Perpetua en Eribea (46)

Cilindro de carga conectado, dice el robot. Procedimientos de rutina pausados hasta contraorden de Usuario ‘Oktubre-Eribea’.

Viernes, comando: Permitir sólo el primer paso del procedimiento de rutina. Activar los restantes sólo cuando yo lo ordene.

Registrando cilindro de carga en el sistema de Eribea. Espere, por favor…

Registro completo. Unidad de carga bajo control del sistema de Eribea. Siguientes pasos pausados.

Muy bien, Viernes. Pregunta: ¿Hay novedades en el registro de acceso al sistema de Eribea?

El sistema del satélite sigue bajo un aparente ataque por fuerza bruta. Usuario ‘Oktubre-Tierra’ intentando conectarse con contraseñas erróneas.

Los hackers. Algo tiene que haberles pasado. Tengo que apurarme, razona Clement.

Viernes, pregunta: ¿Podría suspenderse o alterarse la órbita de Eribea? ¿Hacer que la estación volviera a la Tierra?

No sin su completa destrucción.

Clement sopesa las ideas que bullen en su mente. Se deja llevar por la que se abre paso con más fuerza. Si cinco años atrás, en alguna de las simulaciones del sarcófago, alguno de sus interlocutores le hubiera propuesto terminar así, él hubiera firmado de inmediato.

Viernes, comando: Modificar paso B del procedimiento de rutina: Todas las muestras de sangre a inyectar en los distintos receptáculos del Transporte deberán pertenecer al prisionero ‘Clement, Daniel’.

Paso B modificado. ¿Ejecutar?

Sí.

* * *

*

Déjeme ver, dice el guardia del último puesto, en la consola frente a los ascensores de servicio. Al contrario de sus colegas de la puerta de la torre, de los del perímetro del parque o los de la Plaza de Intercambio —la gran entrada de proveedores y servicios a la Colonia—, a éste no le basta que el visitante haya entrado al Sector 1 con otros trabajadores en un furgón acreditado, que vista el uniforme limpio y correcto, que su tarjeta magnética funcione en regla, ni que el pedido de labores de mantenimiento figure debidamente registrado en la planilla del sistema. Este último guardia, además, dice: déjeme ver. Y antes de franquearle el paso al trabajador, se comunica con el piso treinta de la torre, el que realizó el pedido de servicio. Buenas tardes, ¿ustedes pidieron un plomero por un desperfecto en la cocina?, pregunta por el intercomunicador.

Sí, hágalo pasar, por favor, dice una voz de mujer. Desde este lado de la consola, el Ciclón no puede ver su cara en la pantalla.

Cómo no, señorita, dice el guardia. Luego le dice al Ciclón: Abra la caja, por favor.

Un taladro portable, martillo y cortafierro, pinzas y tenazas de precisión, un minisoplete-soldador, una sonda. Masilla, pastillas desecadoras chinas, filtros expandibles, algunas piezas sencillas de recambio. Nada más.

Adelante, dice el guardia. El Ciclón cierra la caja metálica y camina sin apuro hacia el ascensor. Entra y oprime el 30 en la pantalla. Las puertas se cierran.

Se ajusta la visera de la gorra y se queda inmóvil, consciente de las cámaras de seguridad, mientras sube al piso treinta casi sin percibir el movimiento del ascensor. En su cerebro mixto contrasta esa suave subida con la dura bajada que intentará Galia esta misma noche. Le ha dado indicaciones precisas. No duda de que el Profeta la esté esperando en el faro para ayudarla a cruzar desde el final del ducto. El Ciclón se sorprende deseando que la mujer lo logre.

La ayuda de Galia ha sido invalorable. El Ciclón tiene puestos la gorra y el mameluco gris de mantenimiento que ella robó de la lavandería cuando volvió a su trabajo, en la tarde del mismo viernes en que lo conoció. Galia se aventuró a guiarlo el sábado por la Medialuna, el barrio más peligroso de la peligrosa Porción 4, para conseguirle una tarjeta clonada por un precio exorbitante: la transferencia automática y escalonada del 90% de sus ahorros hasta la fecha. En diez días casi todo el dinero de Galia terminaría repartido en cinco cuentas diferentes, pero ella dijo que valía la pena: en la Martinga ya no lo necesitaría y, además de resultar indispensable para el ingreso a la Colonia, la tarjeta permitiría que él pudiera circular por la ciudad a salvo de los monitores.

De esa forma, por la tarde Galia pudo llevarlo a los alrededores de la Plaza de Intercambio para mostrarle los seis arcos que rodeaban su explanada central —con la gran estatua de Sarmiento, el patrono de Argirópolis, en el centro geográfico de la ciudad— y enseguida explicarle el movimiento regular de entradas y salidas de la Colonia. Dos días después ya había “recibido” el pedido de servicio a su número de tarjeta. A las seis y media de la tarde había acreditado su entrada en el arco uno, el de la Colonia, para subir al furgón que repartía a los trabajadores recién ingresados entre los diferentes edificios que los habían solicitado.

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