La Marea de Bronce (43)

 

Los tres sapaninti y los tres blancos. (Segunda Parte)

 

El general Batzda intentó apaciguar los animos, tomo un tono neutro y hablo mirando alternativamente a los ojos de los tres hombres que tenía en frente.

—Hay un evento central de la historia de nuestros pueblos, de todos los pueblos de hombres cobrizos que se está llevando a cabo en estos momentos. Hay una tregua acordada en todas las tierras donde habiten hombres de bronce. Una tregua que acordó su propio sumo sacerdote, Villac Umu. No puede haber guerras entre nosotros, porque hay que prepararse para una guerra como jamás se vio. La guerra de nuestros tiempos, que definirá los tiempos por venir. Ha comenzado la Marea de Bronce.

—¿Marea de Bronce? No sé de que habla, general.

—Yo sí, general Rumanic. —dijo el príncipe Vira Vira, saliendo de su vergüenza. —Y ahora también sé quienes son ustedes. —agregó señalando a los guerreros de blanco.

—Habla hijo, vamos. —dijo Rumanic, salteando el protocolo y acercándose al desacato en cada palabra dirigida a su príncipe.

—Villac Umu viajo a las tierras del medio. Debía encontrarse con los cuatro sacerdotes más poderosos de toda la tierra. Los shatzsa, los hermanos blancos del Monte que viaja por la tierra, lo convocaron porque las señales de la gran tribulación habían sido vistas al norte, muy al norte.

—¿Shatzsas?, ¿señales? Aclara tus palabras Vira Vira. —dijo Rumanic.

—Entonces ustedes deben ser los Elohim, el ejército blanco de los maitreya, la fuerza bajo tierra mejor preparada para la guerra que jamás se haya visto. —dijo Vira Vira sin prestar atención al viejo General.

—Exacto, su majestad. —dijo Hitdas.

—Villac Umu, desconfía de ustedes. Como príncipe del imperio del sol les advierto. Retiren su ejército o sufrirán las consecuencias. Podrán ser el mejor ejército en las leyendas pero hace más de cien ciclos del sol que no entran en combate.

—Somos una fuerza destinada a mantener la paz, su majestad. Pero la paz a veces tiene un alto costo. Le sugiero no forzar el destino. —dijo Batzdas.

—Tampoco el suyo. —terció Manac Huasi.

—Señores, no es necesario llevar las cosas tan al límite. —dijo Hitdas.

—Por supuesto que no. —dijo Rumanic, conciliador. No sabían cuantos hombres de blanco había detrás de la colina, pero calculaba  que había, al menos, dos batallones más.

Sin embargo, Vira Vira se dio vuelta y miró a las tropas sapanintis. Levantó el brazo y lo movió en círculos. Las conchas marinas soplaron y los tambores marcaron el ritmo. Los chanckas y los legionarios del sol, miraban estupefactos, la mitad de ellos no sabía que hacer. El príncipe les había dado orden de preparase para el ataque pero sus generales parecían pasivos y aún no se habían dado vuelta.

 

Los tres hombres de blanco retrocedieron marcha atrás, despacio, hacia sus hombres haciendo una leve reverencia. Rumanic se dio vuelta y se acercó al príncipe.

—No me importa si el emperador me manda a volar desde la Piedra que sujeta a Sol. Ni que tu guardia personal me destripe aquí mismo tan lejos de mi hogar como nunca estuve. La próxima vez que ordenes un comando a un ejército bajo mi poder te romperé esa cuidada nariz real que llevas. —dijo.

El príncipe se limitó a mirarlo. Sabía que había perdido el control pero aún así era impensado que pidiera perdón. Manac Huasi lo miraba fijamente, con desaprobación, su mirada parecía sugerirle que haga el pedido de perdón al general.

Ahora los tres volvían a paso rápido hacia sus tropas y el general Rumanic levantaba su brazo derecho y ordenaba la formación de ataque de los tres flancos.

—General Manac Huasi. —dijo mientras comenzaba a trotar hacia el centro de sus tropas. —Simule que su ala avanza más rápido que el centro y deténgase a tiro de hondera, que los legionarios y los chankas formen la primera línea. Espere la carga yo dividiré el centro e intentare flanquearlo. El príncipe, sus legionarios y los sijer harán lo mismo con el ala izquierda. Por lo poco que vi, es el ala más liviana que tienen.

—Entendido General. —dijo Manac Huasi y se desvió al trote hacia el flanco derecho.

—Lo siento general Rumanic, perdí el control. Me deje llevar. Le presento mis disculpas y me pongo bajo su servicio, el tiempo que considere necesario hasta salvar mi agravio.

—Pelea como un puma esta batalla y tomaré las disculpas como buenas, príncipe. Comunícale el plan de batalla al general Sijer.

—Eso haré General Rumanic. —dijo el príncipe.

