La Marea de Bronce (36)

Planes de guerra (II)

 

—La flota osiria, bloqueará el estrecho del mar interno. Aquí. —dijo Irtza, señalando el estrecho al sur Tartos. —El desembarco grande se hará aquí, a dos días de marcha hacia el norte de la ciudad. Habrá un desembarco menor a un día de marcha de Tartos. Para asegurar que ningún ejército entorpezca la llegada.

—Aún queda, maitreya, saber como vamos a llegar tantos a esas costas. —dijo Coahitl. —completando incluso el plan de construcción de los ingenieros y el entrenamiento de los marinos, la cantidad de tropas y auxiliares que invadirán la tierra de los hisanios es monumental. No veo la posibilidad de cumplir con el plan de siete veranos desde hoy.

—Te has adelantado a las noticias, sabio Coahitl, la mayoría de nuestros hombres caminaran sobre el mar hasta Anteilha.

—¿Anteilha? —dijo Villac Umu, si ocultar una sonrisa sarcástica.

—Así es, sacerdote del sol. — dijo Irtza. —Cielo de Jade y yo encontramos al fin la ubicación del Cetro de Piedra, la ciudad perdida de Erks, está a unos días de marcha al sur de la frontera de tu imperio. Bajo los pies de los reinos virones.

—Los reinos virones son tributarios del imperio. Tenemos cuatro Tankos en sus territorios. La princesa Karana, hija de Saucate, el más grande de los reyes virones forma parte de la panaca imperial. Su hijo es el tercer heredero a la Silla del Sol. Si los virones supieran de Erks, nosotros sabíamos de Erks, maitreya. —dijo Villac Umu, en tono firme. Casi desafiante. Coahitl observaba la situación y esperaba, Villac Umu había plantado el primer planteo, él debería hacer lo mismo.

—Los virones no lo saben, tampoco los sijer. Con Cielo de Jade resolvimos el acertijo de los Siete. Ellos buscarán el Cetro de Piedra y abrirán el camino sobre el océano. Y lo más importante. Harán visible el palacio de Oricalco, dónde nuestras armas adquirirán el poder y la dureza que nos darán la victoria.

—¿Los siete? —dijo Coahitl. —¿Estamos planeando una invasión a fuerza de leyendas?

—Hasta que Gumbur entró en Tenochta, llevándome en su lomo, yo también era  una leyenda para tu pueblo, Coahitl. —dijo Irtza.

—Dices bien, maitreya, para el pueblo. El pueblo que es temeroso de los dioses, que cree en su poder absoluto sobre nuestro destino, aunque todos sepamos aquí que su alcance no es total, que su arbitraje está  condicionado por nuestro deseo, por nuestra mortalidad.

—Incluso el Sol se puede sujetar. —agrega Villac Umu.

—Sé que tienen una piedra para eso. —dice ingresando en la conversación Omhept.

—El Altar de Intihumani. —respondió Villac Umu.

—La Soga de Atont. —dijo, en un susurro el sacerdote Osirio. —Todos sabemos lo que el Cetro de Piedra puede hacer. —agregó, esta vez en voz alta.

—Que sepamos lo que puede hacer, no lo convierte en realidad, sumo sacerdote de los osirios. —dijo Coahitl.

—Las señales son inequívocas. —dijo Cielo de Jade. —Que nadie haya resuelto antes el enigma, es sólo la comprobación que el tiempo tiene sus señales a su debido proceso. Ese es el poder de los dioses. Y no otro. Nuestra es la ilusión de que levantamos nuestro propio templo, cuando la piedra, la madera y las herramientas fueron antes un pensamiento divino.

—¿Vio en su travesía, Omhept, algún indicio de Anteilha? —preguntó Villac Umu.

—No, no vimos señales de ella, sacerdote. Pero recuerde que nosotros viajamos por la marea de Sobbek, el gran cocodrilo. Y que somos los primeros en hacer el viaje, desde que los primeros huyeron del hundimiento de Aztlan.

—Anteilha, el punto alto de Aztlan está ahí, en el océano, esperando el día en que el Cetro de Piedra habrá de nuevo el camino sobre el océano. —dijo Irtza, con tono profético, su voz parecía haber sido invadida por muchas voces, que repetían en un eco mínimo sus palabras.

Villac Umu y Coahitl se miraron. La Marea de Bronce, la gran guerra, podía escapárseles de las manos. Si los shatzas ha logrado la obediencia de tantos pueblos, sus imperios podían verse arrastrados a una peligrosa descomposición, muchos poderes significan poco poder para los que ya lo tienen.  Ambos sabían que las manos sapanintis  y tenochtas  tendrían que estrecharse en un acuerdo secreto. El éxito de la Marea debería ser el éxito de sus imperios, o no debería ser exitosa en lo absoluto.

 

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