Bandera roja (32)

El clima ha sido raro la última semana. A la exaltación política se le sumó la humedad, el calor y la neblina. La gente está alterada, no contenta. Como la mayoría de las fuerzas de la rebelión se trasladaron a Tucumán, nos pareció seguro volver a la casa de Roberta. Seguramente estarían ocupados en cosas más importantes que seguirme.

La casa estaba revuelta pero, por la manera torpe en que había sido revisada, no me quedaron dudas de que se habían sido ladrones comunes. En realidad podría haber sido cualquiera, hasta los vecinos. La mayoría de lo que robaron eran conservas de la alacena. Conservas que yo  había conseguido de la misma manera, así que no había mucho margen para lamentarse.

Roberta volvió a la cinemateca, donde nadie parecía haber notado su ausencia, porque en realidad ninguno de los empleados demostraba interés en trabajar. Aproveché el tiempo solo en la casa para realizar pequeños arreglos y pensar. La relación con Roberta me resultaba pesada. No porque ella manifestara alguna demanda sino por la posición que ella había tomado, y por consiguiente, el lugar que ocupaba yo en ese cosmos. De un momento para otro me encontraba jugando a la casita. A pesar de ser un ladrón, un asesino y un fugitivo, para ella era el muñeco que venía a completar sus fantasías.

Con el pasar de los días todo se volvía previsible. Hasta el sexo. El jugueteo, las uñas en la espalda, las mordeduras, todo me parecía una secuencia repetida.

Incluso los cadáveres que aparecían en el parque eran iguales entre sí, como utilería de una película vieja. Después del día del triunfo hubo festejos en las calles y los vampiros aprovecharon la falta de cautela de la gente para saciarse el hambre atrasada. El diario publicó la noticia de cinco muertes “extrañas” con causas todavía no establecidas. Seguramente escondían muchas más. Las autoridades hablaron de los “desocupados” del régimen vencido.

Como el aburrimiento se estaba convirtiendo en una amenaza más peligrosa que los vampiros decidí que lo mejor que podía hacer era cambiar de ambiente. Si Sanchez era ahora parte visible del gobierno, Lyndstrom tendría que estar activa y cerca. Una nueva expedición al castillo Mandl podía darme pistas. Empecé por revisar el armamento y la ropa para llevar. Estaba evaluando la manera de transportarme cuando Roberta me interrumpió con una sorpresa mayúscula y desagradable: empezó a pedirme explicaciones sobre mi destino y planes. Ya me había pasado años atrás con mi exmujer. Pasado el primer momento del idilio se convirtió en una tormenta de cuestionamientos. Pero en aquella ocasión el proceso llevó casi un año, no las semanas que se tomó Roberta. Ahí estaba yo, ladrón y asesino, otra vez buscando excusas para zafar de una mujer. Pero esta vez hice algo radicalmente distinto, dije la verdad. Le relaté toda la historia del Congreso de los vampiros, de la Alianza, los túneles, las persecuciones, el laboratorio, las torturas y los asesinatos. La historia debía sonar los suficientemente inverosímil como para que Roberta se hartara y me echara de su casa, pero hizo algo desconcertante. Me escuchó atentamente. Cuando terminé se puso de pie, me abrazó y me besó. Después, sin decir nada, buscó en su armario un bolso y empezó a acomodarme el equipaje que según su criterio era indispensable para mi expedición. Definitivamente mi carrera como héroe se tornaba cada vez más absurda.. En las pelícuals de la Universal jamás habríamos visto a la mujer del doctor Van Helsing preparándole el maletín y afilándole las estacas, antes de partir hacia Cairfax.

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