Musa (32)

De pie junto a una puerta veo el interior de una habitación que no tiene piso, el mar la llena y se agita. No hay techos, ni paredes, solo el agua oscura y el cielo nocturno sobre ella.

No sé bien qué hacer. Me aterroriza la oscuridad y el sonido del agua golpeando y mojando mis pies. Cierro los ojos por un momento y doy un paso. Me sumerjo.

Las olas me mueven y desciendo. Abro los ojos. Veo el fondo bajo mí mientras me hundo, pesado como una piedra. Puedo respirar bajo el agua y cuando levanto la mirada las estrellas brillan sobre mí.

Sumergido en las profundidades camino hacia una extraña luz que veo en la distancia. Cuando estoy cerca veo que es un edificio en ruinas, cubierto de plantas y recorrido por peces que brillan fosforescentes. Ojos y dientes, aletas y escamas, no prestan atención mientras camino hacia ellos y entro en el vestíbulo del edificio.

Todo está en una penumbra azulada, solo iluminada por las estrellas y los brillantes seres de este sitio.

Adentro un grupo de personas sentadas en viejos sillones destruidos charlan. Sus ropas están hechas jirones, su piel azul y sus ojos hinchados. Se miran, balbucean y el agua sale de sus pechos y se arremolina en burbujas. Todos tienen un vaso en sus manos y simulan beber.

Voy hacia la escalera y comienzo a ascender. Reviso cada piso. Es un edificio igual al mío, igual a tantos. Pero es la segunda vez que veo algo así, algo tan cercano a mi vida diaria, en una Musa. La primera vez fue con El Artífice, en la RCEC en la que pude hablar con él.

Continuó subiendo, escalón tras escalón. Siento mi ropa romperse, el agua meterse dentro de mi cuerpo, mi piel hincharse y me siento más pesado. Mis ojos ya se acostumbraron a la penumbra y observo con la mirada húmeda, como si estuviera llorando, el interior del lugar.

Al fin llego a la terraza de este edificio, me paro en el borde de la cornisa y miro el mundo que me rodea. A lo lejos se escucha un ruido, como un trueno. El mar se agita a lo lejos, remolinos y agua turbia. Una tormenta submarina. Un maelstrom, como leí en un libro cuando niño, pero que se mueve y se acerca a mí. Su violencia sacude el agua y golpea contra mi piel. Me miro los brazos y las manos. Están igual a las de las personas que vi en el vestíbulo. La piel azulada, frágil, como a punto de romperse.

El remolino se acerca, el ruido es ensordecedor. No hay donde escapar.

Decido sentarme y miro la tormenta, el agua enturbiada por el movimiento hace que el cielo sobre mí desaparezca. Ya no hay estrellas.

El agua me arrastra mientras destroza el edificio. Mi piel se rasga, me disuelvo.

Trato de decir algo. Pero mi boca está desarmada. No siento terror, no siento nada.

Ya no me hundo. Soy la nada en medio de todo. Parte de lo infinito y del torbellino.

 

 

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