La Marea de Bronce (45)

El juego de pelota (segunda parte)

 

El capitán del equipo verde, los tucanes de Palan, como se conocen, golpea la pelota con la cintura y esta rebota en el muro, pintado con exquisitez con escenas del mismo juego, para luego volver y picar en la tierra. El capitán tiene un segundo tiro y esta vez, la pelota viaja hacia el aro, golpea el borde del orificio y sale. A pesar de tratarse de un ritual, la muchedumbre, sentada abigarrada en la ladera de una colina artificial, vibra y vitorea cada jugada. La última en especial los hace ponerse de pie, emocionados. En frente, en un palco de piedra, perfectamente labrado, los sumos sacerdotes observan la partida en silencio.

Irtza contempla la destreza de los hombres que realizan verdaderas piruetas para golpear la pelota. No nota que ninguno de los equipos quiera perder el juego y así salvar su vida. Al contrario, parecen más que decididos a ganar. Cuando el sol comienza a caer, Irtza se fija especialmente en el capitán del equipo rojo, los tapires de Chitza, quienes han venido hasta Palan para el juego.

—¿Quién es el capitán de los rojos, Cielo de Jade? —preguntó Irtza.

—Yunuen, el príncipe de Chitza. Algunos le dicen el príncipe del agua, porque suele desaparecer semanas en los cenotes, sumergido en las cavernas. —respondió el sacerdote nahua.

—La Luz del Monte Shatsza se posa sobre él. Hay algo en ese muchacho, Cielo de Jade.

—Espero que no gane la partida entonces, maitreya.

Cielo de Jade se pone de pie, esperó a que el último rayo de sol toque su frente y levantó entonces, la mano derecha. El partido había terminado, sin un ganador.

—Ambos capitanes al frente. —dijo en una voz atronadora que ninguno de los sacerdotes presentes, a excepción de Irtza, le habían escuchado antes.

Los dos hombres, visiblemente cansados, avanzaron hacia el palco. Los colores con los que sus cuerpos habían sido pintados comenzaban a desaparecer a causa del sudor. Ambos se detuvieron frente al palco, a la espera del veredicto de Cielo de Jade.

—El gran dios de la muerte, implacable pero justo ha tomado su devoción y honestidad en el juego como entrega suficiente. Pueden compartir la victoria y marchar juntos al altar. O pueden dirimir el juego en un combate a primera sangre.

—No caminaré con nadie hasta el altar de la pirámide, santidad. —dice Canec, compatriota de Cielo de Jade.

—Se adelantó a mis palabras, lucharé, sacerdote. —responde Yunuen.

—A primera sangre el combate está finalizado. Sin más. —dijo Cielo de Jade mientras hacía señas para que proveyeran a ambos capitanes sendos cuchillos de jade.

—Nuestro ilustre visitante allende el gran océano, dará la señal de comienzo. —dijo Cielo de Jade y miró a Omhept para que hiciera los honores.

—Es un honor, sacerdote. —dijo Omhept poniéndose de pie y levantando su mano derecha, para bajarla lentamente. Cuando su mano estuvo nuevamente junto a su cuerpo, el combate dio inició.

Canec saltó hacia delante, con el brazo extendido, tratando de que el cuchillo tocara la piel de Yunuen rápidamente y todo terminara allí mismo. El príncipe de Chitza, esquivó hábilmente el embate y aprovecho el movimiento para golpear con la rodilla a su contrincante. Canec cayó cuan largo era y soltó su cuchillo.

—Arriba Canec, no me voy a aprovechar de tu descuidado ímpetu. —dijo mientras cambiaba el cuchillo de una mano a otra.

Canec se incorporó y tomo su cuchillo. Tomó posición y avanzó, esta vez con más cautela contra Yunuen.

Yunuen lanzó un mandoble que Canec esquivó moviendo su torso hacia atrás. Luego lanzó su golpe sobre el hombro derecho de Yunuen que este intercepto con un golpe de su brazo opuesto, desviando el cuchillo.

El príncipe de Chitza, lanzó dos patadas que llegaron al estómago de Canec, poniéndolo de rodillas. Confiado, avanzó sobre Canec y le lanzó una puntada, que este detuvo tomando la muñeca del príncipe. Forcejearon un tiempo, ambos deteniendo el cuchillo del otro hasta que Canec, mucho más robusto que Yunuen, empujó al príncipe hacia el muro de la cancha de pelota. Yunuen, espalda contra el muro, intentó safar del ataque golpeando a Canec con la cabeza. El primer golpe, duro contra la frente del grandote capitan verde, dejó más aturdido al agresor que al agredido, quien devolvió el cabezazo, abriendo la ceja derecha del príncipe.

—¡Sangre! —gritaron los hombres de Canec, exigiendo el final del combate. —¡Sangre!

Cielo de Jade se puso de pie. —La sangre debe brotar del jade. —dijo y volvió a sentarse.

Canec, volvió a golpear con la cabeza a Yunuen y luego lo soltó. El príncipe de Chitza cayo casi desvanecido al suelo. Canec, lo tomó por los brazos y lo arrastro hasta el frente del palco de los sacerdotes. Se puso detrás del príncipe y poniéndole una rodilla en la espalda para mantenerlo sentado, hizo un corte en la mejilla de Yunuen. Luego lo soltó y se incorporó entre los vítores de sus compañeros de equipo.

—Canec, de la casa de las serpientes negras, tu puesto en el altar del dios de la muerte esta asegurado. Que tu familia, tu casa y tus estandartes porten desde hoy, la calavera plateada del gran dios Mhuecalxpulli. Si alguien entre los tuyos lo desea, puede asi mismo usar el nombre del dios entre sus nombres. —dijo Cielo de Jade, nuevamente de pie. —El juego ha terminado. —sentenció.

 

 

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