Bandera roja (35)

El feriado del desfile terminó, sin mayores noticias ni emociones. Caminamos con Roberta por la ciudad como una pareja  común y corriente. Llegamos de vuelta a la casa caminando lento, casi de noche. Cenamos los sandwiches que habían sobrado del mediodía y un poco de fruta. Roberta, cansada, se durmió enseguida. Yo tardé un poco más.

Cerca de las cinco de la mañana me despertó la sensación de tener un círculo de metal apoyado en la mejilla. No terminaba de entender que pasaba cuando la voz del Indio me trajo a la realidad.

—Vestite. Vas a tener que acompañarnos.

Como Roberta empezó a moverse, el Indio apartó la pistola de mi cara, y dando un paso atrás nos puso a los dos en el rango de tiro. Mientras ella se sentaba en silencio, evalué las posibilidades de desarmar al Indio. Mi posición era desventajosa y cualquier error podía resultar en un disparo para Roberta. No tenía alternativas. Me puse de pie y me vestí. Roberta no hablaba, ni lloraba, solamente miraba un punto fijo en la pared. Supuse que ya había pasado por algún allanamiento.

Apenas salí del dormitorio me pusieron una bolsa en la cabeza y me inmovilizaron las manos con un precinto. Dos personas más, además del Indio, estaban a cargo del operativo. No hablaban entre ellos . Solamente le respondían al Indio con monosílabos. Sin maltratarme, me sacaron de la casa y me metieron en un auto. Debieron manejar unos cuarenta minutos. Por la cantidad de curvas y contracurvas era claro que estaban dando vueltas para desorientarme.

Finalmente entramos en una cochera y me bajaron. Caminamos por varios pasillos hasta que entramos en una habitación donde me sentaron en una silla y me descubrieron la cabeza.

—Espere acá sentado que ya lo van a atender— dijo uno de los tipos. Me dejaron solo en una oficina amplia. El lugar me resultaba conocido. Sillones cuadrados de cuero, bastante maltrechos; mobiliario racionalista, ambientes muy amplios y vidriados. Estaba en el palacio municipal. Lo recordaba porque de chico acompañaba a mi viejo a las reuniones de filatelistas que se realizaban una vez por mes en los salones del palacio. La oficina en la que estaba debía ser de algún funcionario jerárquico. Además de la puerta por la que había entrado, había otra, a un costado, que debía conectar con otras oficinas.

El análisis del ambiente se interrumpió. Alguien entró por la puerta principal.

—Para ser el nuevo héroe de la ciudad resultaste bastante pelotudo a la hora de elegir el escondite secreto.

La voz de Sanzio, sin dudas.

—Y vos tampoco estuviste muy inteligente si pensaste que no iba a dar cuenta que me hiciste traer a la municipalidad.

—Beh, todo el operativo es parte de las boludeces que se le ocurren al Indio, y su banda de otarios. Se atragantaron con novelitas de espionaje y se hacen la película de que son “undercovers”. ¿Querés tomar algo?

—Con las manos así se me hace difícil.

—Tenés razón, pero todavía no te voy a soltar, así que dejemos las cortesías para después.

—Serás hijo de puta…

—Más respeto, que con tu vieja yo no me metí nunca.

—¿Qué carajos querés?

—Necesito un favor.

—¿Y esta es tu idea de pedir un favor?

—Si. Porque el favor necesita de una determinada puesta en escena.

—¿Para qué?

—Para matarme y que parezca un atentado. No quiero que las nenas piensen que me suicidé.

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