Perpetua en Eribea (38)

A los cinco días sin tener noticias, dice Galia, fui hasta la obra. Había muchas cuadrillas trabajando en el sector, tuve que caminar y preguntar mucho hasta que alguien me dijo cuál era la de Pedro Reyes. Muchos no sabían o no me querían decir. Por fin un capataz me dijo que lo habían deportado automáticamente.

¿Por qué?, le pregunté. Por incitar a la violencia, me dijo el capataz con sequedad. Fue toda la explicación que recibí. No le puedo explicar el dolor que sentí.

¿Dolor?, pregunta el Ciclón. No es que hubiera dejado de prestar atención al relato de Galia, pero la palabra dolor activa algún resorte dentro de sí, lo lleva hacia un punto de interés más alto.

Sí: dolor. Demasiado para una sola persona. Años sin saber nada de Pedro. No saber si lo obligaron a irse, o si se fue sin pensar en mí, o si lo mataron y listo. Hubiera preferido que me mataran a mí antes de que él desapareciera de esa forma.

¿Por qué?

¿Cómo por qué?, dice Galia con el escándalo redondeándole los ojos. Realmente no entiendo su pregunta. ¿Nunca quiso a nadie, usted? ¿Nunca quiso a nadie más que a usted mismo?

No.

Qué triste, Daniel. Qué triste. Y por otro lado, qué seguro, qué confortable. Porque, cuando se quiere mucho a alguien, es así: el bienestar del otro pasa a importar tanto o más que el propio. ¿Será posible que usted nunca…? En ese caso tendría que saberlo ya, Daniel: cuando se ama de verdad, el otro se vuelve tu sostén, pero también tu punto más vulnerable. Lo peor que te pueden hacer es arrebatártelo, robártelo porque sí, sin razones, sin dejarte comprender. Pero con la carta que usted me trajo ya entiendo mejor lo que pasó. Ahora sé que lo que el capataz llamó violencia era un conato de huelga general encabezado por Pedro, y que para las “deportaciones automáticas” no había un lanchón de la policía, sino simplemente una golpiza y un empujón por un ducto de residuos. Ahora sé que Pedro sobrevivió de milagro y que está bien y que conoció a esa Doctora y después a otros, incluido usted. Perdóneme que le pregunte: ¿qué le pasó en las orejas?

Así nací, dice el Ciclón. ¿Por qué no se fue de Argirópolis, Galia?

Porque no tenía adonde ir. Hasta hoy. Ahora sé que puedo ir a Etiopía. Y voy a ir, porque usted me va a mostrar cómo llegar. Y si usted quiere entrar en la casa del General Garro, yo no le voy a preguntar por qué: usted me trajo a Pedro de vuelta, así que yo lo voy a ayudar.

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