perplejidad cuando al fin pregunta:

¿Dónde está Ileana?

Salió.

¿Adónde?

No podría decírselo.

¿Cómo entró usted?

Vine a arreglar un problema en la cocina.

Oh. ¿Mantenimiento?

Sí, dice el Ciclón.

Discúlpeme que se lo diga, Daniel, pero no sabe cuánto lo compadezco por su trabajo, dice la anciana, siempre con los ojos cerrados. Odio las tareas de mantenimiento, las odie toda mi vida. Sólo admiro a los creadores, a cualquiera que, desde cero, inventa cualquier cosa. Yo misma en alguna época intenté pintar. Primero el lienzo, o el silencio, o la hoja en blanco y de repente: los colores, la música, un poema, o los planos de una nueva maravilla, como esta máquina que quiere que siga viva.

El Ciclón repasa con la vista la maquinaria integrada a la cama. Ahora busca comprender las relaciones de sus partes, su funcionamiento.

¿Qué es el mantenimiento en cambio?, sigue diciendo ella. Es volver al estado inicial de las cosas después de cada ataque de la entropía. Siempre igual. De cero la naturaleza nos lleva a menos uno, menos dos, menos tres… hasta que llega el mantenimiento: pintura, repuestos, engrasado y vuelta a cero. Una y otra vez. Ismael, que insiste con sus dietas y sus ejercicios físicos, nunca lo entendió. Incluso una obra de arte mediocre, que se degrada y se pierde enseguida, llega más alto y más lejos que la batalla perdida del mantenimiento.

Una alarma, tenue como el bip de un reloj pulsera, comienza a sonar.

Hora de moverme, dice la mujer. ¿Cómo es que esa chica salió justo en este momento? Si sabe que no puedo sola. ¡Y cómo lo va a dejar a usted trabajando en la cocina! Ya le voy a cantar cuatro frescas cuando vuelva.

Puedo ayudarla yo, Clara, si me dice cómo.

Señora Garro para usted. ¿Cómo sabe mi nombre?

Su empleada me lo dijo. ¿Quiere que la ayude?

Muy amable de su parte. Primero apague la alarma. Me está volviendo loca.

El Ciclón aprieta el botón del pequeño reloj sobre la cabecera. Una nueva cuenta regresiva de cuarenta y cinco minutos empieza a correr en su pequeña pantalla.

Me toca girar hacia la izquierda, dice la anciana. Es para evitar las escaras. Fíjese, Daniel, tiene que haber unos almohadoncitos por ahí. Con eso me apuntala para que no vuelva a quedar de espaldas. Y disculpe si lo abrumo con mis cosas. No tengo muchas personas con quien hablar. Mi hijo me visita cada vez menos. Y mi hija… Ella y su marido todavía estaban en Buenos Aires cuando fue la catástrofe. Un vuelo demorado, en la estancia nos enteramos mucho después. Los hacíamos de camino a Europa, pobres chicos… Ni llorarlos puedo ya.

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