Perpetua en Eribea (45)

¿Cómo son?, pregunta el General Garro.

Son como grandes… pelotas de playa. De algo más de un metro de diámetro, la más grande. De algún material duro y liviano. No son macizas, aunque tampoco están completamente huecas por dentro. La del noroeste estaba quemada de la mitad para abajo. Llamó la atención de los oficiales por el brillo de la otra mitad. Como una perla gigante engarzada en un pedazo de carbón. La segunda parece haberse destruido desde adentro. Tiene dos grietas cruzadas desde las que supura alguna clase de sustancia, como el sulfato de una batería vieja. Adentro hay… cosas, todas fundidas entre sí.

Quisiera pasar a verlas hoy mismo, dice Garro. En su mente lo apremia el nombre con el que —según le comentó Madison en su último llamado—, uno de los robots de Eribea había sido renombrado. Ese nuevo nombre no podía ser casual. Era un símbolo, significaba algo. No puedo dar ventajas, piensa el viejo.

Puedo enviarle el testigo en video, General.

Mándemelo, sí. Pero igualmente quiero ir a verlas en persona.

Hoy no va a ser posible. En este momento están analizándolas en el laboratorio. ¿Por qué no el lunes que viene? Así de paso tenemos más información.

Está bien. El lunes iré a verlo a la Estación. Según veo en el pronóstico extendido, en la tarde del lunes no va a haber lluvia.

Quedamos así entonces, General. Estaré encantado de verlo. Ahora, si me disculpa, lo tengo que dejar. Pero antes permítame que le pregunte, ¿cómo está su señora?

¿Eh? Bien, bien. Gracias por su interés. Hasta mañana.

Hasta mañana, General.

Estrechan sus manos. Cuando interrumpen la comunicación, cada uno alcanza a ver cómo el avatar del otro se desvanece de una habitación que también termina en una nada negra.

Aquí lo esperamos, yo y mis pelotas gigantes, masculla Rodolfo Lupus agarrándose con fastidio los huevos (los verdaderos). No soporta a los intocables de Interinato, en especial a Garro, que retirado y todo todavía se arroga el poder de interferir en los asuntos de la policía. Desde que se quedó sin ejército se cree que somos su guardia pretoriana, piensa Lupus mientras se saca la diadema y los guantes hápticos. Se queda mirando las nubes a través del único ventanuco de su oficina, el modelo espartano prefabricado para los edificios públicos. Después activa la señal de ocupado, se pone el equipo y vuelve a conectarse a Virtualia con su avatar no oficial para ir al estadio y ver el último chukker del clásico Charrúas-Guaraníes. Apenas entra, alcanza a ver a dos jinetes hombro con hombro, disputándose la bola blanca; la refriega termina en un golazo de Charrúas. Carajo, piensa Lupus con nostalgia, cómo extraño los caballos de verdad.

Cuando se desconecta de Virtualia, el General Garro va hacia la cocina de su fastuoso departamento. La chica está de espaldas, preparando la comida. El uniforme color rosa, apretándole las nalgas. Garro entra, cierra la puerta y empieza a desabrocharse el pantalón.

En esto lo virtual tampoco puede competir con lo real, piensa Garro antes de tomar a la chica por la nuca.

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