Musa (34)

Veo un gran salón brillante. No tengo un cuerpo sino que soy parte de una consciencia colectiva. A través de ella percibo a todas las personas de pie en el lugar, forman un círculo dándose la espalda y cada uno de ellos mira hacia una puerta, en las paredes del lugar.

Estoy presente en cada uno de ellos, hombres, mujeres, niños, ancianos. Son cientos. La luz se apaga de golpe y las puertas se abren, emanan una luz. Primero un hombre anciano, desnudo y canoso, camina hacia la puerta frente a él. Mi mente se va con la suya y me dirijo hacia la luz.

Juntos entramos a una inmensa habitación, al principio la luz nos confunde y no vemos bien lo que hay a nuestro alrededor. De a poco nuestra vista se acostumbra y estamos en el interior de una casa antigua, llena de muebles ya obsoletos, que recuerdo haber visto en la casa mis abuelos cuando niño. El olor a madera y a comida casera llena el lugar.

El anciano atraviesa el lugar y va hacia la cocina. Allí lo esperan una mujer de su edad y un niño. Besa a la mujer y acaricia la cabeza del niño. Se sienta y comienza a charlar con ellos. Pero yo me voy, lo dejo solo. Vuelvo a la gran sala llena de gente.

 

Esta vez es una mujer joven la que da el primer paso y se dirige a la puerta frente a ella.

Cuando la atraviesa, nos encontramos de pie sobre el blanco de la nieve, y sol y el cielo más azul que he visto, sobre nosotros. Caminamos torpemente hundiéndonos en el blando suelo. A lo lejos vemos una cabaña de piedra y madera. Humo sale de su chimenea. Deseamos la calidez del interior y nos dirigimos allí, respirando el aire helado entrecortadamente. Exhaustos llegamos a la puerta del refugio y la abrimos. El calor nos golpea y hace que todo el cansancio se vaya. Ella entra al interior, yo regreso al gran salón deseando conocer a otra de las personas que allí están.

 

Paso así toda mi noche. Cada una de las personas de esta Musa me lleva a un lugar distinto. Siento como si me dieran un vistazo del sitio donde fueron más felices, como si compartieran eso conmigo. Y aunque sé que Pan creó todo esto, lo imagino, se siente muy real. ¿Cuántas vidas imaginó para poder crear esta RCEC? ¿Cuántos lugares y sensaciones tuvo que soñar?

 

Después de desconectarme, esa noche, aún siento la pequeña euforia de haber compartido algo así con Pan, con esas personas inventadas, con quien sea. Me duermo sonriendo y con el deseo de volver a esa Musa en cuanto pueda.

 

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