Bandera roja (44)

Desperté en una cama del Hospital de Urgencias. Al lado de la puerta de la habitación, una enfermera gorda hacía palabras cruzadas. Cuando notó que me movía se asomó a la puerta y gritó:

—Avisen que se despertó el intoxicado del incendio —y volvió a sentarse.

A los cinco minutos entró Roberta. Se paró al borde de la cama y me miró sin hablar. Se veía cansada, pero sentí que el agobio no tenía que ver conmigo ni con el ataque a Gath y Chavez. Eran los años de sobrevivir a los embates del país.

Me moví para tomarle una mano. Roberta acercó la suya pero de una manera desapasionada. Supuso que iba a hacerle preguntas, así que habló ella primero.

—Estuviste sedado dos días. Todo parece haber salido bien. Los cuatro estamos vivos aunque a Johnson tienen que reconstruirle la oreja.

—¿Los ataques?

—Pararon por ahora, pero seguramente se están reorganizando.

—¿Cuándo salgo?

—Dicen que mañana.

La enfermera interrumpió.

—Bueno señorita, no se entusiasme que el señor Esteban tiene que descansar.

Roberta asintió en silencio y con la mano levantada le hizo entender a la mujer que en cinco minutos se iba.

—¿Por qué me tratan de “Esteban”?

—Es el humor de Sanchez. Como oficialmente estás muerto, entraste al hospital con un alias —Roberta levantó la tablilla con la historia clínica y me la mostró: “Paciente: Esteban Helsing”

—“Este-Van Helsing”. ¡Será imbécil!

Roberta intentó una semisonrisa, se despidió con un beso en la frente y salió. Por el modo condescendiente, igual al que tuvo mi exmujer diez años antes, pude darme cuenta de que la relación estaba terminando.

A la mañana del día siguiente vino a buscarme Johnson. Tenía la cabeza vendada y llena de moretones.

—Movete que nos vamos.

—Buen día para vos también.

—No jodas que vengo de las curaciones.

—¿Duele?

—Como la remil puta madre que lo reparió.

Me dio una valija.

—Acá tenés ropa nueva, algo de dinero y documentos. Podés empezar de cero donde quieras. Te vamos a buscar solamente si te necesitamos o si te mandás alguna cagada grande.

—Bueno. Salí así me cambio tranquilo.

—OK.

Abrí la valija y elegí un pantalón y una camisa. La ropa me quedaba bien pero los zapatos me apretaban un poco. Cuando estaba listo para salir, apareció para saludarme la enfermera gorda. Con una confianza incómoda  se puso a aconsejarme:

—A ver si deja de hacer pavadas y le da a esa chica una buena vida.

Me dio la mano y se fue.

Afuera en el pasillo estaban Sanchez y Johnson Me llevaron hasta el estacionamiento donde subimos a un Chevy Super Salón. Sanchez manejaba. Desde es asiento del acompañante Johnson terminó de ponerme al día con la situación.

—Por ahora no pasa nada, pero esto recién empieza. Va a ser una batalla larga. Si querés pelear con nosotros sos bienvenido. Si no, tenés dos días de gracia para irte. No necesitamos desobedientes.

—¿Dónde está Lyndstrom?

—No sabemos. El castillo está vigilado, y no apareció tampoco en ninguno de los nidos que tenemos relevados. O murió después del incendio, o la mataron los vampiros disidentes, o prepara el contraataque.

—¿Barros?

—De agregada cultural en una embajada, donde puede ejercer de señora encantadora sin la necesidad de dispararle a nadie.

—¿Los papeles?

—Aparentemente todo se quemó en Gath y Chavez.

—¿Y Roberta?

—Eso justamente vas a resolver ahora?

Johnson se calló y Sanchez se puso a silbar bajito mientras manejaba. Estuvimos así hasta que llegamos al aeropuerto. Sanchez detuvo el auto en la entrada del hall central. Johnson se bajó y me abrió la puerta.

—Bajate. Roberta debe estar por embarcar. Yo tengo cosas que hacer en las oficinas de la Fuerza Aérea. Sanchez te va a esperar en el estacionamiento. Suerte.

Entré al aeropuerto sabiendo que con Roberta no quedaba mucho por decirnos. Ninguno de los dos era buena compañía para el otro, y sin embargo la separación era dolorosa. La encontré haciendo la cola para embarcar. Llevaba ropa nueva. Le tomé delicadamente un hombro y movió la cabeza para verme.

—Roberta…

Acercó su cara a la mía y me dijo:

—No me llames así. Según el diario, Roberta murió en un incendio en el centro.

—¿Entonces?

—Entonces me voy a empezar de nuevo. Barros necesita una secretaria de confianza en México.

Me quedé mirándola sin hablarle hasta que los altoparlantes hicieron el último llamado para embarcar, y la que una vez fue Roberta me besó delicadamente sosteniendo mi cabeza con sus dos manos. Después, sin decir nada, pasó a la Sala de Embarque sin darse vuelta.

No me quedé a esperar el despegue. Fui directamente al estacionamiento. Sanchez esperaba  apoyado en el capot del Chevy. Cuando me vio llegar dejó de jugar con las llaves y abrió las puertas. Se lo notaba de un humor expansivo poco común en él. Tenía ganas de conversar.

—Usted trabajaba en la cinemateca…

—Sí.

—Entonces esta situación no es nueva para usted. Guerra, aeropuerto, chica que se va, antiguos enemigos que trabajan juntos…

—Vea Sanchez, no estoy de humor y usted no es lo suficientemente simpático para ser el Capitán Renault.

—¡Qué pena! Me hubiera parecido perfecto que todo terminara con “I think this is the beginning of a beautiful friendship”.

—Sanchez, después de lo que pasó con los papeles me parece que esto es más “El halcón maltés”.

—Ah, sí.“The stuff that dreams are made of”.

Y arrancó.

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—ÚLTIMO EPISODIO LA SEMANA QUE VIENE—

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