La Marea de Bronce (42)

 

Los tres sapaninti y los tres blancos. (Primera Parte)

 

El general Rumanic avanzó flanqueado por Manac Huasi y el príncipe Vira vira, a izquierda y derecha respectivamente. Frente a él otro trío emprendió la caminata al medio del campo de batalla. Detrás de los sapaninti había treinta mil hombres, más otros diez en camino desde el oeste. Al frente aproximadamente veinticinco mil hombres armados con armaduras de plata, relucientes, yelmos del mismo color y escudos largos y rectangulares. El silencio de esos hombres, sus insignias blancas con una montaña dibujada en el centro, flameaban en el viento lanzando un persistente soplido. Y ese soplido, el único sonido que llegaba desde las formaciones dispuestas en tres flancos frente a los sapaninti,  les confería un aura sagrada, de autoridad. Rumanic sabía esto, percibía el temor en la mayoría de sus tropas, por eso había salido de su litera y llamado al príncipe y a su inmediato en el rango, el general Manac Huasi, para caminar al encuentro de esa tropa blanca. Confiaba en que los generales de tan magnifico ejercito harían lo mismo y podrían tener una discusión. Era indispensable para el general sapaninti, aparte de infundir valor en su campo, ganar tiempo para que llegara la columna al mando del general sijer Mentuelvelle.

—Sólo yo hablo. —dijo Rumanic, sin mirar a sus dos acompañantes.

—Si, general. —respondieron casi al unísono.

Rumanic vio con agrado como tres de los hombres de blanco y armaduras de plata se adelantaban a su encuentro.

—Al menos sabemos que conocen los hábitos de la guerra. —dijo Manac Huasi.

—Esperemos que no los conozcan tan bien como para despedazarnos, general. —respondió Rumanic, con la vista clavada en el trío blanco que se les acercaba.

Cuando estaban casi a dos metros unos de otros, el que iba primero de los guerreros blancos, se detuvo y clavó su lanza en el suelo, los otros dos lo imitaron y luego los tres hicieron una leve reverencia.

—General Rumanic. —dijo el más adelantado.

—El mismo. —respondió este.

—Tengan a bien tomar estas piedras. Las llamamos lenguas de piedra y no hacen otra cosa que facilitarnos la conversación, por más de que no conozcamos mutuamente nuestros idiomas. —dijo el guerrero adelantándose y extendiéndoles las piedras.

—Usted habla muy bien el sapaninti. —dijo Rumanic mientras examinaba la pequeña estatuilla.

—Si, general, es cierto. Pero sería una descortesía que mis compañeros no entiendan nuestros parlamentos. ¿No lo cree asi?

—Si, no hay problemas…—dijo el general esperando que su interlocutor se presente.

—Batzda, general Batzda, disculpe general, que descortés de mi parte.

—Esta bien, general. No soy un hombre de protocolos. —respondió Rumanic.

—Pero es un hombre de honor, por lo que sabemos, y eso es precisamente lo que me ilusiona sobre esta tarde. Realmente no deseamos ver sangre embarrando este páramo seco y polvoriento.

—Sin embargo se posicionó muy bien sobre la colina. Estoy seguro de que no veo a todas sus tropas.

—Por supuesto, general. Ahora, permítale presentarles a mis acompañantes. A mi derecha se encuentra el capitán Mori, quien se enfrentó dos días atrás a su general, también presente aquí, Manac Huasi.

—Mierda, ¿esas maniobras las realizaba un simple capitán? —dijo Manac Huasi en voz baja sin darse cuenta de que su mano apretaba la lengua de piedra y por lo tanto, todos lo escuchaban, y sobretodo, lo entendían.

—Así es, general. —dijo el capitán aludido y realizo una leve reverencia.

—A mi izquierda. —dijo Batzda. —Hitdas, maitreya superior del Monte Shatza y enviado de Irtza, el peregrino, el mensajero blanco, a la reunión de brujos que debe realizarse muchas leguas al sur en unos días más.

—Ya conocen al General Manac Huasi. —dijo Rumanic señalando a su izquierda. —A mi derecha se encuentra el príncipe Vira Vira, heredero del imperio, hijo del hijo del sol.

—Su majestad. —dijeron los tres hombres de blanco, repitiendo la reverencia.

—General Batzda, ¿es así? ¿Batzda? —dijo Vira Vira, sin respetar la orden de Rumanic de mantener silencio.

—En efecto, majestad. —respondió el general blanco.

—Están ustedes interfiriendo con el avance de las tropas imperiales y si osan hacernos frente serán aplastados. —dijo el príncipe adelantándose y dejando atrás a Rumanic.

—La juventud es tan arrogante. —dijo Batzda y levantó su mano llevándola hasta la cresta emplumada de su yelmo. Sacó una pluma, la afinó entre sus dedos y la lanzó al aire. —Uute. —gritó y un sonido silbante salió desde las tropas de blanco y plata. La pluma cayó detrás de los sapaninti, con una flecha atravesándola.

—General. —dijo Rumanic, apartando de un pechón al príncipe. —Los deseos de batalla le han jugado una mala pasada a nuestra joven alteza.

—Es normal. —dijo Batzda.

—Y comprensible. —agregó Hitdas.

—Sin embargo, nuestro príncipe ha señalado un punto importante. El imperio del sol lleva una campaña para pacificar las fronteras sureñas del reino. Frente nuestro, no debería estar su reluciente ejercito, si no los bravos rancas, liderando a tribus enteras de puebles huenches.

—O a quienes no acordaron someterse a su reino títere, de reciente creación. —dijo Hitdas.

—Los soldados cumplimos ordenes, sacerdote. No preguntó por los vericuetos oscuros de la política, o los designios que esta encuentra en los frescos y oscuros rincones de los templos.

—Difícilmente esa declaración no pueda ser política, general. —respondió Hitdas. —La politica y las armas son un matrimonio feliz, la historia de los hombres lo demuestra con creces, no creo que usted no sea conciente de eso.

—Es cierto, sacerdote. Como también es cierto que no espera que le digamos todo lo que quiere saber.

—Para nada, general. —dijo Batzda. —Sin embargo es necesario que aclaremos algunas cosas.

—Bien. Escucho. —respondió Rumanic.

 

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