La Marea de Bronce (46)

El Consejo Huenche

 

Gogoche ayudaba a la maaki a sentarse en la ladera del Cerro de la Piedra Movediza, mientras con la mirada seguía los acontecimientos que se desarrollaban alrededor. Todas, o casi todas las tribus huenches tenían sus representantes en el Consejo de la confederación. Solo los jefes y algunos capitanes ingresaban al Gran Toldo, dónde la reunión anual se llevaba a cabo y dónde los hombres más importantes de las tribus decidían que camino tomarían en conjunto en los temas que afectaban a la nación huenche en su conjunto, más allá de los intereses de cada pueblo. Allí se decidía la guerra, o el apoyo a la tribu que estuviera en guerra. O se intentaba la paz cuando pueblos huenches entraban en guerra entre sí. Todos las decisiones se sellaban con la bendición de la maaki más vieja entre los pueblos, y este año, justamente en esa reunión la bendición estaba a cargo de la maaki de los punchen. Este no era una reunión de Concilio más.  Las Sierras de la Piedra Movediza, habían sido evacuadas unos días antes. Un ejercito combinado de sijers de Zampam y del imperio sapaninti las habían puesto en peligro con una avanzada en conjunto. Pero la aparición de los hombres de blanco, un ejército acompañado por hombres santos del norte de los que ni las más viejas tradiciones se acordaban había puesto la invasión total de los sapaninti en un parate incómodo para el imperio. Sin embargo, por lo que la maaki le había dicho, los dedos de Villac Umu, sumo sacerdote sapaninti, habían llegado hasta allí para destrozarlo todo. Sin armas, sin guerra. Doblegar naciones es una tarea de la mente no del brazo, decía la maaki. Y Villac Umu tenía la mente de mil hombres juntos. Gogoche no entendía el alcance de esa mente, pero vislumbraba en los hechos que algo estaba mal, que algo incorrecto, peligroso, mortal para los huenches en su conjunto iba a pasar en ese Consejo. Su jefe, Mhuencalfú llegaba a la Sierra de la Piedra Movediza al lado de  Tehuel, jefe de más de cien tribus, el más poderoso de los huenche, sus territorios y areas de influencia iban desde el Punto de Mar de Arenas hasta las tierras de los huenches detrás del Aoinken, más de cuarenta mil lanzas estaban a su disposición.   Y Tehuel venía a nombrarse no ya, la voz del consejo, ni el arbitro de las naciones huenches. Quería que su hermanos, lo llamarán rey,  que llamaran a su nuevo adlátere, Mhuencalfú de los punchen, príncipe. Y una exigencia de este tipo solo podía tener una fuerza que estuviera avalada en el exterior. Ese príncipe no era otra cosa que un príncipe puesto allí por el mismo imperio que casi había exterminado a su pueblo. Un príncipe que negaba la muerte incluso de su padre en manos de los sapaninti para convenir ahora con ellos, el sostén de su anhelada corona.

Gogoche buscó con la vista a Trenchen, amigo de Namun y de Khona, quién sabía de la unión de Mhuencalfú con Tehuel y de ambos con los sapaninti. Trenchen había vuelto a la toldería y con mucha cautela había ido a ver a la maaki, le había contado de las ordenes de Mhuencalfú de obedecer a los legionarios del sol, de buscar a Khona y traerlo vivo o muerto y de cómo Namun los había encontrado y les había dicho que Khona vivía y estaba ahora entre los rancas. No pudo Gogoche ver a Trenchen, en realidad dejo de buscarlo cuando escucho un alboroto en la entrada del campamento. Se incorporó e intentó ver el porqué de semejante conmoción.

—¿Qué pasa? —le preguntó a un guerrero de la Sierra que caminaba a paso rápido hacia el tumulto.

—Sefuncurá de los rancas y Kinnuel de las tolderías del Lago del Tigre han venido a la reunión.

—¿Los rancas? —dijo retóricamente Gogoche.

—Si. Los rancas. —dijo el guerrero, deteniéndose un momento para mirar a la mujer. —Desde la invasión de los pelirrojos que no estaban en la reunión. —dijo el guerrero acercándose, atraído por la hermosa joven punchen.

—Ahora hay una esperanza. —dijo la maaki en un hilo de voz. —Una fogata se enciende en medio de la oscuridad de la llanura. Que el fuego tome la noche y purifique el aire de los jefes.

—No se esfuerce maaki. Falta un día para la reunión y usted debe bendecirla. No nos sirve enferma, tiene que tener la fuerza para poder oponerse.

—Mi muerte no es tan inconveniente en este momento, preciosa. Pero vendrá en el momento justo. Mi muerte es tiempo para que la esperanza de a luz una salida.

—Ahí vienen. —dijo el guerrero.

Gogoche se puso de pie y miró a los dos hombres caminar en medio de un silencio respetuoso. Trenchen subía la lomada, dándose vuelta en cada paso para mirar mejor a los dos jefes. Saludó a Gogoche y a la maaki y miró al guerrero de la Sierra de la Piedra Movediza con una expresión de interrogante.

—Pasaba por aquí y tu mujer preguntó por los jefes.

—No soy su mujer. —dijo Gogoche. —Trenchen tiene más de las que puede atender. —dijo y soltó una risita que a los dos hombres les pareció deliciosa.

—Un gran hombre. —dijo el guerrero.

—No. —respondió Trenchen. —Esos son dos grandes hombres. No creo que haya guerrero en la tierra entera que no marchara a la guerra bajo el mando de esos jefes.

El guerrero miró a los dos jefes que subían la lomada hacia la toldería del consejo y pensó en sus jefes. Tenía razón el punchen. Si esos hombres llamaran a seguirlos en batalla, el respondería con su lanza, sin pensarlo.

 

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