La Marea de Bronce (47)

El Consejo Huenche

(II parte)

 

La reunión se llevaba a cabo en una gran toldería, sobre una explanada de la Cerro de La Piedra Movediza. Un toldo gigantesco que albergaba durante el desarrollo del concejo a más de cien Jefes, lonkos en voz huenche, y capitanes quienes discutían los temas inherentes a los huenches como nación. Los punchen, un pueblo numeroso que sin embargo nunca había tenido mucho peso en el concejo, se habían convertido en los últimos años en un pueblo central en la vida de los huenche. Primero, con la decisión de apoyar a los reinos sanans y a los kimes para frenar una avanzada sapaninti al norte. Situación que derivó, tras tres batallas, la del Pracara de los Kimes, la del Tanko Azul y la batalla del Arroyo, en la casi desaparición de los punchen. En este consejo, a su vez, Mhuencalfú, el nuevo lonko de los punchen venía a poner sobre su cabeza, una bincha que era poco menos que una corona. No sólo en eso la presencia punchen era expectante  en el Consejo que se iba a desarrollar en esos días, la maaki de los punchen, era la más vieja de las maaki huenches, por lo que tenía que preceder el consejo y realizar los augurios con el gran espíritu Aoinken para que la decisión del Consejo tuviera el consentimiento del orden cósmico.

Justamente era esa mujer, que caminaba lentamente hacia el toldo del consejo, ayudada por Trenchen, guerrero punchen y seguida por su aprendiz, Gogoche, quien tenía la esperanza de poder entrar en la toldería como acompañante.

La primera guardia, de los hombres de la Sierra, la cruzaron sin inconvenientes. Trenchen no se asombró cuando vio a tres hombres de Tehuel, realizar una segunda guardia antes del gran toldo.

—Esta es la maaki de los punchen. Presidirá el consejo estos días. —dijo Trenchen sin detener su paso.

—Alto, punchen. Necesitamos verificar eso. Además, tu y la muchacha no pasaran de este punto. —dijo uno de los guardias mientras los otros dos cruzaban sus lanzas sobre el sendero.

—Mi jefe y tu jefe son más que aliados, guerrero. No creo que se sientan a gusto cuando sepan que no dejaste pasar a la maaki y entorpeciste a los que ayudaban a la anciana a llegar al gran toldo. —dijo Gogoche mientras soltaba el brazo de la maaki y daba un paso adelante.

—Oh, resulta que ahora las muchachitas se adelantan a advertirles a los guerreros sobre su comportamiento. —dijo el guerrero y se dio vuelta para mirar a sus compañeros mientras reía.

—No se puede derramar sangre entre huenches durante la duración del consejo. —dijo Trenchen.

—¿Y eso a que viene, punchen? —preguntó el guerrero, sin reír esta vez.

Trenchen soltó el brazo de la maaki y lanzo una patada en el estomago del guerrero. Los otros tomaron inmediatamente posición de combate y apuntaron sus lanzas a Trenchen.

—Eso viene a que si pudiera derramar sangre, te hubiera roto la nariz, ímbecil.   —dijo sin dejar de mirar las puntas de las lanzas que ondulaban cerca de su cuello.

—¡Alto!. —se escuchó. Una orden lanzada por una voz gruesa, profunda, que hizo a los guardias dejar su posición de ataque.

—Levanten a ese hombre. —dijo la voz. No era otro que Kinnuel, quien se acercaba sólo a la posición de la guardia.

Los dos guerreros levantaron a su compañero que aún se retorcía por el golpe de Trenchen.

—A la laguna, que se sumerja un rato para recuperar el aire. —les dijo a los tres hombres, quienes obedecieron sin chistar la orden de alguien que no tenía esa potestad sobre ellos.

—Señor Kinnuel. —dijo la maaki, caminando lentamente, sin esperar que sus ayudantes volvieran a tomarla de los brazos.

—Maaki, mi corazón se alegra de verte en estos días tan tristes. —dijo el jefe, mientras ponía su mano derecha sobre el pecho.

—Tu corazón y el de muchos otros serán necesarios en este consejo. —dijo la maaki.

—Lo sé, maaki. Corazones y piernas como los de este muchacho. —dijo Kinnuel.

Trenchen sonrió. Gogoche, quien ya ayudaba de nuevo a la maaki, también le dedicó a Kinnuel una sonrisa.

—Ah, Gogoche. Muchacha. —dijo Kinnuel reconociendo a la joven. —Hay un muchacho en mis tolderías que esta ansioso por verte.

—Varios muchachos. —dijo la maaki.

—Lástima ser tan viejo ya. —dijo Kinnuel.

Gogoche se sonrojo por ambos comentarios. Trenchen la miró y le guiñó el ojo.

—Basta ya. —dijo Gogoche, visiblemente afectada.

 

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