La Marea de Bronce (38)

El cazador

 

Khona abrió los ojos lentamente. La cabeza le dolía terriblemente, la brisa fresca del aire del bosque le hizo sentir una humedad en su cien. Sangre, seguramente. Recordaba muy poco. Estaba durmiendo con dos muchachas, escuchó gritos afuera, en la toldería. Se incorporó lentamente, y apenas salió de su tienda, recibió el golpe. Un mazazo, seguramente. Volvió a cerrar los ojos y dormitó otro rato.

Se despertó de nuevo cuando cayó pesadamente al suelo. Un hombre, con una maza sapaninti en su mano derecha y con ropas de legionario del sol, lo miraba sin expresión.

—¿Estas aquí? —le preguntó en dialecto punchen.

Khona asintió afirmativamente con la cabeza.

—Bien, bien. No me gustaría matarte sin que sepas que estas muriendo. —dijo el legionario estirando su brazo izquierdo para quitarle la bincha.

—Es más, estoy de humor y el sol nos esta observando, así que voy a contarte porque vas a morir.

Khona intentó incorporarse pero una patada en su espalda lo devolvió al suelo.

—No intentes nada, cachorro. Tu destino es inevitable. —dijo el legionario levantando la cabeza del punchen de los pelos. —Su mundo, su salvaje y nómada forma de vivir están condenados a caer bajo las alabardas de nuestros soldados. El imperio del sol llegará hasta sus llanuras y lagos, cruzara sus bosques y montañas. Traeremos la vida, traeremos los edificios de piedra, la vida pacifica, la agricultura y el ganado. Pero el sol besará solo a aquellos que le rindan pleitesía. El que se enfrente, será borrado de la tierra, su sangre será el abono de la nueva paz. La paz del Sol. Tu jefe, joven pero con sapiencia ha decidido unirse al gran emperador, servirle, llevar sus hombres a la batalla cada vez que el hijo del sol se lo pida. Bajo sus colores todos los huenchen se unirán en un gran reino, un reino devoto del sol. ¿No está mal, no?

Khona intenta hablar, pero solo escupe y gruñe, dos soldados lo tienen de rodillas con sus brazos estirados para atrás.

—¿Te preguntarás entonces como es que no te preguntamos si quieres seguir a tu jefe? Simple, cachorro. Eres ese tipo de hombres que no se subyugan, que creen que el viento en el rostro es la libertad. Hombres que ansían la batalla más no la gloria de la victoria. Hombres del pasado, cachorro. Eres un joven del pasado, detrás nuestro el futuro se acerca como un vendaval. Y ese futuro no incluye a los hombres salvajes. —dijo el legionario mientras hacia una seña para que incorporen a Khona. —Tu jefe, tu legítimo jefe, entiende la importancia de no negarse al beneficio de una nueva vida. Sabe que hay que hacer sacrificios, no está contento con entregarte para que mueras a manos de los que hasta hace poco eran sus enemigos. Te admira. Te admira como un hombre puede admirar la sagacidad de un puma ante la presa, como si fueras un espíritu indómito, una fuerza algo ajena a los hombres, más cercana a las bestias.

Los dos legionarios ataron a Khona a un árbol y luego se pusieron al lado del otro, del que hablaba. Cada uno portaba un puñal de bronce. —Vas a morir como un puma, cachorro, no puedes quejarte de eso. —dijo el legionario e hizo la seña para uno se adelantara. Uno de los hombres dio unos pasos al frente y puso el puñal en el pecho de Khona, haciéndole un tajo de arriba hacia abajo, desde la clavícula hasta la boca del estomago.  Khona resopló con ira, parecía cumplir sin quererlo el papel de bestia herida y acorralada, mirando a los hombres con los ojos enrojecidos y furiosos.

—Vamos, terminemos aquí y unámonos a los otros, ya deben estar a varios bastante lejos de aquí. —dijo el jefe de los legionarios.

El otro levantó el cuchillo para hundirlo con fuerza en el cuello de Khona. Este lo miró a los ojos para demostrarle que no temía morir y le mantuvo la mirada esperando el golpe. Sin embargo, fue el legionario el que cerró los ojos y cayo al suelo, herido de muerte. Una lanza le atravesaba el cuello. Luego el otro legionario cayó pesadamente hacia atrás, golpeado por las boleadoras. El jefe de los legionarios corría internándose en el bosque, en dirección opuesta al poblado.

—Que no escape. —gritó en huenche una voz detrás de Khona, quien sentía como el esfuerzo hecho esos últimos minutos invadía su cuerpo con mareos y contracciones de sus músculos.

—¿Cómo estás muchacho? —dijo un hombre mientras lo tomaba para que no se cayera.

—¿Quién eres? —dijo Khona en un susurro casi imperceptible.

—El Cazador, muchacho. El último de los grandes cazadores, así me dicen. Tranquilo. Ya habrá tiempo para explicaciones y para llorar a los muertos.

—¿Muertos? —dijo Khona y se desplomo sobre el Cazador, quien lo deposito suavemente en el suelo, para después cubrirlo con una manta de piel.

El Cazador se levantó y miró como sus hombres, traían al legionario del sol. Su busqueda del Naga del Lago Nathuel, se terminaba allí. Legionarios del Sol tan al sur de la frontera del imperio era algo que nadie había visto y eso era bastante para poner a la gran bestia del lago, el premio máximo de cualquier cazador, en un alejado  segundo plano.

 

Siguiente

Anterior

• Ver listado

 

Anuncios

¿Qué te parece?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s