La Marea de Bronce (35)

Planes de guerra

(El fuego Azul)

 

Los cuatro hechiceros estaban sentados en medio del cuarto prohibido del Templo. Apretaban en las palmas de sus manos las lenguas de piedra y esperaban las palabras de Irtza que estaba parado, frente a ellos. El sumo sacerdote osirio no dejaba de maravillarse por los frescos que adornaban las paredes del cuarto. Eran tan similares a las que embellecían los templos osirios.

—Alguna vez, nuestras diferencias eran sólo la distancia que separaba las ciudades de Nahua Alt y Karanak Alt. —dijo Cielo de Jade, dirigiéndose a Omhept.

—La vieja nación Azthlan. —dijo Omhept.  —Varios Phara, emperadores, han enviados expediciones a Angkaror, la ciudad de piedra, dónde se desangraron los nahuas. Sus edificios conservan más que los nuestros, la impronta de Angkaror.

—Nuestro emperador también envió varias expediciones a buscar Angkaror. Creemos que está hundida en una selva, más allá del Océano Azul. —terció el sacerdote tenochta.

—Hacia el este para nosotros. Hacia el oeste para ustedes. —dijo Omhept.

—Ya es el momento. —dijo Irtza saliendo de su silencio.

Cuatro maitreyas shatzsas entraron a la sala portando una gran plancha cuadrada de madera que pusieron detrás de Irtza, frente a los sacerdotes. Era un mapa gigantesco.

—El mundo de madera de Prisre. —dijo Cielo de Jade, ansioso.

—Exactamente Cielo de Jade, Prisre, el navegante blanco. Después de la reunión podrás estudiarlo. Ordené que se te entregue una copia de la Carta de Tierras y Reinos. Será necesaria tu mirada y estudio de las tierras de los hombres de plata. —dijo Irtza. —Pero la información más actualizada la trae, seguramente Omhept. —agregó.

El sacerdote osirio se levantó y avanzó hacia el mapa. El silencio de Coahitl y de Villac Umu, que Irtza esperaba, no se rompió hasta bien entrada la explicación del sacerdote osirio.

—Dices, gran sacerdote, que la ciudad de Tartos es inexpugnable. Imagino que nunca ha sido sitiada por un ejército tan numeroso como el que vamos a poner frente a sus murallas. —dijo Coahitl.

—Es cierto, gran sacerdote de los tenochtas, será sólo comparable con el asedio de los nagas. Aunque entonces sus murallas no eran ni la mitad de anchas ni la mitad de altas de lo que son hoy. —dijo Omhept. —hay sectores de esa muralla por donde pueden correr carros de combate.

—¿Carros de Combate? —pregunto Villac Umu.

—Eso es algo de lo que tenemos que hablar, eminencias. —dijo Irtza adelantándose a la respuesta del sacerdote osirio. —Hay artefactos de guerra que nos son extraños, que conocemos solo por regencias de los mitos y las historias. Con Omhept han venido ingenieros y maestros de guerra para enseñarnos sobre esas maquinas de guerra.

—Supongo que nuestros maestros de guerra deberán compartir los saberes, en pos de la victoria final. Es tan imperioso el trabajo que nos espera que ni siquiera hemos podido sorprendernos e indagar en la visita de nuestro ilustre visitante. —dijo Villac Umu, mirando a Omhept. El osirio devolvió el halago con una leve caída de sus parpados. Irtza captó la ironía fina del sacerdote sapaninti. Iba a intervenir, pero prefirió que los sacerdotes empezaran a mostrar las fichas sobre la mesa.

—La potencia de sus barcos debe ser envidiable. La náutica bélica es un arte que se perdió en estas tierras. Nuestra armada invadió hace unos años la Isla de las Ídolos de Piedra, y el reino insular de Kon Taka. Nuestras naves demostraron ser endebles gigantes a merced del Océano. No he visto sus naves, pero deben ser fortalezas flotantes. —dijo Villac Umu.

—Lentas, lentas, fortalezas flotantes. —dijo Omhept con una mueca parecida a una sonrisa en los labios.

—En el camino hacia aquí, pude ver semejante maravilla. —dijo Coahitl. —Nosotros no tenemos memoria de guerras en el océano. Sin embargo todos los tenochtas llegaron al Lago Nopal siguiendo a la flota de Aztl. No creo que tengamos tiempo de aprender a construir naves e instruir tropas para la guerra en los mares.

—Enfrentar a los tartesos en el mar es una locura. La cantidad de barcos no nos serviría de nada contra sus rápidas y fuertes naves de guerra. —dijo Omhept.

—¿Los han enfrentado, gran sacerdote? —preguntó Villac Umu.

—Si, grande entre los sapaninti. —respondió secamente Omhept.

—¿Una flota reforzada de Serpientes de Mar nahuas no harían una diferencia? —dijo Cohitl, mirando a Cielo de Jade.

—Dudo que las Serpientes de Mar sean mejores navíos que los navíos osirios. —respondió diplomáticamente Cielo de Jade.

—Sin embargo, el fuego azul si lo haría. ¿No lo crees así Cielo de Jade? —preguntó Irtza.

Omhept, Coahitl y Villac Umu no pudieron ocultar la sorpresa. Los tres miraron a Cielo de Jade un largo rato.

—¿Tendremos fuego azul? —preguntó Villac Umu.

—Tendremos fuego azul. Y esa es sólo una de las armas que tendremos para lograr el éxito de la guerra. Uno entre muchos prodigios. —dijo Irtza, volviéndose hacia el mapa.

 

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