Musa (35)

Las luces se clavan en mis ojos y me hieren. No veo nada y camino a tientas.

Estoy en algún sitio, ciego, desnudo. Trato de hablar y no puedo.

Hay ruidos a mi alrededor, animales moviéndose, el agua corriendo en algún sitio. Me asusta esta ceguera y trastabillo hasta caer. El suelo es de tierra y piedras. Hay pasto en algunos lugares. Me quedo en cuclillas pensando qué hacer.

Algo roza mi hombro, adivino escamas, una piel fría. Atemorizado me arrastro en cuatro patas alejándome. El ser no me sigue pero adivino su respiración sibilante detrás de mí.

Continúo moviéndome como puedo, me lastimo las manos y las rodillas. Al fin me topo con una pared de piedra y me pongo de pie apoyándome en ella.

La recorro de a poco acariciando su aridez. Los sonidos del mundo a mi alrededor se han acallado y algo me impulsa a buscar.

Al fin llego a un recodo en la pared, una abertura en este muro infinito, y siento un viento fresco y un sonido extraño que llegan hasta mí desde su interior.

Decido entrar.

Entro poco a poco a la caverna, siento el frío de su interior y me doy cuenta de que ahora camino en la oscuridad.

Entonces un destello azulado se filtra en el interior de mi mente. No estoy seguro si he vuelto a ver o si es mi cerebro el que se enciende con este fuego índigo. Pero de a poco figuras y luces aparecen frente a mí.

Veo, o por lo menos creo hacerlo, cientos de cristales en círculo formando un gran salón, un altar. Estalactitas descienden de un techo que parece altísimo y apuntan hacia el centro del lugar. Todo brilla con el azul y cada paso que doy reverbera con un sonido metálico.

Camino sin vacilar hacia el centro del escenario, donde los cristales del suelo y del techo me señalan que debo estar.

De pie allí, miro hacia arriba con ojos que en verdad no ven. Pero una imagen llega a mi mente, viene de la oscuridad del espacio, de otro mundo. Un planeta azul y abandonado que me llama.

El suelo tiembla. Un fuerte viento empieza a soplar y todo el lugar chilla, parece que fuera a romperse en mil pedazos.

Siento mi cuerpo rasgarse, estirarse, apuntar al cielo. Me voy. El mundo azul me espera.

 

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