Bandera roja (40)

“La adorable revoltosa” era el título con el que se estrenó en Argentina “Bringing up Baby”. En la película, Katharine Hepburn y Cary Grant empezaban sacándose chispas y al final triunfaba el amor. En el medio tenían que dominar un tigre suelto y el vestido de la Hepburn. A este tipo de comedias se las conocía como screwball comedy. Sacando lo de comedy y lo ball tendríamos una buena descripción de cómo estábamos: screwed, es decir jodidos.

Con el auto parado a la altura del arroyo Tortugas por falta de nafta, establecimos que sería bueno sentarse a discutir cuál sería el mejor curso de acción. Estando en el límite entre Santa Fe y Córdoba, ¿volvíamos a Córdoba donde seguramente nos buscarían? ¿Qué haríamos con Barros? ¿Y si nos quedábamos en la pampa gringa jugando a ser colonos? Roberta no aportaba cordura, ya que se había pasado todo el viaje en estado de emotividad desbordada: en un momento lloriqueando y pidiendo disculpas, al siguiente sumida en un mutismo absoluto, y para mi sorpresa, tuvo tiempo también para dejar fluir a la vieja Roberta de la cinemateca,  que me responsabilizaba de cuanta cosa saliera saliera mal. Barros en cambio se había mantenido en su perenne buen humor. Contó anécdotas de sus perros, gatos, editores, secretarias, y le quedó tiempo para explicar como cocinar los calamares para que no quedaran gomosos.

En el momento que se acabó el combustible, Roberta estaba por entrar nuevamente en la fase de pataleo. Barros, armada de su lucidez prodigiosa, la cortó en seco:

—Bueno chiquita, hágase grande que lo que pasa ahora es consecuencia exclusiva de sus decisiones. Nadie la empujó al centro del escenario para que pialara a la gorda.

Roberta se rió primero y después se calló y se mantuvo seria. Barros aprovechó para explicar su plan.

—Tenemos que separarnos. Estamos cerca de General Roca por el lado cordobés y de Tortugas por Santa Fe. Ustedes salen a buscar nafta a Córdoba. Cuando vuelvan yo ya me habré ido a Tortugas. Improvisaré la puesta en escena del estado de shock, el abandono en la ruta, la huida, y cuanta cosa más se me ocurra para darles tiempo. Además, sin una orden judicial, la policía de Santa Fe no puede cruzar a Córdoba a buscarlos. Con todo el asunto de las jurisdicciones, hasta que en Córdoba se enteren de que están de vuelta, ustedes ya habrán inventado algo para escapar. ¿Se les ocurre algo mejor?

Como no había nada que oponer a la propuesta, apuramos los saludos y cada uno salió para su lado. Roberta otra vez silenciosa, pero de una manera que no había visto antes. No era la chica enojada de la cinemateca ni la amazona desbordada, fusil en mano. Estaba a la vez, serena y grave. Recién después de caminar tres kilómetros me dirigió la palabra:

—¿Sos consciente de lo que estoy haciendo por vos?

No contesté. Cualquier respuesta podía generar una discusión sobre el compromiso y el futuro de la relación. De pronto ya no era la graciosa Katharine Hepburn, si no la melodramática Audrey Hepburn de “Un camino para dos”. Irónicamente, el diálogo que más recordaba de esa película era aquel en que Finney y Hepburn se disparaban:

“—¿Qué clase de gente aguanta estar así, juntos, sin hablarse?

—Los casados.”

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