Perpetua en Eribea (35)

Daniel Clement tirita levemente y razona los pros y contras de una condena infernal como la del sarcófago. ¿Puede volver ahí adentro, a esa desesperanza? Compara eso con las ventajas y desventajas de su situación actual, que no lo atormenta con castigos intencionales, aunque sí con el veneno de vagas posibilidades. ¿Habrá nuevas comunicaciones de Oktubre? ¿Llegará un milagroso indulto a raíz del reclamo de los hackers? ¿Arribará la nave de rescate de algún improbable simpatizante?

Advierte que sus esperanzas emanan sobre todo del módulo central de la base, el eje de la rueda, que todavía no ha explorado. Clement reconoce que también la esperanza puede ser dañina.

Decide limpiar su cabeza estableciendo prioridades. Tiene que cobijarse del frío. Tiene que comer y beber. Tiene que pensar dónde va a dormir. Daniel Clement se para frente a su propio ataúd. ¿De vuelta al sarcófago?

La respiración se le altera. No puede volver ahí dentro.

Observa los once sarcófagos cerrados. Falsos bronces hechos de plásticos especiales, sin ventanas. Los leds titilando, atestiguando la vida dentro de esas vainas brillantes. Genocidas. Terroristas. Asesinos multi-seriales. ¿Arrancar algún metal, improvisar un arma, abrir un sarcófago al azar, matar al otro antes de que reaccione? ¿Podría comer carne humana?

No abrirá ninguno de esos sarcófagos. No por ahora. Primero va a agotar otras posibilidades, para asegurarse de que no hay otra salida. Cualquier cosa es mejor que volver a un infierno que no ofrece ni siquiera la chance de la autoeliminación.

Clement vuelve hasta la recámara del gran cilindro metálico. Revisa todos los gabinetes. Además de los tubos que ya vio antes, encuentra un subsistema relacionado con el gel (posiblemente un cargador); un botiquín y muestras de sangre de todos los prisioneros, con fechas de extracción reciente impresas con un sistema térmico sobre las bolsas plásticas; un armario con refacciones y herramientas simples, la mayoría con embocaduras para uso del robot, unas pocas para manos humanas. También hay transcodificadores y otros instrumentos relacionados con las simulaciones y con la transmisión de los epitafios al Website.

En la parte baja del gran cilindro, justo donde da la bomba de la recicladora del agua, Clement nota que el metal está tibio: el motor opera a alta temperatura varias veces al día.

Clement decide instalar su campamento junto a ese lado tibio del gabinete. Las herramientas del armario abonan su hipótesis inicial: cada tanto tiene que haber alguna misión de mantenimiento. Alguien debe venir a Eribea regularmente para reponer suministros y chequear el sistema. Ese robotito no puede encargarse de todo.

Clement especula que si ahora en el Website sus epitafios transmiten a un interlocutor vacío, seguramente allá abajo alguien estará pensando en adelantar la próxima expedición para dar un vistazo. Aunque las intenciones de ese expedicionario no sean amistosas, para él esa visita representa una oportunidad de escapar. Incluso el hecho de que envíen un asesino para matarlo se confabula para darle esperanzas.

_______

Ir a episodio:

Siguiente→
←Anterior
Inicial (01)

Ver listado

Anuncios

¿Qué te parece?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s