Rumanic llegó a su litera y se sentó. Cuando estuvo arriba y pudo ver listos los flancos levanto su brazo e indicó el avance. Las banderas de los flancos derecho e izquierdo acusaron el recibo y comenzaron el avance como estaba planificado. Al frente, en el centro iban las tropas de leva, detrás los legionarios del sol, más precisamente el batallón Intimani, jamás vencido en combate. Manac Huasi llevaba a los suyos a buen ritmo y había empezado a adelantar el flanco. Al frente los elohim esperaban inmóviles el avance de los sapaninti. El general Batzda reconoció el plan de batalla de Rumanic y lo consideró bueno, sobretodo porque había sido improvisado sobre los acontecimientos. Levantó una mano y una línea de trompeteros se adelantaron, seguidos por estandartes y una línea de arqueros detrás. Batzda bajo el brazo y los estandartes movieron las insignias en círculos. Las trompetas sonaron en un bramido que se mezcló con el chirrido de las bestias que esperaban detrás de la colina.

Al principio, los sapaninti, desconcertados por el sonido de esos instrumentos que desconocían, frenaron el avance. Una orden de Rumanic los puso de nuevo en marcha hasta que a ambos flancos del ejército elohim vieron aparecer a los mastodontes. Gigantescas bestias con armaduras aplicadas sobre el pelaje, prolijamente cortado y que llevaban sobre el lomo una especie de torre de madera protegida por escudos donde cuatro hombres, un conductor, dos arqueros y un lancero, esperaban para entrar en combate.

Los mastodontes bramieron con un sonido similar a las trompetas, levantando sus trompas y comenzando un avance lento desde los flancos. Al frente, la mayoría de los soldados sapaninti, sobre todo la leva, había soltado sus armas y huía despavorida del campo de batalla. Al mismo Rumanic, le tomo tiempo reponerse de semejante visión. Manac Huasi, sin dejar de mirar él tampoco a las bestias, freno el avance de los legionarios y de los pocos chankas que quedaban en formación y ordenó retirada, para formarse junto al centro de Rumanic.

El viejo general también ordenó una retirada en orden para volver a formarse sobre la colina desde donde había iniciado el avance. Mando mensajeros al flanco del príncipe ya que había visto como Manac Huasi retrocedía y se dirigía a formar junto a sus hombres.

El príncipe, atónito, había quedado delante de las tropas junto a su guardia personal. Los sijer se habían desbandado y los pocos legionarios que aún mantenían el avance, lo hacían tan lentamente que la distancia con el príncipe sería insalvable si los elohim ordenaban una carga. Rumanic se preocupo por el príncipe e iba a ordenar a una columna de sus legionarios que reforzara el flanco pero vio como el príncipe salía de su asombro y se retiraba a la colina, en busca de las pocas fuerzas sapaninti que quedaban.

Mientras tanto, los mastodontes habían alcanzado la pequeña llanura y avanzaban en una línea única. Rumanic, esperó a que sus hombres se alinearan y llamó a Manac Huasi.

—Pon a los lanceros en dos líneas al frente, detrás forma a los legionarios y a los chankas en formación de cuadrado de ocho hombres de fondo, que estas formaciones no estén juntas.

—¿Vamos a dejar que rompan la primera línea? —preguntó el general Manac Huasi.

—Exacto. Cuando esas bestias pasen la línea y se dirijan por el espacio vacío entre las formaciones, intentaremos atacarlas desde atrás. —respondió Rumanic que mando la misma orden al príncipe en el ala izquierda.

—General. —dijo Rumanic, dirigiéndose a Manac Huasi que ya se alejaba hacia su flanco.

—¿Si general Rumanic?

—Envíe un corredor a arrear las tropas que huyeron y otro hacia el este. El general Mentuelvelle y sus 25 mil hombres no deben estar lejos. En el mejor de los casos, sólo tendremos que mantener las líneas hasta que la vanguardia nos alcance.

—Entendido general.

Al frente, Batzdas observaba los movimientos en la formación del ejercito sapaninti. Vio como los lanceros se ponían en fila doble y detrás se formaban escuadrones bien separados uno de otros. Admiró entonces al general Rumanic, ese hombre sin saber a que se enfrentaba, con sus soldados presas del temor al ver a los mastodontes avanzar, distinguió que el poder de esos animales no residía en su tripulación si no en la capacidad de arrollar al enemigo en plena carga. Rumanic, aunque ya viejo, sería un hombre importante en La Marea.

—Alto. —grito el general Batzdas. Los estandartes se levantaron y dibujaron nuevos semicírculos en el aire. Las tropas se detuvieron y los mastodontes, en línea, frenaron su avance estacionándose en medio de la llanura, como una muralla viva, como si fueran montañas de muerte a la espera de la orden de avanzar para aplastar todo a su paso.

 

Siguiente

Anterior

• Ver listado

Anuncios

¿Qué te parece?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s