Bandera roja (33)

Mientras recorría de nuevo el camino al castillo Mandl, pensaba en la doctora Hernandez, shockeada por la tortura, pero lo suficientemente lúcida como para pedir que nos cercioráramos de que Abramovic estaba muerta. Estaba claro que había visto en el laboratorio muchas cosas más de las que llegó a contarnos. La recuperación milagrosa de Sanzio, como en su momento la longevidad del líder y el vampirismo del hermano Marcelo, no podían deberse más que a los experimentos del doctor Julius y su socia. Existía la posibilidad, también, de que esas investigaciones le hubieran permitido a Abramovic sobrevivir al incendio y al ataque al hotel. Así que esta vez tenía que asegurarme.

Llegué a la puerta con el sol del mediodía quemándome la cabeza. Para ser otoño hacía un calor anormal. Aunque los rastros del incendio eran todavía visibles en la pintura, la estructura se veía sólida como siempre. Los techos habían sido reconstruidos. Se veía que habían trabajado mucho y bien. Instintivamente me toque la cara, como si tuviera todavía la hinchazón de los golpes y la tortura.

Aunque en la explanada no había ningún vehículo, tampoco la situación era para confiarse, así que busqué la entrada trasera. La puerta era nueva, pero como la cerradura era ordinaria me bastaron un par de golpes para entrar.

Recorrí la despensa y la cocina. Estaban despejadas pero con indicios de actividad reciente. Una taza sucia en el lavadero, un paquete de galletas abierto, y sobre la mesa un termo con agua todavía caliente. Seguí hasta el salón principal. Limpio y vacío. Subí la apuesta y busqué el camino al laboratorio, pero antes revisé que la pistola y el revolver estuvieran en su lugar. Recorrí los escalones con cuidado. Otra vez sentía las fosas nasales dilatándose mientras respiraba. La puerta del laboratorio estaba entreabierta y podía escucharse el ruido de alguna máquina. Asomándome un poco pude ver que era una centrífuga. Cuando se detuvo, una mano fue sacando los tubos de ensayo. Después la mano salió de mi campo visual. Me pegué a la puerta y esperé. Sentía como me latían las sienes y se me tensionaban las manos. La subida de la adrenalina me provocaba una molestia en los riñones y calor en las orejas. Entonces la volví a ver, de espaldas, llevando unas muestras a los microscopios. Era Abramovic.

El momento había llegado. Sin mover la puerta entré rápido y silencioso. Tomé un bisturí de una bandeja de instrumentos y en pocos pasos estuve detrás de ella. Algo debió sentir, porque cuando estuve a punto de rebanarle el cuello, se dio vuelta y apenas llegué a herirle un brazo. Se me tiró encima para agarrarme las manos y desarmarme. En el forcejeo trastabillé y caímos juntos al piso. Abramovic daba pelea pero me las arreglé para ponerla de espaldas en piso. Liberé la mano izquierda y le di una trompada a la altura de la oreja para aturdirla. Funcionó. Me dejó libre la mano en la que tenía el bisturí. Tomé impulso y se lo clavé en un ojo. Empezó a gritar como un chancho degollado. Iba a matarla, pero antes me iba asegurar de que sufriera. Me levanté del piso y di unos pasos hacia atrás para poder apuntar bien. Abramovic se puso de pie, y sin parar de gritar, movía las manos como aspas tratando de sacarse el bisturí. Para que se quedara quieta le disparé en una rodilla. Cayó como una marioneta a la que le cortan los hilos. Siguió moviendo los brazos así que le metí un tiro en cada hombro. Ahí se quedó quieta y dejó de gritar. El ojo sano me miró. Se le notaba el terror. Me pareció justo. Para demorar un poco la ejecución me acerqué y le pregunté:

—¿Se acuerda de mí?

Contestó algo en un idioma que podría haber sido rumano, serbio o cualquier otro de Europa oriental. Cuando estuve a menos de un metro se calló, respiró hondo y empezó a murmurar algo que sonaba como un rezo. Con una mano le levanté la cabeza y con la otra le metí la pistola en la boca. Como se resistía tuve que empujar y le arranqué un diente con el golpe del cañon. El ojo sano lloraba por el dolor, pero no me conmovía.

—Esta va por la doctora Hernandez—, dije, y gatillé.

La pared del laboratorio quedó con una mancha en forma de flor, el cuerpo de Abramovic en el piso, rodeado de sangre, dientes y pedazos de cerebro.

Si había alguien más en el castillo tendría que haber sentido el ruido y estaría viniendo al laboratorio. Esperé media hora y nadie apareció. Seguramente Lyndstrom estaba con Sanchez en Tucumán. Afuera todavía brillaba el sol. Me sentía animado así que decidí que la ocasión merecía que volviera a dejar mi firma. Con la sangre de la doctora escribí en la pared “el cazavampiros estuvo aquí”, y como todavía me quedaban balas, me dediqué a destrozar el equipamiento del laboratorio. Después salí tranquilo, de buen humor y caminando lento, a buscar la terminal de ómnibus.

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