Perpetua en Eribea (33)

El portal de ingreso (una larga escalinata que sube hasta el templo, de geometría tosca y columnas griegas, menos parecido al Partenón que a la ya destruida Facultad de Derecho de Buenos Aires) aparece cancelado por una media sombra que impide el paso a las secciones interiores del sitio. Todos los usuarios —que el contador tiene por miles, aunque los regulares ya no sean ni un tercio de los que se registraron durante los primeros cinco años—, son detenidos en la entrada por ese gran vidrio ahumado e infinito. Sobre su sombra invulnerable, en letras blancas y brillantes, circula una y otra vez la notificación oficial, verticalmente, como si fueran los créditos de una vieja película de Hollywood:

La emisión en vivo de las condenas se encuentra interrumpida temporalmente por problemas técnicos en la recepción del satélite. El Website de la Memoria advierte a los ciudadanos que las simulaciones programadas para los respectivos condenados en Eribea continúan suministrándose con normalidad. Una vez solucionados los problemas técnicos, los epitafios y castigos atrasados serán subidos al sitio para su visualización habitual. Disculpe las molestias.

El General retirado Ismael Garro abandona el sitio y vuelve al Subte. Transita por la intrincada red multicolor con un veloz recorrido predeterminado, que en un parpadeo lo deja frente a la Cúpula. Aparece en la plataforma circular del Atlas, rodeada de filamentos iridiscentes que confluyen en su cénit, veinte pisos por sobre la cabeza de Garro. Es como si estuviera en la jaula de un pájaro gigantesco. Hay otras personas circulando entre las fibras ondeantes, buscando quién sabe qué clase de información: trabajo o fiestas, pasajes para algún viaje a Europa, quizás lo último en avatares, quizás chismes calientes sobre la diezmada pero siempre activa farándula de Argirópolis. Entre aquellos que pueden verlo, hay algunos que le hacen la venia o lo saludan con respeto; el resto —sin la debida autorización para establecer contacto con él en Virtualia—, no saben que Garro también está ahí, en la Cúpula del Atlas, buscando información, igual que ellos.

El General se ajusta el filtro de búsquedas sobre el visor. En los filamentos aparecen luces de distintos colores que suben y bajan como gotas de líquido por un manguera transparente. Garro trata de sintonizar en qué porción del espectro se aíslan quejas, mensajes, comentarios respecto de la interrupción del servicio en el Website de la Memoria. Al cabo de un minuto la encuentra condensada en una franja entre el amarillo crema y el blanco puro. Se sorprende al descubrir que hay muchas menos referencias a Eribea de las que esperaba. Es como si Argirópolis —o este remedo de Argirópolis que Garro había tenido que aprender a transitar con su visor y sus  guantes hápticos—, hubiera sanado en tiempo récord de las heridas provocadas por el Héxagon. Como si al desaparecer Buenos Aires, los sobrevivientes hubieran mejorado tanto su estándar de vida que hubieran podido dejar todo tras de sí para disfrutar de una existencia más agradable que nunca. Como si a nadie le importara en absoluto la Historia de hace más de quince años atrás.

Aunque colgaron la advertencia en la entrada al sitio, el fragmento de la fuga de Clement —lo que pudo verse antes de la acertada interrupción del servicio por parte de los operadores— alcanzó a ser retransmitido por todo el mundo. ¿Tan fácilmente lo habían aceptado, tan fácilmente lo taparon con otras noticias? Ha sido cosa de horas: Garro sigue preocupado, y seguramente la prensa extranjera no ha abandonado del todo el tema, aunque en Argirópolis parece que ya nadie se pregunta demasiado por lo sucedido en Eribea. Es el resultado de una guerra demasiado vieja. Una guerra secreta, suya y de nadie más. A los habitantes de Argirópolis les preocupa más el clásico contra los uruguayos, o las novedades de la disputa entre Córdoba y Comodoro, la importación de productos rejuvenecedores desde Italia, o la llegada de la última superproducción india en los rodeocines de Virtualia, o cualquier nueva brecha de inseguridad que parezca abrirse desde la Martinga…

Todo eso los distrae, los hace olvidar. Todo y nada capta su atención, y Garro no sabe si eso es bueno o malo. Levanta la vista hasta el lejano techo de la jaula multicolor. Quisiera ver más allá del cielo, no del cielo de Virtualia, siempre azul, sino del real, el que no está a la vista ahora. ¿Qué estará pasando allá arriba? Sus contactos del observatorio de Montevideo no han detectado novedad alguna. Según ellos, Eribea sigue como siempre, en órbita normal. Pero él sabe que Clement está suelto. Los operadores argiros no han podido recuperar el control de los sarcófagos asignados del satélite.

Quizás sea hora de comunicarse con el ex embajador Madison. Su viejo amigo seguramente podrá darle algún dato preciso sobre la situación. Los americanos también tienen su business allá arriba. Deben de estar incluso más preocupados que él.

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