Musa (39)

Sorprendido de que el destino me diera tanto contacto con las personas que más admiraba, dediqué mis días a pensar una forma de encontrar esta vez a Pan.

En mi opinión nunca había visto una conexión entre su trabajo y el de El Artífice, pero ahora el hecho de que ambos se hubieran colocado a sí mismos en una Musa, me daba algo desde lo que partir.

Navegué las RCEC durante semanas, pero no encontré nada. Pan seguía subiendo regularmente Musas. Había vuelto a su imaginación desbordante, su incontrolable locura.

Eso me hizo entender que la Musa de la lluvia, la plaza, el hospital, era algo único. Volvía a recorrerla y a memorizarla. Guardé en mi mente las calles que recorrí y los detalles de la plaza y la entrada del hospital. Me acerqué aún más a la entrada, tanto como la RCEC me lo permitía, para memorizar su rostro. Sí, era ese chico. No tenía el mismo semblante afiebrado de esa noche en la que declaró que daría su vida por el arte que amaba, pero era él.

Lo hacía a diario, una búsqueda desesperada. De nuevo abandoné mi trabajo y me obsesioné con encontrarlo. Necesitaba hablar con él. No de la misma forma que con El Artífice, tenía claro que el primer creador era alguien más reflexivo, con más para explicarme, y que Pan era más que nada un volcán creativo en erupción, más impulsivo. Pero ambos métodos funcionaban en verdad, ambos creadores se superaban cada vez y llevaban a las Musas a otro nivel.

No sabiendo ya que hacer me conecté a la RCEC de El Artífice, esa donde pude hablar con él. No lo busqué esta vez, simplemente vagué por la ciudad, la réplica que él había realizado de la nuestra, la de verdad, la que nunca había recorrido en su totalidad. Y paseando, con la cabeza en otro lado, me di de bruces con la plaza que Pan había utilizado en su Musa.

Lo entendí. Era el camino inverso. Para encontrarme con Pan las RCEC no eran suficientes. Debía salir al mundo. Las calles, la plaza, el hospital, existían de verdad.

 

Salí del edificio y era de mañana. Caminé sin un patrón, por la ciudad vacía. Smog y llovizna oscuro me rodeaban.  Y al fin encontré la plaza.

Corrí a la entrada del hospital y quise entrar a él, pero estaba abandonado, en ruinas.

No me desanimé y traté de encontrar otra forma.

Y lo entendí.

 

Hice el camino inverso que el que realizábamos en la RCEC, deja detrás el hospital, la plaza, recorrí en reversa mis pasos imaginados con pasos reales que de a poco me llevaban al lugar donde Pan estaba.

 

Al fin llegué a la entrada de la casa en la que en la RCEC había golpeado sin hallar respuesta. Un trueno sonó a lo lejos y miré el cielo que se había ennegrecido. Comenzó a llover.

Por supuesto.

 

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