La Marea de Bronce (41)

Manac Huasi

 

Manac Huasi, general sapaninti a cargo de la columna de avance oeste, en el territorio de la pre cordillera, detuvo su avance en las cercanías de una laguna rodeada de pequeños arbustos y suaves colinas. Esperaría ahí la señal de Rumanic, quien avanzaba en la columna centro con el príncipe Vira Vira, enviado por el emperador para conocer en primera persona el desarrollo de una campaña.

Manac Huasi ordenó a los sijer, aliados del imperio, que se acantonaran sobre la rivera este de la laguna, mientras él y sus hombres ocupaban la parte sur. Toda la costa oeste daba contra un macizo escarpado, así que, con un par de exploradores podría cubrir ese flanco.  Envió corredores hacia la columna central y dos exploradores hacia el sur para intentar saber si los rancas, al menos las primeras tolderías rancas, estaban al tanto de la invasión. El factor sorpresa sería fundamental en la campaña. Sobre en lo que concernía a su columna, los rancas eran los mejores guerreros del sur, los mejores entre los huenchen. Contaban además con un factor decisivo, los facans, cuchillos largos hechos de un material parecido a la plata pero más opaco. Esto era conocido en todos los rincones del imperio como el “secreto de los rancas”. Numerosas expediciones sapaninti enviadas a secuestrar herreros rancas para conocer el secreto, fracasaron. Sólo una vez pudieron llevar a la capital del imperio a un herrero ranca que jamás habló y soporto estoico todos los tormentos que se le aplicaron en la Fortaleza Maratí. El plan de Manac Huasi para enfrentarlos era simple. Atacar tres o cuatro tolderías a la vez, dividiendo su ejército pero asestando un golpe que impidiera a los rancas reunir un ejército mayor a tres mil hombres y presentar batalla de plano. Si bien el sapaninti comandaba casi quince mil soldados, sabía muy bien que en una batalla a campo abierto solo valdría la pena lanzar contra los rancas a sus dos mil legionarios del sol con la ayuda de los mil quinientos chankas y los mil armadillos sijer.  Tampoco quería introducirse en los bosques y lagos del sur donde los rancas se resguardarían largando ataques pequeños pero mortales a las caravanas y líneas de suministros. Era especialistas en eso de atacar y desaparecer, como fantasmas del bosque. Era una situación que requería del más aceitado de los movimientos. Pero como había entendido en Zampam, la política sería la verdadera encargada de vencer a los huenchen. Vira Vira era el símbolo que acordaría con Mhuencalfú, líder de los punchen, quien se casaría con la hija de Tehuel, jefe de la confederación huenche para unir a vastas tribus, o al menos, para asegurar una acumulación de hombres importantísima en el bando del imperio. Ese casamiento sumado a un llamado a la reunión de los pueblos huenchen bajo el mando de Mhuencalfú que sería nombrado como el primer Rey de la Llanura, aliado del hijo del sol, hermano del consejo de Zampam, aclararía el panorama entero del sur del imperio y sólo habría que esperar a que una hija de Mhuencalfú se case con un príncipe sapaninti para anexionar miles de tierras con solo un revolcón real. Manac Huasi pensaba que había llegado el tiempo en que los soldados como él sólo serían el garante amenazador de los juegos de la política. Rumanic, el viejo general le decía que siempre había sido así y que siempre lo sería. —Tenemos la impresión de ser la fuerza del reino, pero sólo somos la mano en ristre que acompaña a las palabras. —le había dicho el viejo general.

Luego de un repasó rápido de la situación con todos sus oficiales y Güelle, el general de tropa sijer, Manac Huasi se acostó. Su sueño fue profundo, su mente lo llevó a su casa, con su hijo aprendiendo a usar la alabarda y con Faupa, la sirviente encargada de la casa desde que su mujer había muerto. Soñó con su pelo negro y sedoso cayéndole por la espalda, con su cintura pequeña y con sus ojos grisáceos como las piedras de la fortaleza real. Cuando volviera a la capital, la haría algo más que una sirvienta, así las leyes no lo permitieran.

Se despertó con el estruendo de tambores y sonidos de corridas en el campamento. Apenas abrió los ojos, su edecán entró a su tienda e hizo la reverencia.

—¿Qué sucede Yupa? —preguntó Manac Huasi a su edecán.

—Los sijer, señor. Su avanzada hacia el sur se encontró con un ejército de hombres de blanco y armaduras de plata.

—Nadie tenía que avanzar hacia el sur. Tenían que acampar en el este de la laguna. Maldito Güelle, siempre queriendo destacarse. ¿Se enfrentaron?

—Si señor, unos doscientos armadillos sijer y mil guarans se lanzaron contra el ejercito de hombres de plata. Poco más de trescientos regresaron al campamento.

—Guarans, otros imbéciles que no esperan ordenes. La conjunción perfecta. Quiero a los capitanes que no hayan caído en detención inmediata. Yo iré a ver a Güelle.  Marcharan solo los legionarios.

—Si señor. —dijo Yupa, antes de retirarse.

¿Hombres de blanco y armadura de plata?, no era posible, pensó. ¿Se enfrentaba a un enemigo desconocido? ¿Acaso los rancas se habían guardado otro secreto? Como fuere, la cantidad de bajas sufridas era alarmante. Cuando salió, la litera de general lo esperaba en la puerta de la tienda. Miró el sol antes de subir y solo vio su fulgor entre las nubes. Era un día perfecto para morir.

 

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