Bandera roja (42)

El Paisaje de “The Omega Man” o cualquier otra de ciencia ficción con Charlton Heston. Así estaba Córdoba al mediodía. Las calles vacía, los autos mal estacionados, las ventanas cerradas. La población había entendido que la situación era grave. Ya en Ferreyra, donde habíamos parado a cargar nafta, nos habían advertido que la gente estaba asustada, que aparecían cadáveres todos los días y las autoridades no daban explicaciones. Durante el recorrido por Avenida Sabattini hasta el centro apenas vimos un par de personas.

Exactamente al mediodía llegamos a la Compañía. Había pasado casi un año desde el día en que Tanaka me había presentado a Nora y ella me condujo por el túnel. Después vinieron el hermano Marcelo, el viaje a La Cumbre, el rescate de la Doctora Hernandez, la casa segura, los enanos… Todos estaban muertos ahora. El ambiente de la iglesia me pareció más agobiante que entonces.

Sentí la necesidad de que todo terminara de una vez.

—¿Adonde vamos?

Roberta me sacó de mis cavilaciones.

—Seguime.

Recordaba claramente el camino hasta el túnel. En la entrada no vi rastros de que estuviera siendo usado con frecuencia. Bajamos. Roberta caminaba detrás mío, agarrándome del hombro. Podía escuchar su respiración. Donde el año pasado había estado estacionado el Unimog de Nora, ahora había un mesón y cuatro sillas. Dos ocupadas. La semipenumbra no me permitíó reconocer en un primer momento, quien acompañaba a Johnson. Cuando estuve a unos dos metros lo ví claramente: Sanchez. El limpiador mantenía el  aspecto profesional. No podía adivinarsele ni un atisbo de emoción. Johnson en cambio estaba desmejorado, hinchado y ojeroso. De todas maneras, el cansancio no le impidió saludar con su humor habitual.

—¿Qué hacés, imbécil? Ya veo que no viniste solo.

—Por lo menos yo no estoy con el enemigo.

—No se confunda señor —interrumpió Sanchez—, yo apenas soy un mercenario.

—Sanchez tiene mucha información útil —dijo Johnson—, además de estar deseoso de trabajar con nosotros.

—Trabajar para la señorita Lyndstrom empezó a ponerse complicado. Mi antigua jefa está teniendo problemas para controlar a sus subordinados. No hay limpiador que pueda con ese desastre.

Mientras Sanchez hablaba, Roberta lo miraba embobada, como si se tratara del promotor de una agencia de viajes, vendiéndole un pasaje a Disneyworld. Esa reacción me irritaba aún más que Sanchez.

—En el futuro arreglaremos las diferencias con el señor, ahora ¿qué plan tenemos?— pregunté.

Johnson se pasó la mano por la cabeza y comenzó a explicar.

—A los vampiros del Congreso se les acabó la cuerda. Así como nosotros tumbamos al líder, ellos quieren terminar con Lyndstrom. No son organizados pero son destructivos.

—Entonces ¿por qué no atacamos aprovechando la anarquía?

—Porque no conocemos todos los escondites; y además, si utilizáramos el ejército regular, tendríamos que reconocer que existen los vampiros y que en algún momento negociamos con ellos. Sumado a eso, perderíamos toda oportunidad de encontrar los documentos que nos interesan, y  distraeríamos fuerzas de nuestra propia guerra civil.

—No tardaste mucho en ver el mundo como los que decías combatir. Sos igual que ese alumno tuyo que nos vendió.

Johnson no se irritó con mi comentario. Se limitó a sacar la pistola de la sobaquera, dejarla sobre el mesón, respirar hondo y decirme:

—No te presentes como campeón moral. Antes de todas tus aventuras eras un pobre mediocre, acostumbrado a vivir de la cinemateca sin trabajar demasiado. Meterte en esto te hizo sentir un hombre. Por eso estás acá.

No le contesté. No tenía argumentos. Sanchez habló como si nada pasara:

—Bien caballeros, revisemos el plan. La idea es dar una serie de golpes al estilo israelí. Operativos de retaliación cortos y efectivos, con comandos pequeños y profesionales —desplegó un plano de la ciudad—, empezando hoy a la medianoche en dos nidos bien identificados, Barrio Güemes y Alto Alberdi. Suponemos que eso los llevará a reagruparse, así que para las una de la madrugada atacaríamos la Laguna Crisol y un refugio que tienen en Barrio Empalme; para terminar con el golpe definitivo al poder del Congreso en el archivo y centro de operaciones local de Lyndstrom Aquí.

Sanchez marcó con el dedo un punto en el plano. Gath y Chavez.

Me corrió frío por la espalda. Recordé la cabeza del alumno de Johnson rodando a nuestros pies. Además siempre odié las simetrías, y todo indicaba que la historia iba a terminar en el mismo lugar donde había empezado.

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