La Marea de Bronce (48)

Freya

 

Khona se sentía mejor. Había querido acompañar a sus amigos y a Kinnuel al consejo, pero el viejo jefe se había negado de plano. La maaki de la toldería, Mama Hualal como todos la llamaban, lo había curado bien, tanto que caminaba todas las tardes por el bosquecito de álamos que bordeaba el río como si fuera un estuche de madera y hojas serpenteando junto al agua. Ese día, como se sentía mejor aún, siguió el río un poco más abajo que en sus paseos anteriores. Luego de caminar un rato largo, se agachó con dificultad en la rivera, se lavó la cara y tomó agua. Una construcción de piedra le llamó la atención. Parecía una toldería hecha de piedra, no tenía techo pero un madero que cruzaba todo la construcción apoyado en las paredes de piedra, daba a entender que antes había sostenido un techo. El edificio era extraño, Khona había visto las casas de piedra de los sapaninti, o las casas sijer, que tenían un revestimiento de barro que luego pintaban de diversos colores, pero esta casa no se parecía en nada a esas. Khona cruzo el río poco profundo e investigó el edificio. Había un hogar dónde aún se veía el suelo ennegrecido por el carbón. Había un tablón y unas banquetas de madera. También eran distintas a las bancas y mesas sijer. Sobre una de las paredes estaban apoyadas un hacha y un cuchillo larguísimo que Khona tomó asombrado. Paso un dedo por el filo del cuchillo y se cortó al instante. Corrió al río y metió el cuchillo en el agua. Era bastante pesado, difícil de manejar. Khona intentó unos mandobles e inmediatamente se cansó, aún su brazo no estaba del todo fuerte. El hacha también era pesada y tenía un mango largo, mucho más largo que sus hachas de bronce. Por un instante pensó que eran armas de un gigante y se dispuso a cruzar el río con ellas para volver a la toldería y preguntar de que iban esas armas. Cuando llegó a la otra orilla, escuchó una voz femenina que le hablaba.

—No puedes llevarte esas armas, guerrero. —dijo la voz de mujer en la lengua madre de los huenches.

Khona se dio vuelta para ver a la mujer y la sorpresa casi lo hace caer de espaldas. En la otra orilla del río una mujer blanca, con cabellos rojizos como el amanecer en el horizonte lo miraba con los brazos en la cintura. Parecía una de esas ánforas de cerámica roja de los kimes.

—¿Quién eres, cabello rojo? —dijo Khona, tratando de que su voz se escuchara fuerte y decidida.

—Mi nombre es Freya, guerrero, ¿cuál es el tuyo?

—Khona. Khona de los punchen. —respondió Khona, ya más que sorprendido, atraído por la mujer.

—¿Eres un nuevo guerrero del Padre Sefuncurá? —preguntó la pelirroja.

—Algo así. ¿Tu no eres una ranca? ¿o si?

—Somos protegidos del padre Sefuncurá, aliados. Los últimos de mi pueblo.

—¿Y que pueblo es ese de pieles blancas, y cabellos anaranjados? —dijo Khona, apoyado en el mango del hacha.

—No puedes llevarte esas armas. Son de mi padre, un recuerdo de su padre.

—No debería dejarlas en medio del bosque. Tu padre es un hombre descuidado.

—Mi padre es un hombre viejo y enfermo. No descuidado, guerrero.

Khona miró un rato a la mujer sin volver a hablar, después comenzó a cruzar nuevamente el río para devolverle las armas a la mujer, pero sobre todo para verla de más cerca. La mujer mantuvo su rostro casi expresión alguna, aunque Khona notó como deslizaba el pie derecho levemente hacia atrás.

—No voy a hacerte daño. Dices que eres de un pueblo aliado a los toldos de Sefuncurá, pues yo también pertenezco a un pueblo aliado del gran lomko. Ya te dije que soy Khona de los punchen. Y tu me dijiste que eres Freya. ¿Freya? ¿está bien dicho, así? ¿Freya? —dijo Khona deteniéndose a unos pasos de la mujer.

—Somos los hijos de la Tierra del Hielo. —dijo una voz grave que parecía provenir de la casa de piedra.

—¿Jamma? —preguntó la mujer

—Si, hermana. Padre nos envió a Runar y a mí a buscarte. Estaba preocupado.

Dos hombres salieron de la casa de piedra. Khona se volvió para verlos. Eran bien distintos, aunque iban vestidos de forma similar. Parecían tener ropas extrañas, aunque ambos tenían una bincha ranca sobre la frente. Uno, Jamma, era altísimo, casi una cabeza más que Khona quien era tenido entre los suyos, como un hombre alto. Pelos rojizos, de un color más apagado que el de la mujer se le mezclaban con una barba que le cubría desprolijamente la boca. Khona se asombro, nunca había visto una barba. Escuchaba historias de los reyes barbados sarnas, pero jamás había visto una. El otro hombre, de piel cobriza, aunque mucho más clara que la de Khona, también llevaba una barba corta, de cabellos bien negros, como los de Khona. Ambos llevaban a la cintura esos cuchillos largos.

—Jamma y Runar, mis hermanos. —dijo la mujer.

—Yo soy tu hermano, este es medio hermano. —dijo Jamma. Runar le dedico una mirada cansada, como si el tema de su parentesco ya hubiera sido discutido mil veces. Y efectivamente así lo era.

 

 

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