Perpetua en Eribea (47)

El ascensor llega al piso treinta. La puerta corrediza se abre directamente a una amplia y lujosa cocina, con predominancia de líneas rectas, mármoles blancos y acero inoxidable. Al pasar el umbral la puerta se cierra. Comienzo del área privada. No más cámaras de seguridad. Escucha el susurro del ascensor cuando se va a otro piso y algo de música clásica, muy débil, que proviene de otro de los ambientes.

Buenas tardes, dice el Ciclón. Gracias por su pedido de servicio.

De nada, dice Ileana, en su uniforme de empleada doméstica. El Ciclón había conocido a la hija de Galia el domingo, cuando ella había aprovechado el franco para visitar a su madre. Ileana no esperaba encontrarse con que un hombre sin orejas dormía en el sillón de la salita del departamento 15-R. Galia le mostró a su hija la carta de Pedro Reyes, y le explicó lo que pensaban hacer. Le pedían su ayuda abiertamente. A quemarropa, Ileana giró y le preguntó al Ciclón:

¿Va a matar al viejo?

No puedo decírselo.

Ojalá eso signifique que sí, dijo la chica justo antes del ataque de llanto. Entonces le reveló a su madre la larga lista de vejaciones a las que el General Ismael Garro la había sometido para poblar el aburrimiento hogareño de su retiro. Los envíos de enfermeras a domicilio para los dos abortos a los que la había forzado el viejo. Las amenazas con deportaciones automáticas. Ileana había callado y soportado todo para no apesadumbrar a su madre, pero especialmente para conservar los privilegios que tenía como empleada cama adentro. No había más que una por piso, y era un puesto codiciado. Al menos ahí podía ahorrar algo para sacarlas a las dos de Argirópolis. Algún día, aunque todavía no supieran adónde ir.

Voy con vos, le rogó Ileana a su madre. Aunque no haya más que basura allá abajo, la prefiero si eso nos permite irnos de esta isla.

El abrazo de Galia rubricó su aceptación. Estaban juntas en el plan.

Al terminar ese domingo, mientras Galia dormía en su habitación, Ileana ocupó el sillón de la sala. El Ciclón dormía en el piso, sobre un colchón improvisado con almohadones. Bien pasada la medianoche, la chica se levantó en la oscuridad para ir al baño. Al volver se acostó en el piso junto al ciclón, y le cruzó un brazo sobre el pecho. El Ciclón despertó.

¿Qué pasa?

Tranquilo. Y hablá más despacio. Mamá se va a despertar.

La chica subió la mano y condujo la boca del Ciclón hacia la suya. El beso fue reconocido automáticamente por la memoria primaria del Ciclón. Se hizo largo, y sectores latentes en su cerebro mixto empezaron a activarse. Su cuerpo completo reaccionó a la excitación. Quiso tocar el cuerpo de ella, y ella lo dejó hacer. Hasta que le dijo, muy cerca del agujero de su oído:

Matalo. Por favor te lo pido. Hacelo por mí.

Después de eso se despegó de él y subió de vuelta al sillón, dejándolo caliente y confundido en el suelo. El Ciclón no entendía bien lo que le sucedía. Sus cálculos arrojaban un resultado nulo. Ni cero ni uno. Sólo volvió a dormirse tras razonar que le convenía estar descansado para el día siguiente.

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