La marea de bronce (31)

Los siete hombres de bronce.

 

El emperador  miraba como un gigantesco hombre que, encadenado, esperaba el ataque de los guerreros águila y jaguar que subían de a uno al círculo de piedra, en medio de la plaza.

Debajo, Tepultzin e Irtza hablaban en voz baja, mirando el combate.

—Parece un gran guerrero. —dijo Irtza señalando al hombre que estaba encadenado en el circulo de piedra. —Podríamos utilizarlo en la guerra.

—Está condenado a muerte. —dijo Tepultzin. —No creo que nos haga falta maitreya, una guerra donde marchan codo a codo, águilas, jaguares, elohims y coatls, es una guerra que no se puede perder.

—Pero es una guerra distinta a todas las que han visto estas tierras. Hay que ajustar algunos criterios que nos darán una ventaja más en la invasión.

—Deberás hablar con nuestros generales, maitreya.

—Eso es algo que deberás hacer tu mismo, Tepultzin. Sé que mi presencia en Tenochta genera incordios y miradas llenas de desconfianza.

—No más que la de cualquier extranjero que tiene acceso directo al emperador, maitreya. No forjamos un imperio con miradas confiadas y hospitalidad para con los forasteros.

—Eres sabio para caminar los caminos del jardín del poder, Tepultzin. No puedo más que confiar en que las señales que has visto son tan claras para ti, como para mí. Así que dejare en tus manos las conversiones con los generales tenotchas. Sin embargo, puedes llamarme o utilizar mi nombre como palanca para articular y reformar las cosas que necesitamos para la guerra.

—Acepto ese papel secundario, pero la adecuación para la guerra deberá venir desde el círculo de generales, o al menos deberé hacer que ellos crean eso. —dijo Tepultzin y mantuvo fija la mirada a los ojos de Irtza.

En el círculo de piedra comenzaban a subir los aprendices de guerra para enfrentar al gigantesco hombre. Había logrado robar un macauthile, espada tenochta que llena de filosas piedras parecía la dentadura de un chacal sediento y ansioso de sangre. Uno tras otro caían los aprendices. Hasta que el emperador, un tanto ofuscado, dio la orden para terminar con el hombre. Un guerrero jaguar saltó al círculo de piedra y con una agilidad silenciosa similar al animal que representaba le asestó un golpe en el brazo que hizo que el hombre soltara el macauthile.

—Dentro de seis inviernos las tropas del norte, se alistaran en la nariz de Yuca y esperaran por el cetro de piedra que nos abrirá el camino hacia las tierras de los hombres de plata. —dijo Irtza, tratando de escudriñar la reacción de Tepultzin.

—¿Has encontrado el cetro de piedra?

—Aún no. Pero sé lo que la escritura significa. Debemos elegir siete de los mejores hombres de todos los pueblos y enviarlos al cerro de los Uros, en las Sierras del Viento. Que, también sé ahora dónde están. Los siete hombres de bronce.

Sobre el círculo, el guerrero jaguar saltaba de un lado al otro del gigantesco hombre, lastimándolo lentamente. Era cuestión de minutos terminar con él.

—Y ese gigante es el primero de los siete. —dijo Irtza señalando al hombre herido que ya tenía su rodilla derecha sobre la piedra.

Tepultzin movió su cabeza de un lado a otro, en señal negativa y, sin mirar a Irtza, se levantó de su silla, se acercó al emperador y luego de cruzar con él algunas palabras, dio la orden de que soltaran al gigante. Algo había cambiado. Para siempre.

 

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