Perpetua en Eribea (37)

Cuatro años después de nuestra llegada, las cuadrillas de constructores empezaron a reducirse, a medida que las obras mayores de la ciudad se iban terminando. Empezaron las pruebas y los exámenes. Los obreros que no los pasaban fueron deportados de regreso a Argentina o Uruguay. Algunos de los que quedaron, con miedo a la deportación y dispuestos a hacer otros trabajos, aceptaron los escalafones más bajos del sector de servicios, como los deliveries, por ejemplo.

Mi Pedro era muy trabajador, dice Galia. Era el líder de su cuadrilla, así que estaba confiado en que pasaría cualquier prueba y se quedaría a vivir en Argirópolis. Pero estaba indignado con la situación. Decía que había que hacer algo, porque a muchos los deportaban de repente y por cualquier capricho de los capataces, y sin siquiera devolverles el dinero del Ahorro.

Después vino la Normativa de Natalidad, y todo fue aún peor. Un hijo por cada pareja certificada de las porciones 3 a 5, y dos hijos máximo para los policías, los médicos y los demás habitantes de las porciones 2 y 6. La ciudad es chica, dijeron, sobrepoblarla no tiene sentido. Lo hicieron pasar como una condición más de la Ley de Inmigración. Por supuesto que ellos, los del Sector 1, pueden tener todos los hijos que quieran.

Mi embarazo se hizo evidente a los dos meses. Con Pedro pensamos que no tenía por qué haber problemas. Era nuestro primer hijo. Ingenuamente me presenté en el Hospital General, para el registro y el primer control sanitario. Entonces en el sistema saltó que yo ya tenía una hija. Les expliqué mil veces que ya era una chica grande y que no había nacido acá, pero en el sistema decía que todavía era menor de edad y que ya figuraba como habitante de Argirópolis. Un hijo por vientre, dijeron.

Mi embarazo me fue denegado. Ni siquiera me dejaron volver a casa. Un policía me llevó a un box de vidrio, con piso y techo blancos, impecables. Ahí una enfermera me dio una pastilla enorme y un vaso de agua. Me explicaron amablemente que si no la tomaba, tendrían que aplicarme una deportación automática. Había escuchado sobre eso por Pedro: se lo hacían mucho a los obreros indisciplinados o pendencieros. Decían que los bajaban de noche a un lanchón de la policía y ya nadie los volvía a ver por Argirópolis.

Pensé en Pedro. En nosotros. Y llorando, como una tonta, me tragué la pastilla enfrente de esos dos mal nacidos. Nunca en mi vida me habían presionado tanto. El policía me obligó a abrir la boca. La enfermera me movió la lengua con un palito de plástico, para arriba y para abajo, para un lado y para el otro, verificando que hubiera tragado la pastilla. Después cerraron la puerta del box con llave. Me dejaron ocho horas en esa pecera, sin darme agua ni comida. En observación, dijeron. Supongo que querían vigilar que no me metiera los dedos para vomitar, o algo así. Cuando me dejaron ir no sentía nada raro, físicamente hablando, pero lo que mi cuerpo sufrió toda la semana siguiente no se lo deseo a nadie.

Pedro me cuidó como pudo en sus horas libres, pobre. Después de eso, estuvimos tristes mucho tiempo. Hasta que un día no vino, y tampoco al siguiente… desde entonces estuve triste yo sola.

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