Perpetua en Eribea (31)

Desnudo, sale de su ataúd. No puede ver su cuerpo completo, pero Daniel Clement sabe que está en mejores condiciones que cuando entró en el sarcófago hace quince años.

El aire está más frío que en el sarcófago, pero resulta tolerable. La oscuridad sería casi total de no ser por unos filamentos de luz violeta que contornean la habitación a la altura del zócalo, pero para Clement esa pobre luz es más que suficiente después de la negrura del sarcófago. Ve el suyo apagado y abierto, y enseguida once ataúdes más: todos de un plástico broncíneo muy duro y redondeado, sin ventanas, con una hilera de leds violáceos en uno de los extremos. Todos menos los del suyo titilan sin parar.

La sensación de afirmar las plantas de los pies en el suelo es uno de los primeros placeres recuperados. Clement camina por la larga habitación con un placer sensual. Percibe la curvatura del piso, su agradable solidez. Caminar: lo daba por hecho y ahora le parece un lujo. Llega hasta una abertura de esquinas redondeadas.  Más allá, un pasillo. No se ve adónde conduce: la elevación progresiva del piso termina ocultando el otro extremo. Pero antes de ese horizonte trunco, se alcanza a ver un resplandor que cruza de pared a pared. Muy tenue. Clement se acerca a él.

Son dos ventanas enfrentadas a cada lado del pasillo. Rectangulares y también de esquinas redondeadas. Clement descubre el cielo. La noche interminable.

Demasiada noche y demasiadas estrellas. Todavía tenía esperanzas de estar en la Antártida. Mientras se acaricia las picaduras que las agujas de sarcófago dejaron en sus brazos, Clement observa un satélite de comunicaciones, como un antiguo ventilador de techo, que flota a medio camino entre su nariz y la curva enorme del planeta azul, arremolinado de nubes blancas.

*

* * *

 *

El Ciclón golpea la puerta del departamento 15-R. Espera en el silencio del pasillo, hasta que aparece un puntito de luz en la mirilla.

¿Quién es? Voz de mujer.

Mi nombre es Daniel. ¿Galia Carrasco?

Sí, soy yo.

Le traigo un mensaje de Pedro Reyes.

Así es como el Profeta le ha dicho que debía decirle.

No puede ser, dice la mujer, sin abrir. Pedro Reyes está muerto.

No, Galia, dice el Ciclón. Está vivo. Y le manda esto.

El Ciclón saca el sobre cerrado del bolsillo trasero de su pantalón y lo pasa por debajo de la puerta. Hay un largo silencio y una larga espera en la que el Ciclón tiene que encender varias veces la luz del pasillo. Al fin la puerta del 15-R se abre.

Esta letra… dice la mujer con las hojas en la mano y lágrimas brillando en sus pómulos aindiados. Es morena, con muchas canas aunque probablemente no pase de los cuarenta y cinco. Tiene puesto un salto de cama de color morado.

Pase, por favor.

El Ciclón entra rengueando. La sala del departamento es minúscula. Hay una cocina empotrada en la pared. Más allá se adivinan un dormitorio chico y un baño.

¿Café?, pregunta la mujer, tratando de sonreírle. Yo me voy a hacer uno.

Dos minutos después el Ciclón recibe la taza entre sus manos. Está caliente. Le sorprende no recordar el sabor del café justo antes de probarlo. Le gusta. Le sienta bien.

¿Cómo está Pedro?

En condiciones óptimas.

¿Es verdad eso que dice de las balsas?

No sé qué escribió el Profeta en su carta.

¿El Profeta?

Así lo llaman abajo.

Ahora que lo dice… por la forma en que está escrita, sí: parece la carta de un profeta. Si no fuera por la letra, y por algunas cosas de nuestro pasado que… en fin, si no fuera por eso, no creería que esta carta la escribió mi Pedro. Acá dice que ahora forma parte de una comunidad y que están armando balsas para irse de la isla. ¿Es cierto?

No vi nada de eso. Pero es probable que sea verdad. Todo lo que me dijo el Profeta hasta ahora ha sido verdad.

Es peligroso, el río… ¿Qué quieren hacer, adónde quieren ir?

No sé nada sobre esos planes. Pero muchas veces mencionaron Etiopía.

¿Etiopía? ¿No es en África eso? ¿Está seguro?

Sí.

Se quedan en silencio un rato. Galia relee la carta completa.

Acá dice algo de una doctora. ¿Tiene a otra mujer?

Conocí a la Doctora. No tengo información sobre su relación con el Profeta, salvo que ella lo salvó de morir una vez. Sí sé que los dos son importantes para su comunidad. Tampoco sé si el Profeta esté en pareja con otra mujer.

Galia Carrasco se alisa el pelo compulsivamente mientras se pierde en sus propios pensamientos. No deja de mirar la carta, que ahora yace sobre la mesa.

Pedro dice que tengo una forma de reunirme con él. Que me va a esperar durante tres días en… ¿un faro? ¿Allá abajo?

Sí. Hay uno.

Dice que usted me puede indicar el camino hasta ahí.

Conozco un camino. Es difícil, pero si se anima, puedo mostrárselo, sí. Supongo que, en la carta, el Profeta también le indica lo que yo necesito.

Sí. ¿Para qué quiere ir allá?

No puedo decírselo.

Entiendo, dice la mujer. Quizás sea mejor no saberlo.

También necesito otro favor, dice el Ciclón, y se quita el zapato izquierdo. La herida se ve más oscura que hace un rato.

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