Bandera roja (31)

Dos días más en el hotel y la situación se hizo insostenible. El primero, después de haberme acostado con Roberta transcurrió con una dinámica extenuante: cada silencio incómodo era interpretado por ella como una insinuación, y emprendía el trabajo con la dedicación propia de un scout. No es que yo sea un exquisito (sobre todo después de meses de abstinencia) ni un experto amante pero la verdad es que Roberta era un poco torpe. También ruidosa. Por suerte, su tendencia a la somnolencia me eximió de la conversación post coito. El segundo día lo pasamos entre la cama y el lobby, donde estaba el único aparato de TV.

Con el  gobierno rebelde la televisión no mejoró demasiado. La censura era la misma. Los triunfadores, los perdedores y las víctimas eran apenas diferentes. Las denuncias contra el gobierno anterior, todas calcadas. A la noche el noticiero interrumpió el aburrimiento: la recuperación de Tucumán era inminente. Roberta se puso feliz de una manera inexplicable. La única explicación que me cuadró es que necesitaba sentirse protagonista de la historia. Busqué alguna excusa para salir solo a la calle a caminar. Por suerte cuando volví la encontré dormida. Tener a Roberta a favor estaba resultando una situación tan delicada como había sido tenerla en contra.

La mañana siguiente fue definitivamente anormal. Saltándose todas las reglas de este tipo de hotel, el viejo pasó a los gritos por los pasillos a que la gente saliera a ser testigo del momento histórico. La tele mostraba la entrada de las tropas a la capital.

La ingenuidad de la gente puede ser asombrosa. Para mi era evidente, por la prolijidad del trabajo de cámaras, que el evento había sido coreografiado de manera minuciosa. Hasta los errores eran claros ejercicios de estilo del realizador. Los uniformes estaban limpios y planchados, sin rastros de tierra o de sangre. En ninguna parte se podía sospechar el hambre de los soldados, seguramente seguido de los saqueos y las violaciones a los tucumanos. Solamente se veía alegría, banderas y los dirigentes con los brazos en alto, subidos a un camión.

Aposté conmigo mismo a lo obvio y acerté. la comparsa terminó su recorrido en la Casa Histórica. El nuevo gobierno iba a tomar el poder como si doscientos años después volviera a jurar la independencia. El salón central estaba iluminado como un estudio. Era evidente que el gobierno buscaba una imagen para fijar en la memoria colectiva. Mi memoria, en cambio, no registraba  la emoción o el fasto si no el asombro. Ahí estaban mis antiguos compañeros bajando del camión de los triunfadores: Johnson, de uniforme militar, y un poco más atrás, Sanzio, sin bastones.

Rengueaba un poco, pero ya no era el tullido que había visto semanas atrás. Inmediatamente pensé en el laboratorio del castillo Mandl, los experimentos de regeneración, y en cómo habíamos matado a Julius y Abramovic. La doctora Hernandez había tenido razón. Aquella vez debimos habernos asegurado de que Abramovic estaba muerta. Ella o alguno de sus discípulos continuaba el trabajo, pero para otros patrones.

Seguí mirando la tele y encontré el eslabón. Entre el desfile de triunfantes me pareció reconocer a Sanchez. Bastaba un pequeño paso para inferir que la presencia de Lyndstrom.

Al final, los amigos iban y venían entre los bandos, pero el verdadero enemigo, el más fuerte de los enemigos, era el mismo desde el primer momento.

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