Perpetua en Eribea (32)

La superficie transparente se empaña luego del estornudo que sacude el cuerpo de Daniel Clement. Aparta su desnudez de la ventana y camina por el pasillo alejándose de la habitación de los sarcófagos.

Inicia una lenta y temerosa exploración. A través de unas claraboyas abiertas cada tanto en el techo del pasillo, confirma que la estación tiene la típica forma de rueda de carro, que gira para emular la gravedad por fuerza centrífuga. Ve los cuatro gruesos radios cilíndricos que confluyen en el centro de la rueda: un cubo blanco y fulgurante, hincado por los rayos en sus laterales y con un marcado reborde metálico asomando en los dos lados restantes. Posibles compuertas para el acoplamiento de algún tipo de nave. En su otro extremo, los rayos conectan con el techo de cuatro nodos que abultan la rueda: recámaras, como las de su ataúd. En lo que lleva de su recorrido por el pasillo —circular, aunque para el caminante no es más que un pasillo infinito, sin desvíos laterales y con el piso apenas en subida—, Clement ya ha pasado por otros dos ventanales dobles y por otras dos recámaras idénticas, salvo por el hecho de que los doce sarcófagos refulgentes que hay en cada una están abiertos y en apariencia sin uso. Una cárcel carísima, piensa Clement, con un alto porcentaje de celdas desocupadas.

En el cielo raso de las recámaras encuentra escotillas herméticamente cerradas. Por su ubicación, tienen que dar a los rayos de la rueda. Antes de trepar las escalerillas de acero para girar esas manivelas del techo, Clement sabe que le convendría encontrar algún traje. El aire podría acabarse más allá de esos accesos cenitales.

Sigue su camino sin encontrar a nadie. Llega a la cuarta recámara, completamente distinta a la suya y a las otras dos por las que ha pasado. En el centro de la habitación hay un enorme gabinete cilíndrico, que va de piso a techo. La pared brillante del cilindro está compuesta de cubiertas corredizas. Clement desliza una de ellas: encuentra depósitos etiquetados, tubos transparentes cuya parte inferior termina rematada en embudos conectados a diferentes mangueras. Los tubos se pierden en el fondo de cada compartimiento. Los íconos y las etiquetas diferencian vitaminas, remedios, alimentos y otras substancias. En los gabinetes más bajos encuentra un reciclador de agua estándar y lo que parece ser el depósito central del gel neurotransmisor.

Tiene que haber alguna nave que cumpla con la función del abastecimiento, razona Clement mientras  trata de reconocer su propio rostro estirado en el reflejo del gran cilindro. Por más macrobióticas y condensadas que sean la comida y las medicinas, por más que sólo precisen unos cuantos polvos solubles en algún excipiente inyectable… todo ese maná sintético no puede ser eterno. Alguien tiene que venir a reponerlo cada tanto. ¿Meses? ¿Años? Clement empieza a pensar que la atmósfera presurizada de la estación quizás esté destinada a esos visitantes periódicos. Quizás sus visitas no sean tan esporádicas.

Alrededor del brillante cilindro, empotradas en la pared de la recámara, hay seis computadoras. En los seis monitores Clement reconoce una misma imagen fija: el logotipo de Oktubre. Antes de explorar hasta qué punto hayan vulnerado los sistemas de la estación, Clement decide completar su caminata por el perímetro.

Gracias a las claraboyas y su vista del centro de la rueda, sabe que está completando los 360 grados de su paseo, por lo que la siguiente recámara no puede ser otra que la inicial: la de su propio ataúd, abierto junto a los otros once cerrados. Sin embargo, antes de entrar algo lo detiene. Un sonido nuevo. ¿Alguien?

El pelo de la nuca se le eriza. Es un zumbido bajo, como si una afeitadora eléctrica reptara por el piso de la recámara. Al cabo de unos segundos, Clement logra localizar ese sonido en su memoria. ¿Será posible, un modelo tan viejo?

Ningún humano, al menos no por fuera de los ataúdes. Es sólo un robot de mantenimiento, con su típica forma aplanada, uno de esos discos semibobos con ruedas, que en los hogares de las familias pudientes se encargan de aspirar y lustrar pisos. Claro que, acá, sus funciones no pueden ser ésas. El robot circunda lentamente la base del sarcófago abierto, como si con sus terminales plateadas buscara detectar cuál fue la falla que dejó escapar al prisionero.

¿Éste es mi carcelero?, se pregunta Clement. ¿Tendrá alguna clase de arma? No sabe qué avances ha habido en la robótica de estos últimos quince años. Clement se acerca con precaución al robot y se relaja cuando descubre que, en la pantallita táctil del lomo, también brilla el logo de  Oktubre.

En su primera excursión por Eribea, Daniel Clement no ha encontrado abrigo ni trajes espaciales. No ha visto naves auxiliares. Y, salvo por ese robot chato y redondo como la caja de un viejo sombrero, no se ha cruzado con nadie.

El frío empieza a atenazarle la piel. Se frota las costillas con ambas manos y se pregunta cuánto tiempo podrá aguantar en esas condiciones. Se pregunta si tendrá sentido aguantar. Imagina que, aun de soportar el frío y sobrevivir fuera de su ataúd hasta la llegada de una nave de aprovisionamiento, lo más probable es que le impidan abordarla. En la Tierra ya todos deben saber de su escape.

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