Bandera roja (43)

Cuando la conversación estaba terminando Roberta interrumpió para decirle a Johnson que quería ir a su casa. Sanchez y Johnson se miraron y le dijeron que no les parecía conveniente porque el inmueble había sido allanado, pero Roberta insistió hasta que los dos decidieron hablar con la policía para que le franquearan el paso. Cuando el inconveniente burocrático se zanjó, acordamos encontrarnos todos a las ocho en el Palacio Municipal. Entonces acompañé a Roberta.

Sentía la tensión a medida que nos acercábamos al barrio.Tuve la previsión de estacionar en la esquina para que, al llegar caminando a la casa, tuviera tiempo de acostumbrarse a lo que fuera a encontrar, pero fue inútil, porque corrió apenas se bajó del auto. No me animé a seguirla. A los cinco minutos salió, quebrada pero sin llorar. Sin que lo hubiera notado, detrás mío se habían juntado algunos vecinos. Dos mujeres salieron al encuentro de Roberta en el medio del jardín. No se atrevieron a tocarla. Manteniendo la distancia le contaron que el allanamiento no había sido tan grave como el saqueo que después hicieron los vecinos. Roberta apenas hizo un gesto con la cabeza y caminó hacia mi. No me abrazó. Apenas puso su boca a la altura de mi oído y dijo:

—Sacame de acá ahora.

En el auto siguió demudada. Recién llegando al Palacio Municipal volví a escuchar su voz, sin ningún acento o emoción.

—Cuando termine esto, si estás vivo, quiero que quemes la casa.

Asentí. De todas maneras ni siquiera tenía la certeza de llegar a ver el día siguiente.

La tarde transcurrió revisando armamento y ajustando detalles. Las discusiones iban desde la insistencia de Roberta en formar parte de la operación, hasta las dudas de Sanchez sobre si cenar antes o después, ya que según él, no había nada más molesto que trabajar con hambre.

A las doce en punto comenzamos a escuchar las bombas y los disparos. El ruido siguió durante media hora y se detuvo. A la una volvieron las explosiones, pero esta vez desde el parque. Johnson salió de su oficina, y fuimos todos al estacionamiento. Un jeep con fusiles, lanzagranadas y una bazooka nos esperaba.

Salimos por La Cañada hasta la calle 9 de Julio y manejamos directo hasta la puerta de Gath y Chavez. No se veían luces pero se escuchaban ruidos. Sanchez acomodó la bazooka y disparó contra las ventanas del segundo piso. Después de la explosión nos quedamos aturdidos. Sentí que el tiempo estaba detenido. Una nueva explosión me trajo de nuevo a la realidad. El segundo piso se incendiaba. Sanchez nos recordó el plan.

—Señorita, usted que es buena con la ametralladora, hace ráfagas contra las cornisas y el segundo piso, ustedes dos señores van hacia las puertas, y yo disparo a las ventanas del primer piso.

Salté del jeep entusiasmado. El incendio y la cercanía de la muerte hacían desaparecer las diferencias con Johnson. Me sentía de nuevo un cazador. Ajustamos las linternas a los fusiles y entramos. El edificio empezaba a llenarse de humo. Se escuchaban los tiros desde afuera y ruido de muebles cayendo; después aullidos. Debía haber cuatro o cinco en el edificio. Johnson cargó y dijo:

—Vamos por las escalera principal. Yo disparo hacia adelante y vos a las barandas y atrás— y empezó a correr.

Salí detrás de él pero no era fácil cubrirlo. Tenía que subir la escalera de espaldas mientras disparaba hacia arriba. Johnson bajó a uno que se asomó a la escalera. Escuchamos más corridas. Cuando llegamos al primer piso disparamos al techo primero, y a los lados después. Dejamos de tirar un instante y pudimos ver movimiento en el fondo. Johnson iluminó, apuntó y disparó. El animal reventó. Sentimos gritos del lado de las ventanas. Hicimos fuego varias veces contra una silueta que se fue arrinconando contra el vidrio. En el momento en que la luz de afuera nos dejó verlo bien, una bala disparada por Sanchez le dio en la cabeza. Johnson hizo señas de que paráramos. Poder ver se iba haciendo más difícil porque el humo se hacía más denso. La metralla rítmica de Roberta era lo único que escuchábamos. Considerábamos que el primer piso estaba limpio cuando sentimos pasos subiendo por la escalera lateral. Me adelanté a Johnson y llegué al segundo piso, para encontrarme con la Señorita Lyndstrom. El fuego que quemaba los archivos iluminaba el salón como si fuera pleno día y el humo nos ahogaba. En el medio, Lyndstrom cargando a una cría hembra en los brazos, buscaba una salida. Mientras tanto le hablaba en una mezcla rara de lenguas. Por el tono supuse que trataba de tranquilizarla. Entre las palabras que soltaba me pareció entender “No te mueras”.

Johnson me alcanzó justo en ese momento.

—¿Por qué no las matás idiota?

Sacó la pistola, y poniendo rodilla en tierra apuntó y le dio en la cabeza a la cría, que reventó en los brazos de Lyndstrom El grito que siguió, además del calor y la falta de oxígeno, me dejaron aturdido. Estaba mareado y no podía hacer foco para disparar. Tenía la sensación de que iba a vomitar, cuando sentí un golpe en medio de la cara. Desde el piso escuché un alarido de Johnson y una ráfaga de metralla desde afuera. Depués, ruido de vidrios rotos y nada más. Estuve semiinconsciente hasta que Johnson empezó a empujarme escalera abajo.

—Movete pelotudo, que nos quemamos vivos.

Me puse de pie como pude y, sostenido por Johnson llegamos al primer piso. Sentí que algo me mojaba la camisa. Miré a Johnson vi, que le faltaba una oreja. Traté de decirle algo pero él hablo antes:

—¿Qué mirás? ¿No te gusta como quedé? Por lo menos ahora voy a escuchar menos tus pelotudeces.

Cuando llegamos a la vereda, Sanchez cargaba el lanzagranadas.

—Señores, terminamos de incendiar el edificio y nos vamos. Subiendo al jeep por favor.

Y eso es todo lo que recuerdo.

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