Bandera roja (34)

El regreso a Córdoba fue bueno, a pesar de que me molestaba un poco la espalda en el ómnibus, no tanto por el asiento como por unos moretones que me había dejado Roberta noches atrás.

El día siguiente al viaje a La Cumbre coincidió con un feriado extraordinario decretado por el nuevo gobierno, para que “cada pueblo y ciudad de la patria pudiera festejar la victoria”. Roberta se despertó temprano, entusiasmada porque le gustaba ir a los desfiles. Desde que compartíamos el dormitorio,su exaltación matinal empezaba a resultarme un poco incómoda,  Se puso un vestido anticuado, estampado con lunares y se adornó con unos collares y aros de cuentas de plástico. Parecía una mezcla rara de Carmen Miranda con Lolita Torres. Ni bien salió del baño empezó a reclamarme que me vistiera rápido. Ya tenía preparada una canasta con sandwiches y un termo con café. Estaba hecha una señorita encantadora, aunque un poco artificial.

El desfile iba a pasar por Boulevard Chacabuco, así que tuvimos que caminar bastante. La calle estaba atestada de familias con banderas argentinas. En las esquinas había pancartas con las caras de los “Héroes Rebeldes”, así que a Roberta le pareció divertido darme un largo beso delante del cartel con mi cara de mártir. Desde Boulevard Junín venían bajando los mismos tanques viejos de todos los desfiles, adornados con guirnaldas de flores. Los padres subían a sus hijos a los hombros para que los vieran pasar, y las mujeres aplaudían.

Mientras Roberta buscaba un mejor lugar para mirar, aproveché para sacarle un sandwich de la canasta. Iba masticando la mitad cuando me pareció reconocer una cara de mujer. Nos miramos un minuto. Ella se acercó. Recién cuando estuvo al frente mío reconocí a Blanca, la mujer de Sanzio. Tenía una expresión severa y dolida, como salida de una tragedia griega. En silencio me tocó la mejilla con su mano para asegurar de que era yo, y sonrió apenas, de costado.

—Me dijeron que ahora te llaman “el cazavampiros”

Tuve el impulso de abrazarla pero me frenó.

—Sabés que nos siguen, a Sanzio, a las chicas y a mí. No podemos confiar en nadie y están pasando cosas terribles. Mi marido va a necesitarte.

—Decile que me busque con el Indio. Estoy en casa de Roberta.

—No le cagués la vida a la chica. Al final nosotras no hacemos otra cosa que levantar los juguetes rotos que dejan ustedes— Dio por terminada la conversación y se metió entre la gente. Volví a tocarme la mejilla. Tenía la sensación de que me había transmitido un dolor profundo. Seguí así, quieto, hasta que me dí cuenta de que había perdido a Roberta. Como pasaba una banda tocando, era inútil tratar de llamarla. Camine de esquina a esquina por la misma cuadra hasta que la vi aparecer, radiante, llevando en la mano como si fuera un trofeo, un copo de azúcar.  Contemplándola, daban ganas de creer que era posible un futuro; aún sabiendo que era una ilusión tan sólida como el algodón de azúcar.

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