Bandera roja (36)

Me quedé atónito. Sanzio estaba delante mío, fuerte y entero como en las mejores épocas, pidiendo que lo matara. Como seguía callado, Sanzio caminó hasta el escritorio y se sentó. Durante un momento hizo como que acomodaba papeles y después, mirándome directo a los ojos, volvió a hablar.

— No me falles. Tenés que matarme.

—¿Por qué? ¿Por qué yo?

—Sos el único que puede hacerlo. Conocés la historia desde el principio y me vas a entender. Además te vas a convertir en un bandido de leyenda.

—Escuchame idiota, yo no quiero ser una leyenda. Me conformo con comer seguido y coger de vez en cuando. Ah, y también me gustaría encontrar a Lyndstrom para reventarla a balazos. ¿Por qué no te matás vos?

—Ya te dije. Es por las nenas. No quiero que se enteren de lo que hice.

Sanzio dejó de mirarme y se llevó las manos a la cabeza. Estuvo así, en silencio, un par de minutos. Luego se puso de pie, tomó aire y volvió a hablar.

—La última vez que me viste estaba hecho mierda. Ahora me ves sano, pero en realidad estoy mucho peor que antes. ¿Te acordás cuando fuimos al laboratorio?

—Si.

—¿Y de los papeles que robamos del Congreso?

—También. El único que los entendía era Johnson.

—Ahí empezó el problema. Johnson había sido mesurado hasta ese momento. Algo de lo que leyó le despertó la ambición,  y empezó a conectarse con el enemigo, si no estaba conectado de antes. Por supuesto que me di cuenta tarde. Mucho después del ataque al hotel.

—Mientras yo estaba oficialmente muerto.

—Así es, y yo en el hospital. Para ese momento, Johnson ya había escalado en la estructura del nuevo gobierno. Había conseguido conocimientos muy valiosos y los supo usar.

—¿Y vos no pudiste pararlo?

—Al comienzo pensé que estaba haciendo lo correcto. Creí que con buen criterio, lo que el sabía podía servirnos. Incluso acepté prestarme a uno de los experimentos.

—No seas cínico. Suena demasiado altruista para ser la verdad.

—Pero lo es. Yo creí que íbamos a cambiar el país. Y también que si estaba sano volvería a ser un soldado más para la rebelión. Por eso acepté el procedimiento.

—¿Cual?

—El de regeneración. El programa que dirigían Julius y Abramovic. No sabía las consecuencias.

—¿De qué hablás?

—Soy un híbrido, imbécil. ¿No entendiste nada de lo que estoy hablando?

Sanzio sacó del escritorio un abrecartas y se lo clavó en el antebrazo. No sangró.

—¿Entendés ahora?

—Si.

—Ya no soy un tullido, pero tampoco soy humano. ¿Te acordás del hermano Marcelo, viviendo escondido? No quiero eso para mi. Además empiezo a sentir el deseo de la sangre. ¿Qué va a pasar después? ¿Y si ataco a mi mujer, o a las chicas?

Sanzio me hablaba de corazón, al borde del llanto, pero yo no podía sacar la vista del abrecartas. Definitivamente no era humano, o solamente había quedado una pequeña parte humana que me pedía un favor. No se lo podía negar.

—Está bien. Decime que tengo que hacer.

—Ahora yo trabo la puerta y te saco los precintos. En el cajón del escritorio hay una pistola y las llaves de un Lada. Ni bien me volás la cabeza, salís por la puerta lateral. El pasillo te lleva a un ascensor y de ahí al estacionamiento. El auto es el único rojo que hay en la cochera.

—Me van a seguir.

—Tenés la ventaja del tiempo que les lleve entrar acá y entender lo que pasó.

—El Indio sabe donde encontrarme.

—Después de que te trajo, lo mandé lejos con una excusa cualquiera. Hasta mañana no vuelve. Una cosa más. En la guantera del auto hay algo de dinero. Buscá a tu chica y escapate.

Sanzio se sacó el abrecartas del brazo y lo usó para cortar el precinto que me ataba las manos. Mientras yo buscaba la pistola, Sanzio trababa la puerta. Desde el escritorio lo miré, parecía un guerrero formidable. Sentí ganas de abrazarlo y llorar. Se paró delante mío y me habló por última vez.

—Podés dejar de portarte como un marica y disparar de una puta vez.

Le dí justo entre los ojos y cayó

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