La marea de bronce (33)

Zampam

 

Apurimac corrió la tela de la litera y miró la ciudad a la que estaban por entrar. El olor de las especias del mercado de Zampam, la gran ciudad de piedra y adobe, colorida hasta en sus murallas pintadas de celeste y amarillo, llegaba hasta la caravana sapaninti que se aproximaba. Los sijer, pueblo refinado que había levantado la hermosa ciudad, eran un reino asociado al imperio. Un simple eufemismo para decir que no eran parte oficial del mismo. Mantenían un rey en funciones rituales y algunas, muy pocas, decisiones en cuanto a la política interna. Por lo demás cumplían con el tributo en trabajo y tropas cuando el imperio lo solicitaba y soportaban en el cargo de Lider del Consejo al general sapaninti de turno, quién a su vez comandaba una potente guarnición asentada en la ciudad.

Por más bella que fuera, para Apurimac Zampam era una trampa. Rumanic, el general asentado en la ciudad, era el padre de Athau, un capitán que se enamoro de él y se suicidó luego, cuando Apurimac se negó a dejar el templo y a sus hermanos pampayruna para vivir como esposa de Atahu. Rumanic, quién nunca había visitado a los pampayruna, enterró a su hijo en la fortaleza de Pacorí, el punto más alto del imperio y sobre su tumba juro que encontraría la forma de quebrar el cuello de Apurimac, por más que matar a un sacerdote pampayruna significaba la pena de muerte.

Por lo pronto, Apurimac se mantendría cercano al principe Vira Vira. Sus aposentos estarían cerca de la comitiva real, en el Palacio de la Torre, centro neurálgico de Zampam.

No le costó mucho tiempo entrar en el lecho de un Conciliario sijer, Huentelle, quien tenía acceso directo al rey de Zampam. El viejo político le dijo que la visita de su príncipe Vira Vira no era un viaje más. No venía a presenciar y participar en escaramuzas con los pueblos de los toldos que siempre azotaban las plantaciones sijer al sur de la ciudad. El imperio, y por ende Zampam, preparaban todas su fuerzas para una guerra allende el océano. Rumanic era el encargado de organizar las tropas del Tahuaninti , la parte sur del imperio sapaninti, por lo que poner sus manos sobre el cuello de Apurimac no estaría entre sus prioridades. Pero pronto sabría cuan equivocado estaba, al relajarse y creer que un hombre como Rumanic sólo pensaba en el deber y la obediencia.

 

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