Bandera roja (37)

Miramar no era un mal lugar. La salinidad de la laguna mantiene alejados a los kappa y a los vampiros comunes. En mis discretas indagaciones entre los lugareños  no encontré evidencias de ataques.

Entonces, disfruté de unos días de tranquilidad y de duelo. Ya casi no me quedaban amigos. Enterraron a Sanzio después de un funeral de estado verdaderamente glorioso. La causa oficial de la defunción fue un cáncer que supuestamente no se atendió a tiempo por estar entregado a la lucha por la Patria. Decir la verdad sería incómodo. Habría que reconocer que estoy vivo y que la penosa enfermedad de mi amigo era el vampirismo. O la ambición, que para el caso sería lo mismo.

Además estaba Roberta. Todo en su comportamiento me recordaba a un perro chico. Sus entusiasmos y sus odios, la necesidad de afecto, el desborde de energía. Cuando fui a buscarla para escaparnos, apenas disimuló la alegría que le provocaba la aventura. Si no dio saltitos  fue porque todavía estaba asustada por el allanamiento y porque le dije que venía de matar a un amigo.

Como la mañana del desfile, apeló a su sentido práctico para organizar la salida. Fue ella la que sugirió venir a la laguna Mar Chiquita. Según su análisis el lugar ofrecía varias ventajas: el hecho de estar casi deshabitado por las sucesivas inundaciones, y la laguna, que era un buen lugar para deshacerse de un auto robado.

Después de un viaje tranquilo, y de hundir el auto en el agua, encontramos una pensión. Funcionaba en lo que había sido el bloque de habitaciones de servicio del Hotel Viena. El edificio principal  del viejo hotel y casino estaba semisumergido en la laguna.

Nos atendió un mujer mayor, rubia. Nos dijo que se llamaba Mirtha Sylvia, y antes de que le preguntáramos nos dijo que su madre, y ella también, eran admiradoras de las hermanas Legrand. Se permitió comentarnos la tristeza que le había causado la muerte violenta de la comandante Martinez Suarez y después de un par de comentarios rabiosos sobre el nuevo gobierno, nos llevó a nuestra habitación.

Roberta derrochaba vitalidad para contrapesar mi ánimo sombrío. Para distraerme, me pedía que le contara historias del lugar, que escuchaba, según mi impresión,  fingiendo atención. Sin embargo cada tanto hacía comentarios realmente agudos.

—Es raro, —me dijo— pareciera que siempre buscas lugares que fueron habitados por nazis o fantasmas.

Y tenía razón.

Los tres días siguientes fueron una sucesión de momentos tranquilos y bucólicos, interrumpidos por las espartanas sesiones de entrenamiento de Roberta. La chica necesitaba gastar energía. Aunque el tema no se había discutido, ella se preparaba para entrar en combate. Toda su educación la había preparado para eso y no iba a dejar pasar la oportunidad. Al cuarto día la suerte puso delante de ella un objetivo. Estábamos en la cama, desnudos, comiendo pan y fiambre. El televisor viejo que teníamos en la habitación estaba encendido para hacer ruido de fondo. Ninguno de los dos le prestaba atención, hasta que Roberta se quedó mirando estupefacta.

—Ahí está la gorda pedorra —gritó.

—¿Qué?

—Callate que quiero escuchar lo que dice.

La entrevistada era una tal Patricia. Había trabajado como pasante en la cinemateca. Roberta me aclaró que todos la detestaban.

—Esta era la más alcahueta de todas. Además de que era una enfermita de la cabeza, todos sospechábamos de que informaba a la policía política..

La entrevista era una colección de banalidades hasta que el periodista miró a cámara y pidió que mostraran las escenas registradas el día anterior. Mostraron un homenaje a Sanzio y el resto de los rebeldes caídos, realizado en el auditorio de Radio Nacional. Hablaban los mismos artistas oficiales de cualquier régimen, cuando se produjo una interrupción. Desde el público pedía la palabra Patricia, y rogaba que la dejaran recitar una elegía por su amante muerto en combate.

El poema en cuestión era una porquería sensiblera escrita en verso libre, pero todos los asistentes aplaudieron conmovidos. Cuando el programa retomó la entrevista con Patricia, la joven poetisa inundaba la pantalla con un llanto plagado de mocos y de hipos. Cuando se tranquilizó volvió con su verborragia a inventariar las virtudes del amante muerto, para rematar su discurso con el compromiso de que, de ahora en más, su trabajo era mantener el nombre de su amado en la memoria popular.

Y me nombró a mi.

Un pedazo de corteza de pan se me atragantó y empecé a toser. Roberta, en vez de ayudarme, miraba el televisor e insultaba. Cuando por fin expulsé el pedazo de pan me enfrenté con Roberta.

—¡Podrías haberme ayudado! Me estaba ahogando.

—Si llega a ser verdad que tuviste algo con la gorda te ahogo yo.

Resulta que además de la amenaza de los vampiros y de Johnson, ahora tenía que pelear contra una gorda mitómana y los celos de Roberta.

Demasiadas batallas para un solo soldado.

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