Bandera roja (38)

Después de siete días en Miramar había llegado a algunas conclusiones. La primera fue que, a pesar de que Sanzio nos había dejado una buena cantidad de dinero, no iba a durar para siempre. La segunda, más grave, era que,  tal como me decía mi exmujer, con el tiempo cualquier relación me aburría. Y finalmente, que extrañaba la emoción de la cacería. La seguridad no era una bendición sino la condena al aburrimiento perpetuo.

No se si todo es azar o existe un destino, pero la misma fuerza que nos llevó por primera vez al castillo volvió a aparecer para sacarnos de la inercia: la señora Barros. Esta vez no la encontré´en una tertulia literaria, como la de Alta Gracia, si no cubierta de fango. Roberta había pedido que la acompañara a un local que pretendía funcionar como Spa o centro terapéutico. En el negocio, como en todo el pueblo, se superponían elementos del antiguo esplendor con los de la actual decadencia. Había, por ejemplo, una fila de gabinetes para tratamientos termales con bañeras suntuosas, pero cubiertas de sarro y con las cortinas raídas. Mientras Roberta molestaba a la encargada con preguntas innecesarias sobre su tipo de cutis, me puse a caminar. Me encontré mirando a una mujer rescostada en una chaise longue. Usaba una malla de baño antigua y salvo el pelo, estaba completamente untada en una pasta oscura. Me devolvió la mirada y, sentándose más erguida me hizo señas para que me acercara.

—Que interesante sorpresa, —me dijo—, no todos los días una se encuentra con un muerto célebre.

—Bueno, tampoco es lo más habitual ver a una estrella de la literatura cubierta de lodo.

—Tal como usted lo describe, la imagen es muy poco favorecedora. ¿Por qué no nos encontramos a comer? Estoy en casa de unos amigos y esta noche voy a cocinar. Traiga a su amiga.

La noticia de la invitación hizo que Roberta entrara en una de sus insoportables fases de agitación. De todas maneras, a pesar de la inquietud que me provocaba su posible comportamiento, para la hora de la cena estaba hecha una muchachita compuesta,  y el encuentro fue agradable y tranquilo. Todo lo contrario de la velada de Alta Gracia. La mayoría de los asistentes estaba preocupado sobre el futuro del gobierno. En un momento que pude conversar aparte con la señora Barros le pregunté por sus otros amigos escritores.

—Salvo José, que ahora es funcionario, el resto está desconcertado pero atento. Unos pocos, en cambio, hemos decidido mantenernos en acción. Casualmente, como me han invitado a un plenario de la Sociedad Argentina de Escritores en Buenos Aires, pensaba tantear la situación allá. ¿Por qué no me acompaña?

—No entiendo.

—¡Hombre! La ocasión está servida en bandeja. De buena fuente me llegó el dato de que durante la reunión, agentes de Johnson van a negociar por los documentos perdidos del Congreso. Si se hace de los papeles, tiene una carta más para jugar. Ya que voy como invitada, usted puede venir como mi chofer y su chica puede ser mi secretaria. Por el armamento no se preocupe que tengo bastante munición escondida. Además siempre viajo con esto —me mostró una pistola matagatos muy coqueta, revestida en madreperla— y por las dudas, este no falla en la corta distancia, —dijo mientras sacaba un estoque disimulado en su bastón.

La señora me impresionaba. Realmente estaba lista para salir a atacar. Empecé a sentir en la nuca el cosquilleo de la acción. Dije que sí.

—Bueno, entonces no perdamos más tiempo y dígale a su novia que se acerque. Quiero averiguar qué tan preparada está para el combate.

El resto de la noche, Roberta y la señora tuvieron una larga “conversación de mujeres” sobre tópicos como cuál es el mejor calibre según la distancia del ataque, o la conveniencia de la técnica de tiro israelí.

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