Perpetua en Eribea (34)

No tiene buena pinta, dice Galia Carrasco cuando termina de desinfectarle y vendarle la herida del pie. Antes el Ciclón se ha dado una ducha caliente. Viste la misma ropa con la que llegó, excepto por el gorro y los zapatos, que todavía no ha vuelto a ponerse.

Pero no se preocupe, dice Galia. A la larga esas heridas se curan. Yo en cambio tengo otras que sé que no van a cerrar nunca.

¿Dónde?, dice el Ciclón repasando con la vista el camisón morado de Galia Carrasco.

Acá, dice Galia, poniéndose una mano en el pecho. Y acá, dice, bajando la misma mano hasta el vientre.

Heridas internas, dice el Ciclón con seriedad.

Heridas incurables.

¿Cáncer?

No, no. Nada de eso.

Y entonces, Galia Carrasco le cuenta que Pedro Reyes, mucho antes de que alguien lo llamara el Profeta, había llegado desde Formosa en una de las últimas oleadas de obreros que venían para trabajar en la construcción intensiva de Argirópolis.

Lo conocí en el catamarán que nos cruzó a la isla. Yo venía de la provincia de Buenos Aires con mi hija Ileana, que en esa época tenía dieciséis. Habíamos quedado al borde de la quemazón y los cardos, así que decidimos venirnos para integrar el servicio doméstico de la Colonia del Buenayre. Pedro entró derecho a trabajar en las tuberías de la Porción 3. En los primeros días, salía de la obra y —con la partecita del jornal que no le acreditaban automáticamente en su cuenta de Ahorro Obligatorio para Futura Vivienda—, compraba fruta, o café y pan criollo y me lo alcanzaba a la interminable fila de la selección de personal doméstico para los primeros edificios terminados del sector del Este. El día que me eligieron para trabajar en la lavandería industrial de la Porción 5, compramos un tubo de vino en el Paseo Periférico, y fuimos al Mirador Oeste para brindar al atardecer. Mi hija no pudo venir a festejar ese día. Ya la habían tomado cama adentro en uno de los pisos más altos de la Colonia. La veía cada dos o tres fines de semana, y últimamente cada vez menos.

Pedro vivía en las barracas provisionales de los obreros. Como todos, él también esperaba que cuando la ciudad estuviera en marcha, le dieran su casa. Una cosa es darle una vivienda a alguien que seguirá trabajando para la ciudad, dice Galia señalándose a sí misma, y otra es dársela a alguien que después de construirla ya no tiene nada que hacer en Argirópolis. Por supuesto que siempre se necesitan obreros, pero con la ciudad en funcionamiento ya no se necesitan tantos como al principio. Esto es lo que Pedro no supo ver.

A mí, en cambio, enseguida me acomodaron acá, con el alquiler debitado de mi sueldo. Mi capacidad de ahorro casi no existe. Aunque ahora lo lamento, en ese momento no me importó. Pedro venía a verme todos los días, salvo cuando nuestros horarios no coincidían. Es que dos veces por semana yo estaba en el turno tarde-noche. Algunas noches Pedro se quedaba a dormir acá. Le dije mil veces que se mudara conmigo de una vez, pero él prefería esperar: dormir en las barracas le quedaba más cómodo para presentarse al trabajo, y confiaba que haciendo buena letra algún día él también recibiría un departamento. Después ambos podríamos presentar los papeles para canjear nuestras dos viviendas por una mayor. Lo que ninguno de los dos esperaba era que el Interinato cambiara las reglas de repente.

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