Bandera roja (41)

La tregua había terminado. No tuvimos que preocuparnos por elaborar una estrategia para escondernos porque el gobierno tenía una amenaza más peligrosa para contener. La gravedad de los ataques era tal que no se había podido impedir que las noticias llegaran a la prensa. Cuando llegamos con Roberta a la estación de servicio de General Roca, nos enteramos por los titulares del diario que Córdoba estaba en estado de emergencia por “una serie de asesinatos cruentos de origen desconocido”. Cuando volvimos a buscar el auto, Barros ya se había ido; así que no pudimos avisarle que no intentara volver. Cargamos el combustible y salimos.

El recorrido por la ruta 9 era angustiante. Todos los pueblos parecían deshabitados. Evidentemente  se había dado la orden de mantener a la población en sus casas. Roberta no hablaba. Era capaz de apuntarle con un fusil a una mujer indefensa, pero el silencio la aterrorizaba.

Evaluando las circunstancias llegué a la conclusión de que no había forma de sobrevivir solo. Tenía que contactarme con la Alianza. Cuando llegamos a Villa María ya había decidido cómo. Tenía que hablar con los Hermanos Libres o los Israelitas. Nos registramos en un hotel y pedí una guía de teléfonos. Encontré el número de la Iglesia de los HL en la calle Rincón y llamé. Me atendió un hombre, que por la voz debía ser muy viejo. Trató de hacerse el desentendido de lo que le pedía. Finalmente puse negro sobre blanco:

—Ustedes saben lo que está pasando. Sé de la Alianza y necesito hablar con Johnson. Dígale que en dos horas vuelvo a llamarlo.

—¿Y quién habla?

—Me llaman cazavampiros.

Calculé que con el mal estado de los caminos dos horas era un tiempo prudente porque, si Johnson decidía mandarnos a detener no llegarían a tiempo. A las dos horas exactas, después de dejar el auto listo por si tenía que seguir escapando, disqué. El teléfono sonó tres veces y atendieron. Sin saludos ni gentilezas, se escuchó la voz de Johnson.

—¿Venís a matarme, imbécil?

—Yo también te extrañé.

—Dejate de boludeces. Cuando te agarre te voy a poner delante de Blanca para que le expliques porque le mataste el marido.

—Y yo le voy a decir que fue por tu culpa. Que vos lo convenciste para que se convirtiera en un híbrido.

—Simplificás demasiado. No fue así. Nunca entendiste nada.

—Y eso era lo que te resultaba útil, que matara sin cuestionar.

Johnson empezó a sonar un poco alterado pero sin llegar a perder la compostura.

—No creo que me estés llamando para discutir de moral. ¿Que necesitas?

—Seguir vivo. Y vos también. Los dos nos hacemos falta. ¿Qué acordaste con Lyndstrom? Porque se te está saliendo de control…

—Con Lyndstrom podíamos negociar. Pero ahora los mismos vampiros están en guerra entre sí.

—No me importa si se matan. Esto tiene que terminar.

—Dejate de joder y aparecé una vez. Se que estás en Villa María y te podría haber mandado a buscar. Vení mañana y hablamos.

—Sin terceras personas.

—Bien. En el túnel de la Compañía de Jesús. Al mediodía.

—Hecho. Te aviso que voy a ir armado por si pensás traicionarme.

—¡Bah! Llegá vivo a mañana y vemos.

Y colgó.

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