Musa (40)

Golpee las manos lo más fuerte que pude y esperé. Nadie salió.
No iba a quedarme sin saber, así que trepé la reja de la puerta de entrada y salté al jardín de la casa.
Me acerqué a la puerta y volví a golpear.
Se escuchó ruido en el interior de la casa, pasos acercándose a la entrada.
Una mujer anciana abrió la puerta y me observó en silencio.
No sabía qué decirle. Cómo explicar el delirio que me había llevado hasta ahí.
Sin decir nada se alejó dejando la puerta abierta, esperando que la siguiera.
Camine tras ella observando el lugar. Una casa vieja, con muebles y adornos antiguos, sin señales de tecnología moderna. Un lugar anclado en el siglo veinte, cubierto de polvo y fantasmas.
La anciana recorrió un largo pasillo caminando muy lento y apenas podía retener mi ansia de pasarla y correr hacia donde nos dirigíamos. Subimos unas escaleras y nos encaminamos a una habitación con una gran puerta de madera que estaba apenas abierta. Una tenue luz y un murmullo musical salían de su interior.
Ella se paró junto a la puerta y me hizo señas de que ingresara.
Temeroso entré en la habitación.
En el interior volvíamos a estar en nuestra época. Equipos modernos reproducían música y proyectaban en una de las paredes imágenes extrañas y coloridas que se repetían en un loop.
Y allí, frente a la pared donde los colores cambiaban, una gran cama blanca de hospital con una persona que permanecía dormida de costado. Junto a ella había instrumental médico y una RCEC.
Ese era Pan.

Me quede unos minutos contemplando el lugar. No sabía si acercarme. Era evidente que no se había recuperado de la infección tan bien como yo.

Entonces  se movió. Tosió y su cuerpo se sacudió. De a poco se acomodo, sentándose en la cama con dificultad. Su rostro aún mantenía las cicatrices que recordaba y la conexión tecno orgánica estaba allí, pero parecía frágil y enfermiza. Una marca de muerte saliendo de su cuerpo y su mente.

Permaneció en silencio unos minutos sin percatarse de que estaba de pie observándolo.  Hasta que de pronto me miro fijo, con los ojos perdidos y húmedos.
“Hola, llegaste. Soy Pan”.

 

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