Bandera roja (39)

El viaje a Buenos Aires se hizo largo. El estado de la ruta era lamentable pero no teníamos la alternativa del tren porque implicaba regresar a Córdoba, donde seguramente nos estarían buscando. Además usar el  transporte público eliminaba el personaje de chofer de la señora Barros. Después de dos días mal asfalto, y el religioso pago de coimas a la policía de Santa Fé, llegamos al lugar del encuentro de escritores sobre la hora del cierre de acreditaciones. El lugar elegido era un edificio inacabado de diseño imposible y destino cambiante. Había sido creado para ser el mausoleo de Eva Perón, después intentaron construir un estudio de televisión, y en los tiempos del Líder, fue la sede de la policía secreta.

Hubo que sumarle al cansancio la ineptitud de los empleados, que hicieron el trámite por demás engorroso. Pero, con una mirada benévola diría que la torpeza nos jugó a favor ante la evidente falsedad de nuestros documentos. Terminada la gestión, nos explicaron que por cuestiones organizativas el inicio de las jornadas se había diferido para el día siguiente, y nos indicaron la dirección de un hotel en el barrio de Once. El entorno oscuro y roñoso nos permitió bajar los bolsos con el armamento sin levantar sospechas.

La señora Barros  había guardado en el auto un arsenal como para asaltar un cuartel: fusiles automáticos, ametralladoras, un par de rifles (—los llevo más que nada por una cuestión afectiva— dijo) y un lanzagranadas LAW M72. La mayoría de las armas no era conveniente por el tamaño, o, en mi caso, por la falta de experiencia. Pasamos la noche discutiendo que llevaría cada uno. Concluimos que Roberta, que tenía instrucción militar, llevaría uno de los fusiles, desarmado y escondido en el estuche de la máquina de escribir, la señora una pistola y el estoque del bastón, y yo seguiría con la táctica de dos pistolas. La idea era identificar a los agentes que iban a negociar los documentos faltantes, atacar y huir. El problema es que no sabíamos qué figuras iban a hacerse presentes, aunque había un rumor de Johnson en persona  iba a presentar la delegación de escritores cordobeses, como excusa para estar en el lugar. Repasamos nuestro plan endeble y nos fuimos a dormir.

La jornada siguiente empezó mal y terminó peor. Como el tránsito era problemático elegimos dejar el auto y llegar en subte. Nos equivocamos con las combinaciones y llegamos tarde, en el medio de la alocución de un escritor e historiador que había sido oficialista en todos los gobiernos. Posiblemente, el aburrimiento que generaba escucharlo era la herramienta con la que lograba que la gente no recordara su pasado. Después siguió una ronda de lecturas igualmente tediosas sobre el estado de la literatura, la política, la literatura política, la política literaria, y cuantas combinaciones más pudieran inventarse.

Después de un descanso de media hora y un café aguado, la sesión continuó igualmente fastidiosa hasta que Roberta nos sacó a todos de la abulia. Justo después de la intervención de un escritor salteño hicieron subir al escenario a Patricia, o al decir de Roberta, “la gorda pedorra”. Explicaron que la habían invitado para que repitiera su lectura sobre los mártires rebeldes. Más o menos por la mitad, y antes de la parte en que hacía el repaso de mis supuestos méritos, Roberta se salió del rol de secretaria, y sin decir “agua va”, armó el fusil, y ante la mirada atónita de los participantes caminó hasta el escenario con el arma apuntando a Patricia.

Ésta no se  daba cuenta de la situación, y seguramente  pensaba que el silencio era el efecto de su discurso sobre el auditorio. Un culatazo en la espalda la sacó del error y la dejó en el piso.

—¿A quién decís que te garchabas, gorda traidora? —dijo Roberta sin dejar de apuntar.

Patricia trató de levantarse, pero Roberta demostrando una habilidad prodigiosa la agarró del pelo con una mano, mientras con la otra sostenía el fusil. Además le puso un pie en la espalda, con lo cual, la pobre Patricia parecía un chancho listo para degollar.

—Me parece que su chica no tiene mucho sentido de la oportunidad —me dijo Barros— pero se ve que bravura no le falta.

—Bravura vamos a necesitar para salir de esta. —respondí.

El silencio y desconcierto de los asistentes fue dando paso a un murmullo interrumpido solamente por los gritos de Patricia. Mientras pensaba cómo escapar, Barros seguía pegada a su asiento. Después de un minuto que me pareció eterno, se acercó a mi oído y me susurró: —Secuéstreme. Es la manera menos sospechosa de salir.

Con la vista busqué la puerta del auditorio. Inmediatamente saqué una de las pistolas y apunte en la cabeza de la señora.

—Todos quietos o la mato.

Roberta y Patricia dejaron de ser el centro de la atención. La señora Barros ensayó un par de gritos como para darle credibilidad a la situación y salimos hacia la puerta. A la mitad del camino, Roberta se bajó del escenario y se nos sumó. Al salir, la señora Barros trabó el portón con el bastón y siguió caminando lo más campante.

—No le diga a nadie pero el bastón lo uso más que nada por coquetería. Y en vez de poner cara de pasmado, sígame , que en cualquier momento se avivan de la simulación.

Salimos tranquilos del edificio y tomamos un colectivo que nos llevó de regreso a Once. La mayor parte del tiempo Roberta estuvo callada. Faltando dos paradas se animó a hablar.

—Me mandé flor de cagada, ¿no?

—Si querida —contestó Barros—, arruinaste la misión. Y ahora no tenemos otra posibilidad más que la fuga. Pero nos regalaste la imagen inolvidable de la gorda asustada. Y con eso me alcanza para perdonarte el exabrupto.

Y con eso dio el tema por cerrado.

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