La Marea de Bronce (37)

Planes de guerra (III)

 

—Gracias a Omhept, tenemos un detallado informe de las tropas de Tartos y las artes de guerra que ellos despliegan en batalla. —dijo Irtza. —El primero de nuestros problemas son los eccus soldados montados en bestias parecidas a ciervos sin cuernos, pero más grande y poderosa. Omhept ha traido consigo a dos de ellos para que podamos verlos y resolver su superioridad en el campo de batalla.

—Los eccus, ¿acaso no son las bestias que nombran en el Libro Blanco? —dijo Cielo de Jade.

—Exacto. Los únicos que llegarón aquí después del hundimiento de Anteilha, fueron exterminados en la Batalla del Tercer Río. Villac Umu, puede decirnos más sobre los eccus. —dijo  Irtza, tomando postura para escuchar a Villac Umu.

—La Batalla del Tercer Río se hunde en la leyenda, maitreya. Los sapaninti apenas eramos un pueblo nómade, salido del Lago del Sol. El imperio del Barro nos reclutó para combatir a los indomables huenches, grandes guerreros del sur.

—¿Todavía existen esos hombres? —preguntó Coahitl.

—Si. —respondió Irtza, y serán importantes en esta guerra.

—Viven al sur de la frontera del imperio, hostigan constantemente nuestros tankos. —dijo Villac Umu y calló un momento. Por su mente pasó el plan que estaba en ese momento a punto de iniciarse en el sur. Los sijer y las tropas sapaninti iniciarían una campaña contra las tribus huenches. El primer objetivo, el de mínima a alcanzar, era expulsar a todas las tolderías al sur del Río Negro y establecer tankos cada treinta palmos para controlar las entradas de los huenches. El objetivo de máxima era, obviamente, exterminarlos. —En definitiva, todos los eccus cayeron en esa batalla. Aunque los huenches dicen que uno, blanco como la luna sobrevivió y vive en las llanuras, como un fantasma. Kahuallu le dicen, el corredor nocturno.

—Al norte pasó algo similar, los cree supieron dominar las praderas con sus eccus, hasta que una coalición de pueblos los derrotó y mató a todas las bestias. —dijo Irtza.

—Excepto Hida y Demios, los ciervos sin cuernos de los shatsza.  —dijo Cielo de Jade en un susurro. Irtza lo miró con el rostro adusto. Había cometido una infidencia, revelado un dato que el maitreya parecía deseoso de mantener oculto.

—Tanto los huenche como los cree, llevan en su sangre la capacidad de dominar a los eccus. Serán los primeros entrenados en su arte cuando pisemos tierra de Tartos. —dijo Irtza.

—Un regimiento de soldados montados, lanzados en carrera para embestir las filas enemigas, suele ser devastador. —dijo Omhept. —Hay algunas maneras de neutralizar esos ataques. Es uno de los entrenamientos más importantes que deberán afrontar nuestras tropas.

—¿Cuáles son las cualidades de las tropas de Tartos, sumo sacerdote? —preguntó Coahitl dirigiéndose al osirio.

—Antes, gran Coahitl, debemos aclarar un punto importantísimo, una debilidad que nos da, sin embargo, una ventaja. —dijo Irtza, anticipándose a Omhept.

—Tanto ustedes como los sapaninti, intentan en combate tomar prisioneros más que exterminar al ejército enemigo. Reducir a un hombre sin matarlo, es una tarea que requiere un gran esfuerzo y destreza.

—Así es. Nuestros guerreros están entrenados para eso. —respondió Coahitl, con un tono un tanto soberbio.

—Sé que sus terribles dioses necesitan ofrendas, que los vencidos son los elegidos para saciar su sed. Habrá prisioneros y sacrificantes en el nuevo mundo, lo prometo gran Coahitl, con el monte sagrado como testigo. Pero en el campo de batalla, no habrá prisioneros. —dijo Irtza. —Es difícil para mí decir algo como esto. Nuestro brazo caerá sobre Tartos con el horrible rostro de la muerte y el olor ocre de la sangre en la tierra. En ese barro rojo de la muerte de los hombres de plata, forjaremos el amanecer eterno de nuestros pueblos. Pero sepan, grandes hombres, que esa sed de sangre debe saciarse luego de la campaña. Si no podemos detener ese impulso, nosotros también pereceremos ahogados en un río rojo. Esa es nuestra tarea, controlar mañana el impulso que debemos desatar hoy.

 

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