Perpetua en Eribea (48)

En la mañana del lunes, Ileana saboteó la procesadora en la cocina del departamento para hacer un pedido de servicio a un plomero en particular. Es el de confianza del señor, le dijo a la desganada operadora que registró el pedido.

¿Dónde está?, pregunta el Ciclón.

Salió, dice Ileana mientras se pone el abrigo. Creo que fue hasta la estación de policía. No sabía que iba a salir. Vas a tener que esperarlo. Yo me voy ya. Paso por la terminal bancaria y después voy a lo de mi mamá a prepararnos para esta noche. ¿No vas a decirme qué es lo que pensás a hacer, Daniel?

No puedo. Sólo puedo decírselo a él. ¿Hay alguien más en el departamento?

Sólo doña Clara, dice Ileana cuchicheando. En su habitación, como te dije ayer. Es al final del pasillo, dice ella y llama el ascensor.

¿Los guardias no te van a decir nada por salir a esta hora?

Free pass, dice Ileana mostrándole una tarjeta rosada como su uniforme. Ventajas de las cama-adentro. Vamos poco al exterior, pero ante cualquier mandado de los patrones podemos salir volando sin problemas y volver por cualquier ascensor… salvo que esta vez no voy a volver, ni en el tiempo reglamentario ni nunca. ¿Vas a esperar al viejo?

Sí.

Daniel, te lo pido por lo que más quieras: liquidá a ese hijo de puta. Si no, él no va a dudar en matarte a vos. Creo que tiene una pistola en un cajón del escritorio. Y acordate de palparlo bien cuando llegue. ¿Lo vas a matar?

No puedo decírtelo. Eso…

Sí, sí, ya sé. Sólo a él. Bueno, ojalá le vueles la cabeza. Suerte, Daniel.

Le da un beso en la mejilla. El Ciclón siente el escalofrío de su propio rubor. La reacción involuntaria de su cuerpo lo llena de confusión.

Buen viaje, alcanza a decir antes de que llegue el ascensor de servicio. El Ciclón se pone fuera de alcance de sus cámaras. Las puertas se abren. Ileana sube y enseguida desaparece tras el acero.

El Ciclón sale de la cocina y cruza por una sala enorme, con ventanales de gas polarizable en doble vista: a la franja este del río y, por el otro lado de la habitación, al centro de la ciudad. Camina entre sillones de cuero, muebles de diseño, adornos caros y souvenirs de viajes exóticos. Pasa a la habitación contigua, un estudio adornado con variada parafernalia militar: maquetas de aviones, tanques y cohetes; sables y trabucos antiguos colgados de las paredes; un globo terráqueo y otros viejos mapas de la Argentina; fotos del General a distintas edades y con distintos uniformes. Un estante con libros: una Biblia, una edición muy sobada del Martín Fierro, una más lujosa del Facundo, y varias de distintas obras de Alejandro Dumas. En el escritorio encuentra un cajón cerrado con llave.

Apoya su caja de herramientas sobre un lujoso bar de bronce, madera y cuero. Conseguir la caja le había tomado toda una mañana de merodeo por la zona de los galpones del sector 5. Finalmente decidió seguir a un plomero que volvía de almorzar un sándwich en el Paseo Periférico. El Ciclón lo interceptó en una calle angosta y desolada que el otro usaba como simple atajo para volver al estacionamiento. El plomero desencajó un gesto de sorpresa e incomprensión cuando el Ciclón, con el mismo movimiento que le había visto hacer al Pampeano, se agachó para hundirle un cuchillo justo debajo del esternón. El plomero, calvo y esmirriado, tardó un minuto en morir; en todo ese tiempo el Ciclón no aflojó ni demostró ninguna contradicción interna. La inocencia de la víctima era un dato nulo en el cálculo de esa acción cuyo resultado tendía a uno. Era algo necesario, así que el pulso no le tembló, no tuvo ninguna clase de titubeo o remordimiento: incluso se cuidó fríamente de arremangarse, y de que la sangre del otro no lo manchara. En un bolsillo del plomero encontró su tarjeta magnética. No le era útil: al pasarla por cualquier terminal, la fotografía no coincidiría. En la clonada que le había conseguido Galia, la data de la foto había sido reemplazada por una que el mismo falsificador le había tomado. Sólo podía tener problemas en el caso de coincidir en un control con el dueño de la tarjeta original, un conflicto muy poco probable. A media cuadra de ahí, había un callejón perpendicular con otro gran ducto de desperdicios: no era tan difícil deshacerse de un cadáver en Argirópolis.

Sobre la barra, abre la tapa metálica de su caja. Un taladro, un martillo y un cortafierro, pinzas y tenazas, un minisoplete-soldador: instrumentos más que eficaces para cumplir su misión cuando Garro llegue.

Con el martillo y el cortafierro, el Ciclón logra forzar la cerradura del cajón. Adentro encuentra una caja negra. En las molduras de terciopelo rojo de su interior descansa una pistola automática cromada y un cargador. Hay otros espacios para una segunda pistola y otro cargador, pero esos espacios están vacíos.

Saca el arma, le calza el cargador y, con cuidado, la pone en su caja de herramientas. Después cierra el cajón, recoge las astillas del piso y guarda el taladro. Ya está por volver a la sala cuando, sobre la suave música clásica, la voz de una mujer mayor llega desde el fondo del departamento. Una voz calmada, pero que suena a un volumen más alto de lo normal.

¿Ismael? ¿Sos vos?

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